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Dominical | Memoria de la isla

Tala y aprovechamiento de los pinos

En Ibiza no hay árbol que pueda competir en relevancia con el pino, a tal punto omnipresente que, a vista de pájaro, en visión cenital, cuando se llega a la isla en avión, la impresión que uno tiene es que los espacios liberados al bosque son la excepción

Un buen ejemplar. | JOAQUIM GOMIS

Un buen ejemplar. | JOAQUIM GOMIS

El 80 por ciento del suelo ibicenco está colonizado por los pinos y, según pasan los años, al quedar abandonados los cultivos porque la mano de obra la absorbe el turismo, el bosque avanza y amenaza incluso el asfalto de las carreteras. Pero no siempre ha sido así. Durante muchos siglos, los pinares tuvieron aprovechamiento. Lo prueban las fotografías que nos quedan de principios del siglo pasado con colinas sorprendentemente desarboladas, totalmente desnudas. Eran tiempos en que la madera de pino tenía mil usos. La utilizaban los astilleros, los constructores y carpinteros, además de ser necesaria como combustible en las cocinas y en los hornos de pan, carbón, cal y pega. El protagonista de aquellas talas era el tallador de pins que no era un mero llenyataire.

Trabajaba a cop de destral y con una sierra larga que, desde sus extremos y a compás, manipulaban dos hombres que utilizaban también el verduc, l’aixada i altres eines de mànec que exigien tenir bons braons. Estas herramientas eran propiedad del tallador y tenerlas a punto, esmolar-les quan no tallaven o canviar-les quan no servien, iba de su cuenta. Aquellas talas masivas no se contrataban a jornal, se hacían a escarada i a tant el quintar, siendo determinante la variedad de madera que se trabajaba: les rebasses i la llenya anaven a tant la tona. Hacer ahora historia de aquellos trabajos es casi imposible porque no existe documentación que hable de ello y del tallador no se guarda memoria.

En cualquier caso, si tenemos en cuenta la extensión y feracidad de nuestros bosques, –sobre las cenizas de un bosque quemado crecen enseguida nuevos pinos con más empuje que los abrasados-, no es aventurado afirmar que la industria de la madera en otros tiempos tuvo especial relevancia. Después de la Guerra Civil, en los años 50, la madera escaseaba y se echó mano de los pinos que, bajo demanda, sacaban periódicamente de la isla los motoveleros. En aquellos días, era fácil ver en los muelles montones de troncos apilados que los barcos cargaban con rumbo a Tarragona, Valencia o Alicante. Y en Ibiza, cuando faltó la sabina, preferible por su belleza y durabilidad, también se utilizó masivamente el pino en los techados, «ben pelat, passat per la serra i esquadrat en taulons per aconseguir un embigat tot igual».

Estacionalidad

El tallador tenía muy en cuenta la estacionalidad que convenía a su trabajo: «El millor temps era la lluna vella d’agost i els pins havien de ser teiosos, amb molta reïna, perquè així la madera era més forta i no es podria». Esta dureza del pino pitiuso se debe a que medra bien en suelos secos y rocosos, en llocs prims de terra i molt assolejats, lo que hace que el árbol suba lento pero fuerte. Sus raíces tienen que buscarse la vida y aprovechar todo el nutriente que encuentran, llegando incluso a quebrar las piedras. «Són pins que han de menester més anys per fer-se talladors», pero que ofrecen una madera de especial densidad y dureza. La tala exigía el acuerdo previo del comprador y del payés, dueño del pinar. El mayor problema era discriminar, del total de la tala, los troncos que por su tamaño y mayor sección interesaban al comprador. Los pinos menores y el ramaje que quedaba al pelar los troncos no entraban en el trato, se los quedaba el payés que, «per desfer-se d’aquesta llenya prima, l’aplegava tota i cercava un carboner, un ferrer que l’emprava per encendre la fornal i, de vegades, els mateixos talladors coïen una sitja». Aún así, quedaba ramaje en el bosque que los vecinos aprovechaban en las cocinas y los hornos. Pero volvamos a la tala.

«Una vegada esbrancats i pelats els arbres tallats, s’havien de treure del bosc. Es feia amb una bístia, a la qual, per mitjà d’uns tirants, li enganxaven els tronc i els remolcaven al lloc on esperava el carreter». En el precio pesaba mucho la ubicación del pinar, el tipo de suelo y la orientación que tenía el terreno. Una vertiente sur y seca no era como la que daba al norte y retenía humedad. En buen terreno se conseguían ejemplares de hasta ocho metros de altura y un diámetro de 80 centímetros. Eran los que pedían las carpinterías y los astilleros. Aquellas talas nos dejaron los senderos o carreranys que todavía hoy atraviesan los bosques y no van a ningún sitio, sólo salen a un camino mayor por el que podían transitar caballerías y carros. Habida cuenta que la regeneración de un bosque estaba asegurada en pocos años, la selección que se hacía marcando los mejores troncos no era para cortar sólo los señalados, sino para distribuirlos según fuera su uso. Se talaba, por tanto, todo un bosque y con los árboles cortados se separaba la leña de los troncos destinados a la exportación y a las serrerías.

La edad en las venas

Recuerdo que, cuando visité el taller de Antoni Hormigo para ver y poder explicar como trabajaba la madera en sus esculturas, aprendí algo que los taladores tenían muy en cuenta, verificar la edad del árbol a partir de las venas circulares del tronco: «Les venes estretes volien dir anys de poca aigua i les més amples anys de molta pluja». Y del año que viví en Sant Joan recuerdo que poco antes de llegar al pueblo, había una serrería que daba nombre al lugar, sa Taulera. Uno de los trabajadores más jóvenes que allí conocí lo he localizado después, ya mayor, y me ha explicado algunos detalles de su trabajo, como que «cinc pins normals venien a pesar aproximadament una tona i portaven uns deu quintars de llenya de cremar». Las cosas han cambiado mucho desde entonces. Hoy los bosques están abandonados, son una maraña y el riesgo de incendios nos hace temblar cuando el sol cae a plomo en verano. En la isla ya tenemos un voluntarioso intento de aprovechar la biomasa forestal como combustible, pero el intento no alcanza el aprovechamiento que podría tener. Las administraciones harían bien de potenciar este tipo de iniciativas para que nuestros pinos no sean lo que son hoy, sólo paisaje y una seria amenaza.  

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