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Imaginario de Ibiza

Tiempos de gloria en la calita del botellón de Ibiza

Es Calonet, donde se han practicado botellones multitudinarios en plena fase de desconfinamiento, era antaño un rincón de pescadores y paellas dominicales en familia

La recoleta cala.

La recoleta cala. / xescu prats

Ibiza

Evidentemente, la vida es solo un continuo proceso de deterioro. (Francis Scott Fitzgerald).

"Con algunos intervalos de dicha", le faltó añadir al autor de 'El Gran Gatsby' y 'Suave es la noche'. Sin embargo, más allá del pesimismo existencial que lleva implícita su reflexión, no deja de tener parte de razón. Cojamos un fragmento del mundo, observémoslo desde las alturas como si fuera un punto microscópico y aproximémonos a él haciendo zoom, hasta alcanzar una perspectiva de Ibiza a vista de pájaro; como en Google Maps. Imaginemos ahora que esta misma aplicación, desde dicho plano fijo, permite retroceder al origen de los tiempos y vislumbrar su evolución a cámara rápida.

Situemos el punto de mira, por ejemplo, en ese minúsculo rincón de la costa sur de Cala Tarida conocido como es Calonet, de actualidad hace unos días por el multitudinario botellón en el que participó un centenar de necios, con sus mascotas sin bozal, en plena fase de desescalada. Navegando por la historia de esta astilla de tierra observaríamos la nebulosa que envolvía la materia primigenia, la eclosión de los continentes y su posterior resquebrajamiento, el preludio ibicenco al desprenderse nuestro territorio de la costa levantina y el efecto erosivo del tiempo. En paralelo, desfilarían fenicios, cartagineses, romanos, vándalos, musulmanes y cristianos, sin que esta porción de territorio sufriera alteraciones considerables. Así hasta la edad moderna, cuando se quiebra de forma definitiva el equilibrio entre el hombre y la naturaleza.

A mediados del siglo XX, ralentizaríamos la imagen para no perder detalle. Aparecerían primero los pescadores, levantando varaderos y refugios alrededor de esta escarpada orilla. Cala Tarida aún estaría vacía de hoteles y apartamentos. Tan solo el rústico chiringuito Ses Eufabies sobre el promontorio, un quiosco de madera al otro extremo y la casita blanca del alcalde Vildo, ya en el acantilado anterior al recodo. Los ibicencos reservarían la playa grande para el regocijo de unos turistas que representaban su pasaporte de salida de la miseria. Ellos se conformarían con esos escollos salpicados de cocons, donde la sal cristalizaba en verano.

Materiales sencillos

Ya están terminados refugios y muelles. Hay varaderos para embarcaciones al fondo de la rada y también en los laterales. Se van alternando con cubículos concebidos exclusivamente para el disfrute de las familias campesinas. Algunos se asientan sobre las rocas altas, elevándose por encima del resto. Disponen de porches cubiertos de tablas y ramas de palmera, y ejemplarizan el sentido estético heredado de aquellos antepasados que construyeron las casas payesas. Sus materiales son los más sencillos y económicos -piedras, sabina, listones de pino, bloques, arena y cemento-, y aún así se mimetizan con la costa.

Si aún ralentizáramos más el reloj del tiempo, veríamos a los pescadores saliendo a faenar al amanecer, las paellas dominicales, las siestas de dos horas, los niños merendando sandía, persiguiendo cangrejos y zambulléndose desde los acantilados? La sencilla felicidad, en definitiva, de aquellos maravillosos años 70 y 80.

La horda etílica

Pero al volver a acelerar el tiempo, la costa se sembraría de grúas, inundando de hormigón hasta las dunas de Cala Tarida. Es Calonet tampoco quedaría a salvo, pues a su espalda, donde antaño se situaba el bosque que envolvía a la playa, emergería una interminable cortina de apartamentos. Toda esta presión urbanística y los correspondientes vertidos de depuradoras y tuberías misteriosas acabarían transformando el mar en una ciénaga durante décadas, hasta la renovación de parte de estas infraestructuras.

La puntilla para las familias, sin embargo, llegaría con una horda de jóvenes etílicos que, ya rozando el presente, acabaría tomando la orilla al asalto, con su mala educación y sus perros asilvestrados como bandera, borrando el último rastro de paraíso. Aunque dicen que el futuro es incierto, Fitzgerald lo dejó escrito. En es Calonet no hay motivos para la esperanza.

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