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Memoria de la isla

De la erótica rural

Contra la idea del Josep Pla misógino, sé de estudiosos para los que el escritor ampurdanés habría ido toda la vida, como decimos en catalán, amb l’escamerlà sota el braç, trempat com ningú. De aquí que no pueda sorprendernos la frase de Montaigne que recoge en ‘Notes disperses’: «Els déus ens han donat un membre desobedient i tirànic que intenta sotmetre-ho tot al seu desig». Y en ‘El Cuadern gris’: «Si la sang ens corre per les venes, ja ens podem fer un nus a la cua!».

Déu n’asaciï qui té gana!

Déu n’asaciï qui té gana!

Si algunas cosas no son como parecen, pocas hay que engañen más que la forma de entender y vivir la sexualidad de nuestros payeses. De puertas afuera era un aspecto que no se exteriorizaba y que, en todo caso, se manifestaba únicamente dentro de una relativa intimidad, lejos de lo que podía saber y ver el urbanita, la gent de Vila. Pero aquel comedimiento sólo era aparente. Y lo era sobre todo en el vestido. La indumentaria de la payesa, cubierta como iba de pies a cabeza, sólo dejaba ver el rostro y las manos. Del pelo únicamente asomaba la trenza y aún así, aviso a navegantes, luciendo en su extremo un lazo que por su color indicaba si la persona era soltera (rosa), prometida (verde) casada (azul) o viuda (negro).

Payesa sobre ruedas

Cualquier malentendido quedaba fuera de lugar. Un corpiño ceñido y cerrado hasta el cuello escondía las formas del cuerpo, lo mismo que el vestido de amplios faldones que no dejaba ver ni los tobillos, de aquí que cuando la payesa caminaba pareciera que lo hacía sobre ruedas porque ni los pies se le veían. Tan cerrada y completa indumentaria llegaba al extremo de incluir no sé cuántas enaguas, 10 o más faldellines. Cabe decir, sin embargo, que tan exagerado arropamiento más que constituir una defensa contra la lascivia masculina, era una forma de representación, de mostrar una buena holgura familiar como sucedía también con la joya pectoral o emprendada.

'Ballada' en Sant Miquel de sa Cala, en el año 1999. Vicent Marí

Este recato femenino, por cierto, lo encontramos también en la danza, en el ball pagès, donde la mujer se manifiesta en todo momento discreta, con movimientos de una extraordinaria delicadeza, la cabeza baja y el rostro esquivo respecto al hombre que en todo momento le busca la cara. Cabría pensar, por tanto, a partir de aquí, que la sexualidad en el mundo rural era de manifiesta mojigatería y represión. Y no era así. Como al principio decía, las apariencias engañan.

«Fer-ho amb so pixó mort»

Antes de cerrar estas rayas, agradezco a Editorial Mediterránea que con buen tino haya obviado la tediosa advertencia que los libros traen en su página primera: «Prohibida la reproducción de parte alguna de esta publicación por cualquier medio y bla, bla, bla». Esta libertad nos permite dejar la pequeña muestra que sigue. Una de estas estrofas se la oí por primera vez a uno de mis sobrinos, Sergio, y ahora la repito yo cuando me deprimo. Dice así: «Vida trista, vida trista, / vida trista ja ho he dit, / voldria tenir un xerric / tres palms més llarg que la vista». Lo que no sabía era que existe una variante que no tiene desperdicio: «Vida trista, vida trista, / vida que no té conhort / que no hi ha cosa més trista / que fer-ho amb so pixó mort». Sabiduría ancestral. Filosofía pura. Las imágenes que se dan son tan inspiradas y explícitas que uno lamenta el anonimato de rapsodas tan metidos en harina. Hago votos para que se les erija un monumento. Y así sigue la fiesta: «Ses mamelles li tocava, / li torcia es mugueró, / i es pobre des meu pixó / dins tota ella remenava». Y para acabar: «Ai, carai, va dir es jai Blai / quan tengué sa jaia en terra, / s’hi va posar a cavall / i deia que feia guerra». 

Editorial Mediterránea tuvo por fortuna el atrevimiento y el acierto en los 90 –el nudismo de las suecas ya nos había vacunado- de dedicar varias publicaciones al asunto del sexo rural que tan restringido acceso tenía y que tan desconocido era para una gran mayoría. ‘Cançons verdes i estribots bruts, Gloses eròtiques i amoroses de Formentera' y 'Del rosa al verd’, advierten ya en su título de qué va la cosa y descubren que el decir popular, en lo tocante al sexo, no sabe de ambages ni evasivas. La versificación se hace, por así decirlo, a la pata la llana, tal com raja! Y nos descubre que la lírica no tiene por qué ser siempre angélica, etérea, meliflua y abemolada. Es cierto que se da en ella –cosa del momento y es de justicia reconocerlo- un trasfondo marcadamente machista, incluso irreverente. Tanto que no me atrevo recoger aquí algunos versos especialmente subidos de tono y que, en todo caso, deben leerse contextualizados.

Pero estas rayas sí quieren ser una invitación a la lectura y disfrute de los vivificantes textos referidos y aquí, a guisa de ejemplo y para que el lector tenga una idea de hasta dónde llega la inspiración y el descaro de nuestros anónimos poetas, podemos recoger dos o tres discretos ejemplos que ilustran el saludable regodeo que el fornicio ha supuesto siempre para los humanos que por él evitan la extinción. Porque si dejamos de fornicar, sanseacabó. Y si disfrutamos dándole al carajo como dice Cela, don Camilo, ¡miel sobre hojuelas!

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