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Imaginario de Ibiza

Tagomago, la metáfora de Ibiza

Antiguamente solo existía en el islote una hacienda payesa y un chiringuito setentero de paellas, que acabaron evolucionando a villa de lujo y beach club. El pasado verano, la roca de Magón fue puesta a la venta por 150 millones de euros y ahora su futuro es incierto

Tagomago desde Ibiza.

Tagomago desde Ibiza.

Las metáforas son peligrosas. Con las metáforas no se juega. El amor puede surgir de una sola metáfora. (Milan Kundera).

Para contemplar una de las postales esenciales de Ibiza hay que recorrer la carretera que conduce a Pou des Lleó y Cala Boix, hasta que el horizonte se vuelve tan conmovedor que impele a estacionar y deleitarse con la cuatricomía paisajística: el verde de los algarrobos, los pinos y la floresta de Tagomago; el almazarrón intenso del terruño que se vislumbra entre los vacíos que deja la arboleda; el garzo celeste y marino, y el tostado que comparten la Punta d’en Valls a ras de agua, la torre de defensa al asomarse como vigía entre la arboleda y los elevados precipicios a ambos lados del islote, desde sa Punta de sa Rajola al Cap de Xaloc, con ese alucinante estrato que se hunde en el mar trazando filones diagonales.

Desde este emplazamiento también se columbra con relativa nitidez el caserón situado en el ombligo del islote y su torreta de piedra, elevada sobre los tejados albos. Dicen los lingüistas románticos que Tagomago significa la roca de Magón, en alusión al general cartaginés Magón Barca, hermano del conquistador Aníbal. Por el contrario, los filólogos realistas optan por una etimología más indoeuropea y discreta, que traduce el topónimo como roca grande.

El camino del faro

Desde el muelle de es Blancar, en el lado de poniente, parte un camino de dos metros de ancho que asciende hasta el faro, situado en el extremo sur. Fue proyectado por Pere Garau en 1904, con el objetivo de corregir la ubicación fallida de la luminaria de Punta Grossa, que precisamente quedaba semioculta por la presencia de Tagomago. Fue inaugurado diez años más tarde, con un edificio de dos plantas destinado a viviendas para los fareros y sus familias. Todas las semanas, gracias a la barca del servicio de abastecimiento, recibían víveres y combustible, que trasladaban a los almacenes del faro mediante un motocarro. 

El casoplón de Tagomago era antaño Can Domingo, modesto hogar de cabreros, que criaban ganado entre una urdimbre de cercados que aún se tiene en pie. Aquella solitaria y austera guarida de pastores evolucionó a opulenta quinta destinada a proporcionar, a precio de oro, privacidad a prebostes rusos, futbolistas de la élite y divas del pop. Todos llegados al islote en helicóptero, espantando con el batir de las aspas y el estruendo de eventos tumultuarios a pardelas, cernícalos, halcones y cormoranes, acostumbrados a nidificar en las cavernas y los roquedales del islote.

En mitad del perfil tropezoidal, convexo en la corona, que conforma Tagomago, se sitúa es Blancar, la orilla más turquesa de la ínsula. Allí aguarda también el pantalán y algunos amarres, a cuya vera existió un rústico chiringuito, construido en los años setenta por un vecino avispado, que guisaba paellas marineras para turistas con el género que pescaba en los alrededores. A los comensales acudía a recogerlos en llaüt a Pou des Lleó, cuando éstos alertaban de su presencia mediante una hoguera.

De quiosquillo a beach club

El quiosquillo, en línea con la villa cercana, fue transformado por el último inquilino del islote, un alemán condenado, en beach club, tal y como se tercia en toda isla de lujo que se precie. El mar, de paso, fue sembrado con muertos de hormigón y cadenas para que los clientes atracaran su yate y así pudiesen desembarcar a disfrutar del refinado condumio. Los pescadores, que tenían la costumbre de faenar al pairo entre el islote y la costa ibicenca, tuvieron que dejar de calar las redes y pescar gerret con boles de artet.

Y en el costado más alejado, en el que también se asientan las bahías de Tramontana y Llevant, en la loma del Cap de Xaloc, el faro, que resulta invisible desde la costa ibicenca más cercana y que permanece deshabitado tras ser automatizado en los años sesenta.

El pasado verano, Tagomago salió a la venta por 150 millones de euros, aunque de momento no ha trascendido si alguien ha picado el anzuelo, y su futuro constituye nuevamente una incógnita. Mientras se dirime, los pájaros duermen tranquilos.

Tagomago, visto lo visto, se antoja una excelente metáfora de Ibiza.

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