Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Reportaje

Cuando el corsario ibicenco Riquer apresó a 'El Papa' en 1806

El martes 1 de junio fue el 215 aniversario del apresamiento del bergantín corsario inglés ‘Felicity’, al mando de un corsario conocido por el sobrenombre de ‘El Papa’, por parte del jabeque ibicenco ‘San Antonio y Santa Isabel’, de Antonio Riquer

Postal que ilustra el combate entre el jabeque 'San Antonio' y el bergantín 'Felicity'

Postal que ilustra el combate entre el jabeque 'San Antonio' y el bergantín 'Felicity' MUSEO NAVAL DE MADRID

A lo largo de la historia, las islas Baleares se han destacado por ser tanto origen como destino de la acción de piratas y de corsarios. Es posible que el periodo más activo de las islas como base de piratas y corsarios fuera durante la época musulmana, cuando desde nuestras bahías y calas salían las embarcaciones sarracenas para atacar, en sus temidas razias o algazúas, las costas cristianas de la actual Cataluña, sur de Francia y oeste de Italia. Aunque la época más conocida y de la que más noticias tenemos de incursiones enemigas en nuestras costas y de acciones por parte de nuestros propios corsarios es la que se extiende desde el siglo XVI hasta principios del XIX.

Es posible que el periodo más activo de las islas como base de piratas y corsarios fuera durante la época musulmana

De todos nuestros corsarios, el que ha dejado la huella más profunda en la memoria colectiva de nuestra ciudad ha sido Antonio Riquer Arabí, a quien se le dedicado el nombre de una plaza, un monumento erigido por suscripción popular, una novela, un cuento infantil, varios poemas, un montón de artículos en la prensa y hasta un pasodoble. Tal vez porque su acción más destacada tuvo lugar en las cercanías de la bahía de Ibiza y a la vista de la gente que se agolpaba sobre las murallas. En cualquier caso, no hay que restarle ningún mérito y además vale la pena que recordemos el combate que le dio fama. La narración que quizás sea más completa es la que se recoge en un libro que se editó en 1906, en Palma, con motivo de la conmemoración del primer centenario del combate, cuyo resumen es el que sigue a continuación.

La situación estratégica en 1806

En aquel año de nuestra historia, la situación estratégica para España y, por supuesto, para las islas Baleares, era realmente mala. El reinado de Carlos IV, que gobernaba a través su valido Godoy, estaba ya en fase terminal. Las arcas del Estado estaban prácticamente vacías y la ciudadanía muy descontenta y desmoralizada. En octubre 1807 las tropas francesas entraron en España con la excusa de ir a conquistar Portugal y en mayo de 1808 estalló la Guerra de la Independencia.

El 21 de octubre de 1805, seis meses antes de la acción de Riquer, las marinas de guerra de Francia y España habían sufrido la tremenda derrota de Trafalgar. Los barcos que se habían conseguido salvar se encontraban amarrados en los arsenales, faltos de tripulaciones y de recursos para mantenerlos. La Royal Navy era reina y señora de mares y océanos. El imperio británico acababa de nacer y había iniciado su expansión. Todo lo que se movía en el océano Atlántico, era bajo bandera británica o con el permiso de la Royal Navy. Así sería durante casi todo el siglo XIX.

Modelo de un bergantín de la época Museo Naval de Madrid

Desde Gibraltar los bergantines corsarios ingleses amenazaban constantemente a los barcos mercantes que navegaban por el Mediterráneo occidental. Las líneas de comunicaciones marítimas entre las islas y la Península estaban infestadas de corsarios ingleses, que atacaban e interrumpían el comercio marítimo. Lo que quedaba de la Armada española estaba en el Atlántico y la defensa de Ibiza y Formentera en la mar solo podía contar con la actuación de sus propios capitanes corsarios.

El bergantín ‘Felicity’ asoma por Formentera

En mayo de 1806, aprovechando la llegada del buen tiempo, un bergantín de catorce cañones, de nombre ‘Felicity’, había salido de Gibraltar dispuesto a atacar el tráfico marítimo entre Baleares y las costas de la península. Iba al mando del italiano Miguel Novelli, más conocido por el apodo de El Papa, con una variopinta tripulación compuesta por gibraltareños, malteses, romanos, sicilianos, venecianos, sardos, napolitanos, raguseos, portugueses y hasta de Maó. Todos ellos soldados de fortuna en busca de un buen botín.

Poco después de su partida, el ‘Felicity’ era avistado entre Alicante, Mallorca y Barcelona y rápidamente se corrió la voz entre la gente de las islas de la presencia del corsario en sus aguas. Los ibicencos ya andaban muy precavidos porque el año anterior otro buque corsario inglés había desembarcado a varios hombres armados en las cercanías de punta Rovira con la intención de robar ganado. Torres de vigía y pescadores andaban ojo avizor.

Poco después de su partida, el ‘Felicity’ era avistado entre Alicante, Mallorca y Barcelona y rápidamente se corrió la voz entre la gente de las islas de la presencia del corsario en sus aguas

Al amanecer del día 1 de junio, un falucho que venía de Formentera entró en el puerto de Ibiza para dar la novedad de que había avistado a un buque inglés, al parecer corsario. En seguida fueron corriendo a casa del capitán Riquer para avisarle. Poco después se oía el redoble de un tambor. Era la señal convenida para que su tripulación acudiera al barco, que en estos momentos se encontraba varado en tierra efectuando trabajos de mantenimiento del casco.

En breve acudió la tripulación al varadero donde se encontraba el barco, probablemente en las cercanías de la misma plaza que en la actualidad lleva el nombre de Antonio Riquer, donde está la conocida heladería Los Valencianos y el Bar Maravillas. Arreglaron el barco como mejor pudieron, Subieron dos cañoncillos de pequeño calibre que, a falta de cureña, ataron con cabos, y botaron el barco al agua. Mientras, Riquer hacía preguntas al patrón del falucho con respecto al bergantín sospechoso. Según el patrón, se trataba de un buque de tres palos, de grandes dimensiones, con una tripulación numerosa y artillado con piezas de grueso calibre.

Mientras esto ocurría, al muelle habían acudido, además de la tripulación del San Antonio, numerosas personas con la intención de embarcarse con Riquer. No solo eran marineros sino también otros capitanes corsarios como él. Se saben los nombres, pero la extensión de este breve artículo no permite citarlos a todos. Y como la cabida del jabeque no permitía el embarque de todos los voluntarios, fue preciso escoger teniendo especial cuidado en no disgustar a nadie. Al final, si la tripulación oficial, entre capitán, oficiales, marineros, soldados, grumetes y pajes era de cincuenta y seis personas, llegaron a embarcar hasta casi cien. Incluso en el último minuto, justo antes de zarpar, se presentaron a bordo el padre de Antonio Riquer y dos hermanos.

MUSEO NAVAL DE MADRID Modelo de un kabeque tipo

Por fin, a media mañana, el ‘San Antonio y Santa Isabel’ salió de puerto despacio, empujado por una leve brisa, al tiempo que el bergantín inglés asomaba a lo lejos, al sur de la bahía, con rumbo a Santa Eulalia. Sobre las cuatro de la tarde, ambos barcos se encontraban a poca distancia uno del otro, al sureste de la bahía, más allá de los islotes conocidos como es Daus, y a la vista de las personas que coronaban las murallas de Dalt Vila.

La mar estaba en calma y soplaba una ligera ventolina que justo daba para hinchar las pequeñas velas latinas del jabeque ibicenco, lo que le permitía continuar con su maniobra de aproximación al bergantín inglés, que llevaba a remolque una lancha de remos.

Nada más entrar en distancia de tiro, deseando ser el primero en abrir fuego, Riquer dio la voz de ¡prevenidos!... y mandó disparar un cañonazo, que falto de puntería no ocasiono ningún daño

Entonces, el buque inglés afirmó su bandera en el palo de popa, arriándola un poco y volviéndola a izar. Izó un gallardete en lo alto del palo mayor y otra bandera roja en el palo trinquete. Señal clara de que iba a entablar combate. Al tiempo que los artilleros abrían las portas de los cañones y los grumetes trepaban por los obenques hacia las vergas, para aferrar las velas de cruz y esperar majestuosamente al pairo al atrevido e imprudente barquito que osaba acercarse a sus catorce cañones.

Nada más entrar en distancia de tiro, deseando ser el primero en abrir fuego, Riquer dio la voz de ¡prevenidos!... y mandó disparar un cañonazo, que falto de puntería no ocasiono ningún daño. La respuesta del inglés no se hizo esperar. Contestó con una andanada de metralla por su banda de estribor que barrio de proa a popa la cubierta del jabeque, que estaba repleta de gente, llevándose por delante la vida de seis hombres, uno de ellos el padre del propio capitán. La cubierta quedó salpicada de sangre de muertos y heridos.

Cuentan las crónicas que los hijos del anciano Riquer, presos de dolor y de desesperación se arrojaron sobre el cuerpo de su padre, momento en el que Antonio, lleno de ira, gritó a sus dos hermanos para hacerse oír por encima de los lamentos de los heridos: ¡No es esta ocasión de llorar… sino de combatir!

Frascos de fuego Museo Naval de San Fernando (Cádiz)

Un abordaje bien coordinado

En aquellos tiempos, tratar de hundir a un bergantín corsario inglés, de casco de roble forrado con planchas de cobre, con los pequeños cañones de un jabeque era perder el tiempo.

La táctica que empleaban los corsarios ibicencos para abordar a un buque de guerra de tales características era siempre la misma. Trataban de aproximarse por su popa o por su aleta, para evitar entrar dentro del campo de fuego de sus cañones - que tiraban por las bandas-. Lo embestían y luego se amarraban, amura contra aleta, mediante unos ganchos. Antes de la embestida, a proa se situaba el «trozo de asalto», que era el grupo de los que primero iban a saltar. Solían ser elegidos entre los más ágiles y fuertes de la tripulación. Iban armados con armas ligeras. Normalmente chuzos, que eran una especie de lanza corta, hachas, o sables cortos. Además, también iban provistos de cuchillos y de una o dos pistolas al cinto, que eran de un solo disparo.

Antes de saltar, era muy importante sembrar el caos sobre la cubierta del barco enemigo, al objeto de desorganizar su resistencia y facilitar el asalto. Esto lo conseguían los ibicencos lanzando una lluvia de frascos o ampollas de fuego, que eran unas botellas de cristal llenas de pólvora con una mecha en la boca. No era necesario encenderlas todas. Bastaba con prender la mecha de las últimas para provocar un gran incendio. En esto, nuestros corsarios eran muy buenos. ¡Vaya si lo eran!

A continuación, el capitán ordenaba el abordaje y el trozo de asalto saltaba a bordo del barco enemigo mientras que otro equipo de la tripulación trataba de cubrirles haciendo fuego de fusil y arcabuz, desde el barco propio, para impedir que el adversario pudiera repeler el ataque. Es lo que se conoce por «fijar al enemigo por el fuego». Los arcabuces lanzaban metralla, mucha metralla: clavos, trozos de metal, piedras… Era importante que ambos equipos, el que efectuaba el primer salto y el que cubría desde el barco propio actuaran muy bien coordinados. En ilustraciones de la época se suele representar al trozo de asalto pasando al buque enemigo a través del bauprés. Una vez que, los primeros asaltantes habían conseguido subir a bordo del enemigo sin ser rechazados, seguía un segundo grupo y, detrás, el resto de la tripulación. Pero sigamos con el jabeque ‘San Antonio y Santa Isabel’, también llamado ‘El Vives’…

Modelo de un cañón naval inglés de la época. Museo Naval de San Fernando (Cádiz)

Repuesto de la andanada, el ‘San Antonio’ siguió avanzando sobre el ‘Felicity’ hasta tocar su costado. La mar estaba en completa calma y fácilmente pudieron lanzar y asegurar los ganchos de abordaje. A la orden de Riquer, los ibicencos empezaron a arrojar los frascos de fuego sobre la cubierta del bergantín, en tanto que él mismo con los más fuertes y ágiles se lanzaban al abordaje hacha y cuchillo en maño y pistola al cinto. El resto de la tripulación, desde la cubierta del jabeque abría fuego de trabuco y de fusil sobre los ingleses para cubrirles durante el asalto.

Bien pronto la cubierta del buque inglés empezó a arder y a convertirse en una hoguera, y los supuestos ingleses huyeron a proa para no abrasarse. El choque cuerpo a cuerpo se produjo en la proa del bergantín. Los ingleses se defendían como desesperados, pero por donde quiera que apareciera Riquer, lleno de rabia y de energía, infundía el terror entre los británicos. Parecía como si, gracias al empuje que infundía Riquer a los suyos, cada uno de los ibicencos valiera por tres ingleses. Tras veinte minutos de combate cuerpo a cuerpo los gibraltareños se rindieron. Algunos se lanzaron al mar tratando de alcanzar la lancha que llevaban a remolque, otros murieron o resultaron heridos en la lucha, y otros más afortunados lograron salvar sus vidas alzando los brazos y tirando sus armas.

Bien pronto la cubierta del buque inglés empezó a arder y a convertirse en una hoguera, y los supuestos ingleses huyeron a proa para no abrasarse. El choque cuerpo a cuerpo se produjo en la proa del bergantín

Todo ocurrió muy deprisa. Tras veinte minutos de combate cuerpo a cuerpo los ingleses se rindieron. Dicen que al capitán Novelli, El Papa, el terror del Mediterráneo, lo encontraron escondido dentro de un armario de su camarote muerto de miedo. A bordo del bergantín encontraron también a cinco prisioneros de buques españoles y a otros cinco de buques franceses, que fueron puestos en libertad.

Seis horas después, sobre las diez de la noche, entraban los dos barcos en el puerto de Ibiza en medio de las aclamaciones de los habitantes de la ciudad, que ni por un momento habían abandonado la visión el espectáculo. Los del ‘Felicity’ fueron conducidos cargados de cadenas al castillo de Ibiza entre los abucheos e insultos de la población. Aquella misma noche, otros veintitres ingleses fueron capturados en Cala Vedella y conducidos a la ciudad.

Distintos tipos de acabuces Museo Naval de Madrid

¿Qué paso con los tripulantes del ‘Felicity’?

De los 65 hombres que componían la tripulación del corsario El Papa, once murieron en el combate y 25 resultaron heridos de gravedad. Los supervivientes fueron juzgados y condenados por el tribunal de marina de Ibiza a trabajos forzados en Palma durante el tiempo que durase la guerra contra Inglaterra. Miguel Novelli, junto con algunos de sus tripulantes, fue conducido por el propio Riquer a Palma en su barco el día 8 de agosto de 1806. Pero la condena que fue revocada por Godoy al mes siguiente, al considerar que dichos tripulantes debían ser tratados como prisioneros de guerra y como tales debían ser entregados al Comisionado de Prisioneros ingleses en Palma, los que habían sido trasladados a Mallorca y al Comisionado de Ibiza los que todavía permanecían presos aquí. No tardaron mucho en ser canjeados por prisioneros españoles y franceses, pues hay noticias de que el 20 de mayo de 1807, es decir al año siguiente, ya se hablaba de que El Papa volvía a combatir contra embarcaciones españolas, y parece ser que no trataba demasiado bien a los ibicencos que caían en sus manos, e incluso se ensañaba con ellos.

Un triste final, como el de otros muchos corsarios

Debido a esta acción y a otros méritos anteriores, dos meses después, en agosto de 1806, Antonio Riquer Arabí fue nombrado alférez de Fragata por el rey Carlos IV, y se le asignó el mando de una escuadrilla de buques corsarios. Quince años más tarde, en 1821, fue ascendido por méritos de guerra al empleo de teniente de Fragata. Todo un honor para un marino de provincias sin apenas formación académica. A lo largo de su vida fue apresado por los ingleses y liberado en dos ocasiones.

Tras la derrota de Napoleón en la Batalla de Waterloo, cambió la situación estratégica en Europa. En el Mediterráneo occidental los corsarios se quedaron sin presas y perdieron su razón de ser. En 1828, el rey Fernando VII ordenó desarmar los buques corsarios y Riquer cesó como corsario.

En enero de 1829 se le encargó la dirección de la construcción de una corbeta en un astillero de Ibiza. Falleció en 1846, a la edad de 73 años, en su casa de Dalt Vila, pobre como tantos otros muchos corsarios. A su viuda, el Rey le concedió una pequeña pensión con la que poder subsistir. Sus descendientes todavía conservan su sable de oficial de la Armada.

Para continuar leyendo, suscríbete al acceso de contenidos web

¿Ya eres suscriptor? Inicia sesión aquí

Y para los que quieren más, nuestras otras opciones de suscripción

Recuerda que con la entrada en vigor de la Normativa Europea PSD2 se requiere un doble proceso de validación a la hora de realizar la transacción.
Te recomendamos tener a mano tu móvil. Estamos aquí para ayudarte, 971 195 310.

Compartir el artículo

stats