Suplemento Abril
Juan Ramón Jiménez, poeta de la ternura y de la luz
La Academia Sueca decidió el 25 de octubre de 1956 conceder el Premio Nobel de Literatura a Juan Ramón Jiménez «por su poesía lírica, un modelo de pureza artística y alta espiritualidad»

Juan Ramón Jiménez, poeta de la ternura y de la luz
Platero no fue una invención de Juan Ramón. Existió y el poeta le hablaba. Una tarde le dijo que si moría antes que él, «no iría en el carrillo del pregonero a la marisma inmensa, ni al barranco del camino de los montes como los otros pobres burros, como los caballos y los perros que no tienen quien los quiera». Y cumplió su promesa. Hoy, en Fuentepiña, enclave juanramoniano de Moguer, provincia de Huelva, al pie del Pino Grande, está enterrado el burrillo que en palabras del poeta era «pequeño, peludo, suave y tan blando por fuera que parecía de algodón».
A Juan Ramón Jiménez se le conoce por esa pequeña joya que es ‘Platero y yo’, un librito que describe con alto lirismo el amor, las visiones y las andanzas compartidas del poeta con un asnillo que recordamos por su trotecillo alegre y porque parecía reír de felicidad, ‘ah, ah, iaah’, cuando le daban a comer uvas moscateles, higos maduros que destilaban gotitas de miel y perfumadas mandarinas. Algún crítico listillo calificó el libro de literatura infantil, error que el escritor protestó al prologarlo: «Suele creerse que ‘Platero y yo’ es un libro para niños, pero yo no he escrito nunca ni escribiré nada para niños». Juan Ramón decía que el libro podía leerlo un niño, pero también, sobre todo, el niño que todos llevamos dentro. También son para niños grandes ‘Las aventuras de Gulliver’, ‘El principito’ y ‘Alicia en el país de las maravillas’.
En todo caso, acordarnos sólo de ‘Platero y yo’ al hablar de Juan Ramón es un error porque fue siempre y en todo poeta. Incluso su prosa es poesía. Tiene sólo 17 años cuando la revista ‘El gato negro’ le publica ‘Ninfeas’, versos modernistas que prologa Rubén Darío. Y obras mayores que le consagran son sus ‘Rimas’ y ‘Arias tristes’ que tanto elogian Antonio Machado y Azorín.
De su biografía sólo recojo tres aspectos que inciden con claridad en su poesía. Para empezar, hay que decir que Juan Ramón es un poeta enamorado, un auténtico ‘don Juan’. Su gran amor y musa es la catalana Zenobia Camprubí, poetisa, lingüista y traductora, pero antes de conocerla son tantos sus escarceos que aquí no caben: Louisse Grimm, Georgina Übner, Susana Almonte, Marthe y Denise Lalanne, Marie-Françoise Larragle, Rosalina Brau, Blanca Hernández Pinzón… Juan Ramón flirtea, incluso, con las monjas y novicias del Sanatorio del Rosario donde está ingresado. A todas les dedica encendidos versos como los que escribe a sor Amalia: «Su carita blanca y triste / llena de amor y de ensueño, / se perdía entre la sombra / que arrojaba el manto negro // El manto negro envolvía / el misterio de su cuerpo / de nardo y nieve, enterrado / como si estuviera muerto // Pasó a mi lado y sus ojos / a mi corazón hirieron / y yo me quedé en el mundo / y ella se fue hacia el convento».
Amores en los que, por cierto, también hubo tragedia: Margarita Gil Roësset, escultora, frustrada su pasión por el poeta, se suicidó a los 24 años. Otro aspecto que influyó en su poesía fue su afición a la pintura y el color que pasó a sus versos. Y no fue menor su amor a la música, llevando a sus poemas las partituras de Shumann, Mendelssohn, Gluck y Beethoven.
Dominio de técnica y lenguaje
En su dilatada obra poética cabe citar ‘Jardines lejanos’, ‘Pastorales’, ‘Baladas’ y ‘Las hojas verdes’, poemas que descubren su extraordinario dominio de técnica y lenguaje, versos en los que se aparta de los postulados modernistas con una poesía erótica y de claros acentos musicales. Se acerca luego al romance popular y abre caminos a poetas como Lorca y Alberti. Después, según pasa el tiempo, deja atrás sus rurales y juveniles alegrías y en ‘Elegías’ adquiere un acento más sentido y personal, dando rienda suelta a una profunda melancolía y tristeza, circunstancia en la que posiblemente jugó también su mala salud. Inspirado en un verso de San Juan de la Cruz escribe ‘La soledad sonora’ y siguen sus ‘Poemas mágicos y dolientes’, una forma de ritornelo a paisajes de desolación, tedio y nostalgia. Lo que tenemos en muchos versos de esta época es una sensibilidad que duele, paisajes iluminados por una luz otoñal y acariciadora, ámbitos de silencio, penumbra y soledad, morosos crepúsculos y temblorosos amaneceres. Todo un universo entra en declive, desesperanza y desmoronamiento, con versos que parecen anunciar la muerte. En ‘Estío’, ‘Laberinto’ y ‘Sonetos espirituales’, Juan Ramón se despide de la poesía rimada, de los paisajes y las ensoñaciones de sus primeros versos con un lenguaje que gana sobriedad y exige el desnudamiento que encontramos en ‘Eternidades’.
Y a partir de aquí aparece el creador más puro que tenemos en la que me parece –aunque el título no prometa nada- la mejor de sus obras, ‘Diario de un poeta recién casado’, trabajo que combina prosa y verso libre con un lenguaje sustantivo que pierde adjetivaciones, de absoluta economía verbal y concisión extrema. Las impresiones irrelevantes y circunstanciales van en prosa, mientras que el verso recoge los sentimientos y los estados del alma, las más íntimas vivencias que la prosa no puede decir. El poeta busca una poesía con mayúsculas, una poesía esencial y totalizadora que ama la vida y no le teme a la muerte. Es lo que encontramos en ‘Piedra y cielo’.
A estas alturas, por mor de la Guerra Civil, Juan Ramón vive exiliado en Nueva York, Cuba y Puerto Rico. Sus últimas obras son ‘La estación total’, ‘Voces de mi copla’ y ‘Animal de fondo’, prodigio que escribe en altamar, rumbo a Buenos Aires. Da paso a su recapitulación definitiva en ‘Dios deseado y deseante’, un dios que sólo cree encontrar en los adentros de su poesía, en su ‘yo’ interior y agustiniano, como ansia y como anhelo: «Tu esencia –dice- está en mí, como mi forma». No pudo ultimar el premonitorio ‘Ríos que se van’, alusión tal vez a Jorge Manrique en aquellos versos que aprendimos de memoria en la escuela: «Nuestras vidas son los ríos que van a dar en el mar, que es el morir”» El poeta descansa en el pequeño sacramental de Moguer, no lejos de donde también duerme ‘Platero’.
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