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Suplemento Abril

Julian Barnes y el arte de contar la vida con precisión

Del humor corrosivo de ‘Metroland’ a la meditación sobre la muerte de ‘Nada que temer’, una lectura íntima de un autor que escribe con ironía y hondura

Julian Barnes.

Julian Barnes. / Caricatura de Pablo García

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Miguel Ángel González

Miguel Ángel González

«Cuando lees un buen libro no escapas de la vida, te sumerges más profundamente en ella. Puede haber una escapada superficial a países, costumbres y formas de hablar, pero que lo que estás haciendo es ampliar tu comprensión de las sutilezas, paradojas, alegrías, dolores y verdades de la vida». J. Barnes en ‘Niveles de vida’.

El 26 de noviembre de 2012 era lunes y Julián Barnes presentaba en Barcelona, en el marco del ciclo ‘Conversaciones en la Pedrera’, su última novela, ‘El sentido de un final’ que, publicada por Anagrama, le valió el prestigioso premio Man Booker. Conservo la entrada al acto que no era gratuita, me costó 3 euros. Con traducción simultánea, el escritor mantuvo una conversación con Miquel Berga, doctor en Literatura Inglesa y profesor de la Universidad Pompeu Fabra. Me firmó el libro que, lo confieso, de momento aparqué. Preferí leer su primera novela que tenía en casa, ‘Metroland’. Cuenta las peripecias y la evolución de dos amigos, Christopher y Toni, desde su juventud alocada hasta su madurez que es conservadora y tranquila; una novela made in England, cargada de cinismo, humor y frases como estas: «Odiaba hacer lo que se hace los domingos, esperar la llegada del lunes». «Toni fue asaltado por una puta miope o desesperada que le soltó: ¿Te vienes conmigo guapo?, a lo que él respondió con desparpajo y voz aflautada: «Depende de lo que me pagues».

El 21 de marzo de 2019 era jueves y Barnes vino de nuevo a Barcelona. En el Centre de Cultura Contemporània dialogó con Anna Guitart en ‘Kosmópolis’, encuentro literario bienal en el que presentó ‘La única historia’, la de un jovenzuelo con una mujer de 48 años, casada y con dos hijas, que arranca con una frase muy propia del juguetón ingenio de Barnes: «¿Preferirías amar más y sufrir más o amar menos y sufrir menos?». Me sorprende, por cierto, recordar que tampoco la leí. En aquel momento tenía entre manos otra novela suya, ‘Nada que temer’.

Me había llamado la atención porque, escrita por un agnóstico, hablaba de Dios, la religión y la muerte, tres temas que siempre me han interesado y me obsesionan todavía hoy. Es una obra deslumbrante y extraña porque, siendo ficción, no es novela, tampoco ensayo ni autobiografía, aunque algo tiene de las tres cosas a la vez. Es, eso sí, una lúcida meditación sobre nuestra condición mortal y una luminosa celebración, con mayúsculas, del Arte y la Literatura. Yo la tengo por obra maestra y como la mejor entrada a su ya dilatada obra. Arranca con una frase que también utiliza Emmanuel Carrère y que muchos de nosotros podemos asumir: “No creo en Dios, pero le echo de menos”. Al hacer estas notas he ojeado de nuevo ‘Nada que temer’ y compruebo que la tengo acribillada de subrayados. ¿Me disculpan si recojo cuatro frases?: «El juego de Dios es irónico, implantar anhelos inmortales en criaturas mortales». «Apenas llegamos a este mundo, vamos al encuentro de un gran quizás», «La vida es una enfermedad mortal, no tiene cura». «No doy mi conformidad a la muerte como no la di a que me nacieran».

Cada obra es un reto

Atildado gentleman de la literatura inglesa, candidato al Nobel, soberbio estilista de imaginación desbordante y lejos siempre de la escritura convencional, Barnes convierte cada obra en un nuevo reto. Dice que si pone manos a la obra es para hacer, respecto a sus otros libros «algo diferente, único, original». Es como si escribiera contra sus logros, una ambición que atempera con su modestia.

Lejos de practicar la estupidez que hemos visto en otros egóticos escritores, -pienso sin ir más lejos en Umbral y Cela que repetían aquello de «yo vengo a hablar de lo mío»-, Barnes, contrariamente, en su intervención en ‘Kosmópolis’ no sólo nos habló de su novela, dijo que el Brexit lo emponzoñaba todo y en la declaraciones que hizo a ‘La Vanguardia’ dejó clara su posición: «El Reino Unido, país racional de Shakespeare y Churchill, es también el de los Monty Python ; se supone que somos un país racional, pero a veces se nos va la cabeza».

Cuando acabó su intervención y le presenté su novela para que me la dedicara, me preguntó a qué me dedicaba, le dije que era un plumífero de medio pelo, pero voluntarioso. No dudó ni un momento, bajó la cabeza, abrió la primera página y me dejó una frase que me pareció confesión y desafío: «El trabajo de un escritor es contar la verdad y describir la vida de la forma más precisa posible».

No he leído una sola frase de Barnes que no pudiera suscribir. No le falta razón cuando en ‘El loro de Flaubert’, festival de burlas contra críticos, académicos y biógrafos, dice que «la memoria es aleatoria y tiene que ver más con la imaginación que con la realidad, que los recuerdos son muy maleables y que con ellos mixtificamos inevitablemente lo vivido». En aquel entonces yo ya escribía en estos papeles ‘Memoria de isla’ y tuve que hacer una cura de humildad, reconocer que lo que escribo del pasado no es necesariamente como fue, es sólo como lo recuerdo. Lo que no significa que la memoria sea banal, sigue siendo esencial. Barnes dice también algo que ya sabemos, que si perdemos la memoria, perdemos la identidad.

Cala como la lluvia fina

Barnes es un escritor que cala como la lluvia fina y que no sólo divierte, hace pensar. Es un maestro del tono sosegado, del manejo de los tiempos y de la psicología de sus personajes. Su prosa limpia, elegante en el lenguaje y las formas, consigue una precisión de relojería. Puede resultar tan hilarante como corrosivo y es capaz de mezclar con sentido profundas reflexiones sobre la condición humana con recetas de cocina. Entre sus obras, además de las ya citadas, destacaría ‘El sentido de un final’, ‘El ruido del tiempo’, ‘Arthur & George’, ‘Una historia del mundo en diez capítulos y medio’, ‘El puercoespín’ y ‘Elizabeth Finch’. También tiene cuentos, ensayos y memorias. Cuando habla del tiempo que pasa, del olvido, la memoria, el amor y la moral, lo hace con una calidez y una humanidad que sorprende y atrapa. Diría que su escritura es sapiencial. Cuando en una entrevista le preguntaron qué trabajo habría elegido en otra vida, respondió: «Podría haber sido un cura eficaz en un lugar campestre de Francia en el siglo XIX, observando, escuchando y tratando de comprender, pero me habría sentido tentado de tomar apuntes en el confesionario, como un novelista».

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