Suplemento Abril
Inquisición y literatura
En los siglos XV y XVI, en paralelo a la invención de la imprenta por Gutenberg, los libros se convierten en el enemigo a batir. La democratización que supone la letra impresa aterra a los eclesiásticos

Inquisición y literatura
«Aquí la envidia y mentira / me tuvieron encerrado. / ¡Dichoso el humilde estado / del sabio que se retira / de aqueste mundo malvado, / y con pobre mesa y casa, / en el campo deleitoso, / con sólo Dios se compasa / y a solas su vida pasa, / ni envidado ni envidioso!». Décima escrita por Fray Luis de León en la cárcel, donde pasó 5 años acusado por la Inquisición.
La Iglesia católica ha tenido una pésima relación con el saber y la cultura. Papas, obispos, priores, abades y abadesas, conscientes de que el saber es poder, cerriles pero no tontos, trataron de no perder durante siglos la exclusiva del conocimiento y, autoproclamándose poseedores de la verdad, mantuvieron a buen recaudo sus bibliotecas tras los muros infranqueables de cenobios y monasterios. Querían al pueblo llano en la ignorancia, sumiso y temeroso. En ningún momento se preocuparon de desasnar a la plebe, amenazada desde los púlpitos si no se mantenía obediente y resignada.
La historia viene de lejos. Con los Reyes Católicos, que de católicos tuvieron poco, nació la Inquisición con el pretexto de velar por la limpieza religiosa y luchar contra cualquier persona o publicación que se considerara herética. Tomás de Torquemada, confesor de la reina Isabel, no dejó títere con cabeza. La excomunión era el menor de los castigos y la hoguera si pintaban bastos.
Hubo, por supuesto, antecedentes. Cuando en el siglo IV los emperadores romanos se convierten al cristianismo, los creyentes llegan al fanatismo y persiguen a muerte a quienes no piensan como ellos. Y mal lo pasa en el siglo XII el catarismo por predicar el ascetismo y rechazar el mundo material como cosa del demonio. Inocencio III y Lucio III, papas, con la bula ‘Ad abolendam’, crean un instrumento de represión que será el embrión del ‘Tribunal de la Santa Inquisición y del Santo Oficio’. El documento exige a los obispos que persigan, juzguen y condenen a quien ose descarriarse.Y Gregorio IX, con manifiesta mala leche, tiene a poco la persecución que hacen los obispos y se saca de la manga otra bula, ‘Excommunicamus’, que convierte la ‘Inquisición Episcopal’ en la desenfrenada ‘Inquisición Pontificia’ que suelta palos a mansalva valiéndose de las órdenes mendicantes, especialmente de los dominicos que tienen a su cargo los tribunales.
El ‘auto de fe’ y la ‘hoguera’, celebrados con multitudinaria asistencia de público, se convierten en un espectáculo festivo y espeluznante. Mientras arde el supuesto hereje, las mujeres hacen ganchillo y los hombres se emborrachan. Y paradójicamente, en los siglos XV y XVI, en paralelo a la invención de la imprenta por Gutenberg, los libros se convierten en el enemigo a batir. La democratización que supone la letra impresa aterra a los eclesiásticos que ven peligrar su poder y la censura eclesiástica dirá, ex catedra, lo que se puede publicar y leer. Y siguen atizando leña al personal Inocencio VIII y Alejandro VI, exigiendo un estricto control con el ‘Nihil Obstat Quominus Imprimatur’ que llega casi a nuestros días. Pablo III, Pablo IV, Pío IV, Pío V, Clemente VIII, Pío X y Benedicto XV, entre otros papas, siguen alimentando la persecución. ¡Menuda tropa!
Dos siglos de oro
Como ya advierte el comedido Menéndez Pelayo en su ‘Historia de los heterodoxos españoles’, nunca se escribió más ni mejor en España que en los dos siglos de oro, XVI y XVII, tiempos en que la Santa Inquisición ataca no sólo la literatura picaresca y pastoril, también la mística. Se condenan obras de Fray Luis de León, Fray Luis de Granada, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y san Francisco de Borja. En el saco herético caen también Juan de la Encina, Jorge de Montemayor, los hermanos Valdés y obras como ‘La Celestina’ y ‘El lazarillo de Tormes’, uno de los mayores logros de nuestra literatura, precursora del realismo y que no pudo ser publicada íntegramente hasta el siglo XIX.
La mano de la Iglesia ha sido larga, muy larga. En el siglo XVI se prohíben obras de Quevedo, Góngora, Gracián, Mateo Alemán, Tirso de Molina y Lope de Vega que, por cierto, era sacerdote y miembro del Santo Oficio. Incluso Cervantes es perseguido. Al Santo Oficio no le divierten las aventuras del loco caballero andante. La quema de libros por parte del cura y el barbero se ve como una burla de las quemas que hacen los inquisidores. Y ven chanza cuando el Quijote se arranca el faldón de la camisa y hace nudos para utilizarlos como rosario. Se llegan a expurgar pasajes tan inocentes como éste: «Advierte Sancho que las obras de caridad que se hacen tibia y flojamente no tienen mérito ni valen nada». Don Miguel dijo que hubiera escrito un libro más divertido de no ser por la Inquisición. Años después, ya en el siglo XVIII, vemos procesados autores tan inocuos como Iriarte, Samaniego, Jovellanos, Torres de Villarroel y José Cadalso. La censura, más que perseguir la herejía, se convierte en un vehículo de poder y control ideológico.
Obras prohibidas
Para acabar y dejando de lado las Españas, fueron asimismo prohibidas obras de Copérnico, Galileo, Kepler, Bacon, Descartes, Montaigne, Maquiavelo, Spinoza, Voltaire, Pascal, Rousseau, La Fontaine, Kant, Stendhal. Comte, Victor Hugo, Motesquieu, Dumas, Geoge Sand, Flaubert, Saint Simón, Larousse, Diderot, D’Annunzio, Erasmo de Róterdam, Rabelais, Giordano Bruno, Hobbes, Hume, Balzac, Zola, Anatol France, Bergson, Maeterlinck, Schopenhauer, Marx, Nietzsche, Gide, Simon de Beauvoir, Sartre… ¿Seguimos? La lista sería interminable.
Lo curioso del caso es que precisamente de los libros prohibidos de estos autores se guardan ejemplares en la Biblioteca Vaticana, con razón cerrada durante siglos a cal y canto y abierta hoy con restricciones a estudiosos que justifiquen que el objetivo de sus consultas no perjudicarán a la Iglesia. Tan sorprendente como penoso. Pero no hay mal que por bien no venga. Lo mejor que uno puede hacer es escoger los libros prohibidos, censurados o expurgados, con la seguridad de que así conseguirá la mejor de las bibliotecas.
Por fortuna, incluso en los tiempos oscuros existió siempre una para-literatura clandestina y muchas obras prohibidas se distribuían manuscritas. Lo sorprendente de esta nefasta historia de la mala relación entre Inquisición y Literatura da todavía coletazos. Algunas obras prohibidas en su momento han sido descubiertas recientemente y todavía nos darán algunas sorpresas.
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