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Imaginario de Ibiza

Es Soto Fosc, la puerta escondida de las murallas

Ascender por su solitario pasadizo constituye una experiencia insólita

Entrada a Dalt Vila por las murallas.

Entrada a Dalt Vila por las murallas.

El tiempo es una ilusión. (Albert Einstein).

Quien haya subido al Puig des Molins por el Carrer de Joan Xico, ladeado la vieja Comandancia Militar, restaurada hace pocos años, y continuado por el Camí del Calvari hasta el pie de las murallas, habrá percibido la subyugante fuerza del lugar. Más aún si el ascenso tiene lugar en un día solitario -aquí casi siempre lo son-, tal vez nublado, con los reflejos del sol colándose entre las nubes más allá de es Botafoc, formando manchas de luz y tiñendo de plata la superficie del mar.

Tras asimilar la belleza del paisaje marítimo, la vista oscila hacia la fortaleza y el color almagre del castillo, que tan intensamente contrasta con el cielo y los plúmbeos y alberos de la mampostería renacentista. Luego se sube la rampa, con cierta sensación de vértigo, hasta el pie de la figura pentagonal que proyecta el baluarte de Sant Bernat, cuya forma de flecha apunta hacia s'Espardell, allá lejos. Prácticamente en la esquina, la vieja puerta de es Soto Fosc, tercera entrada de las murallas, semisecreta y no prevista en el proyecto original del ingeniero Giovanni Battista Calvi, que concibió la fortaleza a mediados del siglo XVI.

Dos accesos originales

En un principio, las murallas del italiano y la posterior ampliación del capitán suizo Giocomo Palearo, El Fratín, solo incluían dos accesos: el Portal de Ses Taules, entonces llamado Puerta del Mar, y el Portal Nou, en el baluarte de Sant Pere. Sin embargo, entre 1576 y 1578, el maestro mayor de obras Alonso Rubián decidió incorporar una tercera entrada, semioculta, que mediante un pasadizo ascendente desembocaría al pie de la Torre del Homenaje del Castillo, junto a la gola del baluarte de Sant Bernat. Aquella entrada minúscula y secreta, cuyo interior recuerda a una cueva, tenía una doble misión: ofrecer una vía de escape a los vecinos de Dalt Vila, en caso de invasión, y ofrecer a través de la parte alta del inclinado pasadizo un acceso a las dos casamatas del baluarte.

Los cañones que aguardaban en ambas troneras protegían por el lado de levante el lienzo de muralla hasta el baluarte de Santa Tecla y el Revellín, y por poniente el muro que concluye en el bastión de Sant Jordi, situado a la misma altura. Ya en el siglo XX se incorporaron las otras dos puertas del recinto: el cercano túnel al pie del Revellín, que desemboca frente a la sede consistorial del Convento de los Dominicos, construido durante la Guerra Civil, y el acceso de vehículos del baluarte de Sant Joan, hecho en los años sesenta.

No hay sensación más íntima que penetrar en el monumento a través del túnel de Es Soto Fosc, atravesando el pasadizo escalón a escalón, bajo la luz tenue de las farolas, hasta alcanzar las rejas de las casamatas y por fin el estallido de luz al pie del castillo. Frente a la salida, la buhera que protegía este acceso, con otra sólida cancela de forja adherida al parapeto de la muralla. Desde aquí, los soldados podían recibir al enemigo con salvas de arcabuces sobre sus cabezas. Cabe subir después al terraplén del baluarte de Sant Bernat y asomarse al paisaje que se abre hacia es Botafoc, Formentera, Platja d'en Bossa y, por fin, ses Salines. La propia Torre del Homenaje formaba parte del sistema defensivo que alertaba a los trabajadores de la sal de la llegada de corsarios enemigos, pues desde aquí los vigías se comunicaban con sus colegas apostados en las torres des Carregador, ses Portes e incluso s'Espalmador. Un rincón, en definitiva, que empuja a rememorar la épica de la Ibiza de antaño y que siempre sobrecoge.

Las dos fases de la muralla

Aunque el baluarte de Sant Bernat fue concebido por el primer diseñador del recinto, el italiano Calvi, alrededor de 1555, la puerta de es Soto Fosc fue incorporada en la etapa de El Fratín. Este retomó las obras, con la ayuda de su hermano, en 1575. La gran innovación de El Fratín fue incorporar el monte de Santa Llúcia al recinto, lo que prácticamente supuso doblar la superficie de la fortaleza. Para ello rediseñó por completo todo el proyecto en su lado norte, proyectando el baluarte de Santa Llúcia, ampliando el de Sant Joan y creando el Revellín, bajo Santa Tecla.

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