FÚTBOL
El fiasco de Arbeloa, el “espartano” servil
El salmantino trata de quedarse en el Real Madrid después de una estancia en la que su prioridad ha sido no molestar a los jugadores ni disgustar a Florentino

El entrenador del Real Madrid, Álvaro Arbeloa, durante una rueda de prensa en la Ciudad Deportiva de Valdebebas. / Sergio Pérez / EFE

El madridismo siempre priorizó el carácter de Juanito al talento de Benzema. Ese aguerrido contexto permitió al salmantino Álvaro Arbeloa hacerse en su día un nombre en el Bernabéu por su tesón inquebrantable. Lateral de esfuerzo innegociable y destreza limitada se hizo hueco como “espartano” de Mourinho, soldado de Florentino y apóstol de la “yihad madridista”. Uno di noi. Y ese atajo, sumado a la amistad con el hijo del presidente, le terminó llevando al banquillo del Real Madrid. Lo que explica que el vestuario lo viese siempre como otro siervo del presidente.
El vestuario no lo tomó en serio
Los futbolistas no le tomaron en serio desde el primer día. En realidad ni siquiera él se ha tomado en serio a sí mismo como entrenador, porque desde su primera rueda de prensa trató de ganarse al vestuario que echó al ‘Trufas’, como Arbeloa llama a Xabi Alonso, con elogios baratos y alabanzas edulcoradas que confirmaron a los jugadores que podían hacer lo que quisieran salvo hablar delante del entrenador, al que etiquetaron como “chivato de Florentino”. El irreductible “espartano” resultó haber mutado en un técnico sumiso que se arrodilló sin ruborizarse ante el ego de sus futbolistas.
Ni un reproche ni una palabra más alta que otra, solo su homilía habitual de madridismo estomagante para maquillar la autogestión de sus futbolistas. Pero como la realidad es tozuda, la deriva del equipo, que se llevó antes por delante a Ancelotti y a Xabi, no tardó en desnudar esta farsa con un final de temporada desastroso en lo deportivo y bochornoso en lo institucional. Los jugadores han desafiado a Arbeloa, de Carreras a Mbappé pasando por Asencio, se han peleado entre ellos y han generado un ecosistema tóxico que se ha llevado por delante al técnico, que ha querido señalar a los futbolistas cuando ya era demasiado tarde.
Futbolísticamente Arbeloa jugó a ser ‘Arbelotti’ cuando todo funcionaba y ‘Mouriloa’ cuando se torció. Álvaro hará la maleta el domingo, cuando acabe el partido ante el Athletic, y se marchará sin haberse ganado la autoridad en el vestuario, el prestigio en la sala de prensa y la empatía de la grada. Nadie sabe a qué juega su Madrid y si su carrera en los banquillos depende de estos cinco meses, está más cerca de apagar incendios en Segunda que de pisar las moquetas de algún club de fuste de la Premier. Se marchará a casa con un bagaje de 27 partidos, con 8 derrotas, dos empates y 17 victorias. Eliminado en Copa en su estreno en Toledo, en Champions en Múnich ante el Bayern y tirando la Liga con derrotas ante Getafe, Osasuna o Mallorca. Su legado se reduce a la aparición de algunos canteranos que desaparecieron por orden directa de Florentino que él obviamente acató.
Arbeloa se ha preocupado especialmente por no molestar al vestuario ni disgustar a Florentino, pero no priorizó lo que ocurría en el césped y por eso se marcha sin haber dejado huella en el madridismo, más allá de defender a capa y espada al mismo vestuario que lo ha tratado como a una marioneta de Florentino. “Estoy muy orgulloso de mis jugadores y de este vestuario sano. No los voy a quemar en la hoguera. Se han dicho muchas mentiras”, apuntó tras la pelea de Tchouameni y Valverde. Y ahora que enfila la puerta de salida deja un mensaje con moralina final: “Estos cuatro meses han sido una grandísima experiencia, un aprendizaje enorme. Ha sido un orgullo defender este escudo y ha sido como un máster. No hay muchos entrenadores que puedan decir que han dirigido al Real Madrid en Champions. El día que esto acabe aparte de haber crecido me marcharé con la conciencia tranquila”.
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