Discos
Crítica musical: manual de reciclaje para pijos aspiracionales
Hay pocas dudas sobre el hecho de que la música no cambia el mundo. Pero, ¿podemos negar su poder para transformar las mentes? ¡Quia!

Flea, bajista de Red Hot Chili Peppers debuta (o casi) en solitario. / El Periódico
Javier Losilla
Flea, bajista de Red Hot Chili Peppers debuta (o casi) en solitario, recuperando su vieja pasión por la trompeta, con un disco que transita por los arrabales de un jazz que va más allá de la taxonomía de espiritual, ese que valoraron Alice Coltrane y Gil Scott-Heron, por ejemplo: 'Honora' (Nonesuch / Warner). Es un trabajo inspirado e inspirador, que cuenta con la participación de amigos como Nick Cave (quien aborda gozosamente 'Wichita Lineman', una vieja canción country de Jimmy Webb), Thom Yorke, Warren Ellis y un grupo de músicos de lujo. Canciones propias como 'A Plea (Una súplica)', con un texto entre la desolación y la esperanza y un arrebatador desarrollo musical, se combinan con versiones como Maggot Brain, que George Clinton registró en el tercer disco de Funkadelic; 'Thinking Bont You', de Frank Ocean, y la muy versionada 'Willow Weep For Me', escrita en 1932 por Ann Ronell. El disco se cierra con una pieza que hace honor a su título ('Free As I Want To Be'), la más cercana al rock de todo el álbum, con Flea a la trompeta, Josh Jeff Parker a la guitarra desatada y Josh Johnson al sintetizador Mog. Por alguna razón, la primera escucha de Honora, antes de su publicación, me dejó algo frío; más tarde, cuando retomé la grabación, el CD reveló cómo un tipo de 63 años con una carrera sólida se lanzaba a una aventura no como un divertimento, sino como una apuesta poderosa. Bueno, ya sabíamos que Flea es un culo inquieto.
En 'Movimiento', una de las canciones de 'Salvavidas de hielo' (2017), Jorge Drexler cantaba: «Si quieres que algo se mueva déjalo quieto». Hoy, en 'Taracá', (Sony), su nuevo álbum cuyo título es una aféresis de «estar acá», en una esplendorosa revisión textual de los desmanes históricos contra diferentes danzas, con un aporte musical arrebatador, nos dice: 'Ante la duda, baila'. Drexler baila candombe, murga y plena, en una apuesta de preguntas, aportaciones y reflexiones, mirando musicalmente a América, a las raíces que le dieron la sabia primigenia, a Puerto Rico, a Brasil (sensacional la revisión de 'Qué será que es', de Gozaguinha, con Rueda de Candombe. Como un reconocimiento sin complejos que le lleva hasta los patrones del trap en ¿Cómo se ama? En el viaje (de ida y vuelta), un soberbio tributo a su padre ('Las palabras') y un recordatorio hermoso a Enrique Morente ('Cuando cantababa Morente'), en clave de milonga, con la guitarra de Julio Cobeli y la voz de Ángeles Todelano. Y además de los mencionados, las colaboraciones de Young Miko, Meritxell Neddermann, Américo Young y Falta y Resto. En 'Taracá', el reino de la mencionada aféresis, Drexler hace de su voz tambor que resuena a ambos lados del océano para decirnos que la gente pasa, pero lo palabra queda. Y la música.
Rodrigo Cuevas y Tito Ramírez
Rodrigo Cuevas es el epítome de lo popular, pues no solo da al folclore nuevos bríos; también reformula viejos hallazgos pop y de verbena para traerlos a un universo personal que resume en un título: 'Manual de Belleza' (Sony), su tercer 'libro de estilo' (¿cierra así una trilogía?). Massiel, Mala Rodríguez, Ana Belén, y Tarta Relena participan en un revoltoso y emocionante tratado de recuperación de la memoria, la fiesta y el compromiso, desde el siglo XXI.

'Sonico conquistador' es la entrega más reciente de Tito Ramírez. / El Periódico
No tengo duda de que Tito Ramírez, ese 'great pretender' que tanto nos alegra los sentidos, tomó el nombre inspirándose en el gran cantor, músico y director de orquesta puertorriqueño Tito Rodríguez. 'Sonico conquistador' (El Volcán Música) es su entrega más reciente, con su orquesta Los verdaderos reales, y también la más desenfrenadamente latina. Tito es especialista en sonidos 'vintage', de rock y especias caribeñas, pero aquí echa el resto de su descaro tropical a golpe de cadera de mambo, cha-cha-chá, bugalú, cumbia y sonidos hispanos de los barrios neoyorquinos más mezclados en los años 60 y 70 del siglo XX. Gran impostor, decía. Sí, pero ojo: su impostura solo afecta a la identidad artística; las canciones son tan reales como el ímpetu que las construye y anima.
Foy Vance y Abdou El Omari
El irlandés Foy Vance, muchos años después del fallecimiento de su padre, ha tomado la determinación de hacer el velatorio: 'The Wake' (Rounder / Music As Usual). Rock, blues, folk y apuntes de soul y jazz atraviesan las piezas de este álbum algo descompensado. Tras un buen comienzo con A. I. y una notable declaración 'Hi, I’m The Preacher’s Son' («No soy un hijo afortunado, no soy un privilegiado. No soy más que un arma cargada que dispara contra un mundo que se ha desmoronado»), hay que trasladarse a las seis últimas escrituras del disco para volver a sentir el empuje y la vibración de lo que Vance quiere contar y cantar. No es un porcentaje baladí.
El marroquí Abdou El Omari nació en 1945 en Tafraout, al sur de Agadir, pero desarrolló su errática carrera musical en la cosmopolita Casablanca. Hay que situarse en los años 70, con un tipo brillante que dió un soberano empujón a la música popular. Estudió en el conservatorio, pero tenía vocación de peluquero. Las canciones que recoge 'Lost Tape 1980' (Born Bad Records), muestran como con su órgano Farfisa encajó la tradición con el funk, lo cósmico y la psicodelia. Esa cinta perdida fue lo último que grabó antes de su retiro este avezado explorador. Por cierto: gracias a Ignacio Isusi por la iluminación para el titular del artículo que acaban de leer.
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