Suplemento Abril
Manuel Vilas: «No se puede escribir el mejor libro del mundo»
Vilas utiliza en ‘El mejor libro del mundo’ la propia vida como materia prima para explorar el paso del tiempo y la experiencia humana en toda su complejidad

Manuel Vilas: «No se puede escribir el mejor libro del mundo»
Dice Juan José Millás que este libro no es un libro, es un incendio en el que las páginas arden a medida que las lees. Y Javier Cercas añade que es «un libro salvaje, eufórico, arborescente, desmadrado, hipervitalista, hiperliterario, delirante, cómico, humilde y encantadoramente chiflado. Manuel Vilas en estado puro».
Mi primer contacto con Manuel Vilas a través de sus colaboraciones en los suplementos literarios de La Vanguardia (Magazine), El País (Babelia) y el ABC Cultural, me llevaron a sus libros: ‘Aire nuestro’, ‘Los inmortales’, ‘Ordesa’, ‘Los besos’, ‘Nosotros’ y ‘El mejor libro del mundo’, que acabo de leer y que me llamó la atención por su título, un guiño más de Vilas que se ríe de la aspiración imposible y no confesada de cualquier escritor. Creo que Vilas viene a decirnos que esto de la literatura, siendo cosa seria y enjundiosa, es algo que no conviene tomar a pecho porque tiene mucho del juego que Cortázar propone en ‘Rayuela’. ¿No es la vida un juego de azar en el que nos han metido sin pedirlo? El escritor nos acompaña en ese juego y al final del libro reconoce lo que ya sabía antes de escribirlo, que «no se puede escribir el mejor libro del mundo» y, resignado, añade «pero me da igual» (página 581).
Los críticos dicen que Vilas es un escritor singular, ecléctico, fragmentario, transversal, hiperbólico, heterodoxo y cosas así. Yo diría que, honesto y concienzudo, el escritor se desnuda y desmadra, dice lo que quiere decir, cómo quiere decirlo y se pone por montera el novelar canónico, la historia con planteamiento, nudo y desenlace. Hoy, después de Joyce, Nietzsche y Kafka, nadie sabe a ciencia cierta qué es una novela. La RAE dice que «la novela describe sucesos, personajes, pasiones, costumbres y que también puede referirse a hechos interesantes de la vida real que parecen ficción o, coloquialmente, a una mentira o patraña».
Pues eso. Y en cuanto al hilo argumental, en esta obra lo tenemos en Vilas/narrador que vampiriza a Vilas/autor, personaje ficcionado que, en un prodigioso engranaje lúdico de dislocación identitaria está presente de principio a fin. En cualquier caso, Vilas no titula su obra ‘La mejor novela del mundo’, sino ‘El mejor libro del mundo’, título irónico y, por tanto, ejercicio burlesco de una escritura que exagera sus características para crear reflexión, crítica y humor, desvirtuando su seriedad original. Y es ya una pista que la portada del libro sea la de un hombre que invertido, bocabajo, lee colgado por los pies de una rama, lo que parece invitarnos a interpretar el título del revés.
Pienso que Vilas hace una recreación irónica para emitir una opinión transgresora sobre la cuestión parodiada. Y aunque es cierto que nos deja un puzle de anécdotas, recuerdos, monólogos interiores, sueños, sensaciones, experiencias, transcursos, aforismos, digresiones y fragmentos, todo un mundo de vivencias y reflexiones, no es menos cierto que al final todas las piezas encajan en un encuadre que reconocemos, el escenario en el que nos movemos y somos. ‘El mejor libro del mundo’ aborda temas como la memoria familiar, la pérdida, el duelo, el dolor, la circunstancia histórica que vivimos, la razón de la literatura como espejo de la realidad, la búsqueda de sentido, la identidad y, en fin, el laberinto de la existencia que en opinión del escritor sólo tiene salida en la conmiseración, la bondad y el encuentro con el otro, es decir, en el amor. Vilas utiliza la propia vida como materia prima para explorar el paso del tiempo y la experiencia humana en toda su complejidad desde la alegría y el dolor, desde la esperanza y la desesperación, sin ataduras y con un lenguaje directo y emocional que no decae, conectando lo biográfico y lo histórico, lo particular y lo universal.
Tengo el encorsetamiento de los géneros por una anquilosante estupidez. Lo que importa es la buena escritura que en Vilas es limpia, llana, sin circunloquios, sin esdrújulas ni barroquismos. A Vilas se le entiende todo y creo sinceramente que es un escritor que se vacía, que no se calla nada y que lo hace desde la vulnerabilidad, el desconcierto y la perplejidad. También desde la incertidumbre existencial, sin alardear de tesis ni de convicciones. Si dice que duda es porque de verdad duda. Y el lector agradece que lo haga con sentido poético, porque Vilas es poeta, sin perder un humor que en ocasiones es negro como irreverente es su ironía. Vilas dice lo que conviene decir y no se dice, lo que nos pesa y nos pasa en lo menudo y cotidiano, en casa, en el trabajo, en el ocio, en la calle y en esta España invertebrada que, si era gris y garbancera, ahora es una república monárquica mal avenida, pura contradicción, comedia y apariencia, un disparate.
Suicidio en Bistrita
‘El mejor libro del mundo’ arranca con una pequeña explicación, a guisa de prólogo, donde el escritor/narrador, Manuel Vilas, se suicida en la ciudad rumana de Bistrita, arrojándose desde la torre de una iglesia evangélica. Advierte que el libro que sigue tras el prólogo lo acaba de terminar antes de suicidarse y que lo ha dejado bien corregido en su ordenador. El libro acaba, efectivamente, cuando el escritor, Vilas, sale hacia la ciudad de Bistrita donde acabará con su vida y el círculo se cierra.
Releo algunos pasajes de ‘El mejor libro del mundo’ y me pregunto, siendo que Vilas lo cataliza todo bajo su prisma subjetivo, ¿qué es y no es autoficción, cuando todo es creíble? Uno llega a la conclusión de que en la pregunta está ya la respuesta, siendo que la misma vida es pura comedia, el sueño calderoniano, eventualidad, apariencia, sólo ficción. Posiblemente lo que más admiro en la escritura de Vilas es su mirada, el esfuerzo que hace por aprender a mirar, por interpretar el mundo y entender qué significan las cosas, que sea capaz de penetrarlas sin ánimo de trascendencia. Me admira su compromiso a pesar de su desencanto, su elogio de la lentitud y su anclaje en lo cotidiano, su sentido crítico que lo convierte en un escritor peligroso que amenaza la estabilidad de las certezas. Y disfruto de su cercanía y su ternura, de su humor y del fondo lúdico que mantiene en sus pasajes más negros, posiblemente porque quiere una literatura sanadora, reconfortante, que sirva para hacer la vida más divertida y que el lector tenga, después de leerle, más ganas de vivir.
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