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Literatura

Ignacio Aldecoa en Ibiza

Aldecoa pudo utilizar La Graciosa como escenario de ‘Parte de una historia’, pero todo sugiere que proyectó en ella sus experiencias de Ibiza en la que recalaba todos los veranos desde 1958 a 1969

De izquierda a derecha, Rafael Azcona, Fernando-Guillermo de Castro, Josefina Aldecoa e Ignacio Aldecoa en La Gitana (Ibiza) entre 1958 y 1964

De izquierda a derecha, Rafael Azcona, Fernando-Guillermo de Castro, Josefina Aldecoa e Ignacio Aldecoa en La Gitana (Ibiza) entre 1958 y 1964 / DI

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Archivo Diario de Ibiza

«Fui su huésped en Ibiza y me llevaba de copas al atardecer. Maestro del relato corto que convierte en una obra maestra, -género más difícil que el supuestamente mayor de la novela-, con una prosa exacta, realista, poética, sugerente, sobria y magistral, Aldecoa revoluciona el cuento que en España nadie ha hecho como él. Aunque tiene la sobriedad y eficacia de Hemingway al que supera en calidad, siendo el cuento un género de poco rendimiento editorial y cuando el realismo queda lejos, cae sobre él un silencio brutal y torpe. Con Aldecoa vivo, casi todos los escritores de su generación se habrían ido a la mierda», Francisco Umbral. Diccionario de Literatura, pág. 18-20.

Se nos va el tiempo como el agua entre las manos. Hace ya veinte años, Editorial Mediterránea publicó en 2ª edición ‘La isla perdida’. Memoria de una época de Ibiza, obra de Fernando-Guillermo de Castro, a quien durante varios veranos tuve por vecino y me aconsejó leer ‘Parte de una historia’ de Ignacio Aldecoa, que fue su amigo y que, como él, estaba enamorado de la isla. Para escribir estas notas he vuelto a leer los recuerdos de Fernando y pienso que acierta en la sospecha de que ‘Parte de una historia’ es ‘la novela de Ibiza’, porque aunque el escenario sea La Graciosa, islote de sólo 29 km2 separado de Lanzarote por un estrecho freo y al que el autor viajó en 1965, todo lo que describe, ambiente, pescadores, talante de los isleños y personajes extranjeros irrepetibles, bohemios, estrafalarios, derrelictos arrojados a la playa, náufragos voluntarios o forzosos que los isleños ven desfilar con indiferencia, jóvenes inútiles o rebeldes, los primeros beatniks americanos que llegan con sueños utópicos, es un mundo que responde literalmente a la realidad que vivía Ibiza en los años sesenta y que no se daba ni se ha dado en La Graciosa ni por asomo. Quien conozca el islote canario –y hablo por experiencia- sabe que el argumento de la novela no cabe en la isla, la desborda y nada tiene que ver con su realidad. Por motivos que desconocemos, Aldecoa pudo utilizarla como escenario, pero todo sugiere que proyectó en ella sus experiencias de Ibiza en la que recalaba todos los veranos desde 1958 a 1969. Es posible, incluso, que Aldecoa escribiera ‘Parte de una historia’ en Ibiza.

Fernando de Castro explica la lectura que hizo a unos amigos de un fragmento de la novela en ‘Villa Cuervo’, chalet de Figueretes, en presencia del propio Aldecoa que, por lo que parece, la escribía en aquellos momentos. Y en Ibiza escribió también, como explica su mujer, Josefina Aldecoa, en el prólogo de los ‘Cuentos completos’ de su marido, ‘La piel del verano’, ‘Al margen’, ‘La noche de los grandes peces’, ‘Amadís’, ‘Un corazón humilde y fatigado’ y ‘Ave del Paraíso’, un relato redondo, hermoso esperpento de una realidad desorbitada que tiene precisamente a Ibiza como escenario y en el que su principal protagonista, ‘El Rey’, no es otro que Alejandro Vallejo-Nájera, freak de manual, alcohólico y confeso aficionado al hachís, propietario del que fue famoso bar o night-club ‘La cueva de Alex Babá’, situado en Dalt Vila, en la calle de Pedro Tur, antro de marcada nocturnidad en el que se citaba la bohemia para disfrutar del espectáculo, bronca incluida, que organizaba el propio Alejandro, un gigantón de casi dos metros, musculado, de faraónica cabeza, ojos rasgados, piel atezada, pendiente de pirata en una oreja, pañuelo rojo al cuello, calzado siempre con enormes botas y que si no había ‘polis’ a la vista andaba con un cuchillo de monte al cincho.

«Ibiza nos cautivó»

De vida disoluta, acabó pasando por una cárcel de EE. UU. de la que le sacó el mismísimo Andy Warhol y acabó luego en otra de Kabul. Alejandro era un ejemplar humano singular, de físico y talante impresionantes, de manera que no puede extrañarnos que Aldecoa lo convirtiera en personaje de ‘Ave del Paraíso’. Del amor a la isla del escritor y de que sus estancias en ella inspiraran su escritura no podemos dudar. En la última visita que hizo su mujer a la isla en 2005, en el Club Diario de nuestro rotativo evocó las estancias en la isla con su marido: «Ibiza en 1958 era una isla casi virgen y nos cautivó. La higuera, la sabina, la pita, las casas blancas, el cielo y el mar azules. En Ibiza nos sentimos inmersos en una libertad respetada, aceptada con naturalidad por los isleños y parecía que habíamos encontrado la felicidad. Aquel año viajamos a Nueva York y en 1959 volvimos a la isla. Desde entonces, Ibiza y Nueva York se convirtieron para nosotros en dos polos de referencia fundamentales, tenían que ver con la libertad y con un aire de universalidad evidentes».

La escritura de Aldecoa podríamos calificarla de realismo sentido y vivido. Con buen oído y atento observador, capta todos los registros del comportamiento y el lenguaje de las gentes sencillas que encuentra en la calle y en las tabernas. No necesita inventar. Sus relatos son, en cierta manera, reportajes precisos y poéticos cargados de humanidad. Y sus personajes gente humilde, marginados y desheredados a los que trata sin moralina con increíble ternura, algo que ya descubren sus títulos, ‘Los bienaventurados’, “El aprendiz de cobrador’, ‘La humilde vida de Sebastián Zafra’, ‘Seguir de pobres’, ‘A ti no te enterramos’, ‘La tierra de nadie’, ‘Un corazón humilde y fatigado’, etc. Aldecoa explora el desamparo, el desvalimiento, la pobreza, el desarraigo de los migrantes, la soledad, la angustia de seres acosados por el entorno y el destino, la necesidad humana de trascendencia y redención.

En su escritura es minucioso y penetra con hondura en la psicología de sus personajes. Maestro en la condensación y la sugerencia, una anécdota puede concentrar todo el mensaje del relato que exige la complicidad del lector para descubrir lo que explícitamente no dice. Pero si he hablado, sobre todo, de su maestría en las distancias cortas, no conviene olvidar sus grandes novelas, además de ‘Parte de una historia’, ‘El fulgor y la sangre’, ‘Con el viento solano’ y ‘Gran sol’, obras en las que casan realismo y lirismo en una realidad cruda y tierna en la que encontramos la épica de los oficios humildes y sacrificados. La escritura de Aldecoa es inequívocamente ética y de una belleza poco común. Su temprana muerte a las 44 años le impidió completar las tres trilogías que proyectaba, de las que, en todo caso, tenemos una buena muestra en el extraordinario legado que nos ha dejado.

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