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Abril

Dudo de que Homero existiera

La ‘Odisea’ tiene más sustancia y ‘pegada’ que la literatura de usar y tirar que inunda los escaparates de las librerías

Dudo de que Homero existiera

Dudo de que Homero existiera

Miguel Ángel González

Miguel Ángel González

«Si vas a emprender el viaje hacia Ítaca / pide que tu camino sea largo, / rico en experiencias y en conocimiento, / numerosas las mañanas de verano / en que, con placer, felizmente / llegues a bahías nunca vistas; / detente en los emporios de Fenicia, / visita muchas ciudades en Egipto / y con avidez aprende de sus sabios. / Ten siempre a Ítaca en la memoria. / Llegar allí es tu meta, / más no apresures el viaje. / Mejor que se extienda largos años, / y en la vejez llegues a la isla / con cuanto hayas ganado en el camino, / sin esperar que Ítaca te enriquezca. / Aunque la encuentres pobre, Ítaca no te engañará. / Rico en saber y en vida, como has vuelto, / comprenderás ya qué significan las Ítacas». De ‘Ítaca’ (1911). Konstantino Kavafis.

¿Es descabellado hablar hoy de Homero? ¿Tiene interés leer la ‘Odisea’ en nuestros días? Yo creo que sí. La ‘Odisea’ tiene más sustancia y ‘pegada’ que la literatura de usar y tirar que inunda los escaparates de las librerías. Con ella arranca la tradición literaria occidental. Intentaré explicar por qué nos conviene recuperar la obra que atribuimos a un tal Homero que, por cierto, no sabemos a ciencia cierta que existiera. El enigma que plantean la obra y el personaje es lo que los estudiosos llaman ‘la cuestión homérica’. Tucídides (s. IV aC), en su ‘Himno a Apolo’ identifica a Homero –pero es leyenda- con «un vate ciego que vive en la escarpada Quíos y es autor de los mejores cantos que pueden escribirse». Es muy posible, incluso, que la ‘Odisea’ no tenga un solo autor. Retrocedemos a tiempos en los que los relatos de un repertorio arcaico se trasmitían de viva voz, los recitaban cantores en las plazas, el personal los hacía suyos, los memorizaba y los magnificaba, de manera que las historias estaban vivas y evolucionaban. Y los relatos que perduraban creaban leyendas en el acervo popular. Lo increíble del asunto es que hoy, miles de años después, las aventuras y personajes de la ‘Odisea’ -Ulises, Penélope, el cíclope Polifemo, etc- perviven todavía en nuestro imaginario y nos sigue fascinando el mítico viaje que, narrado en primera persona, nos lleva desde la mítica Troya a una Itaca que hemos convertido en Utopía.

Pero tanto da que existiera o no Homero, lo que importa es la calidad de su obra y su mensaje. Porque tiene mensaje. En cualquier caso, tuvo que existir alguien que recopilara aquellas exitosas historias arcaicas, dándoles hilatura en una aventura prodigiosa. Para situarnos tenemos que retroceder a los siglos oscuros de una Grecia arcaica. Algunos autores sitúan la composición de la ‘Odisea’ en el siglo VIII aC., pero sus relatos tienen huellas de la cultura micénica (siglos XX-XII aC) y la obra descubre los conflictos y esperanzas de la polis clásica, la ciudad de Sócrates y Platón. Es posible que se escribiera en el siglo VII aC., más o menos cuando los fenicios llegaron a nuestras islas.

La ‘Odisea’ nos remite al mundo de los dioses, héroes y semidioses, al mítico universo que los griegos tenían entonces en su imaginario. Y deja huella en autores posteriores de ayer y de hoy, Esquilo, Sófocles, Eurípides, Píndaro, Horacio, Ovidio, Platón, Séneca, Dante, Calderón, Shakespeare, Goethe, Joyce, Pound, Cavafis, Séferis, Pavese, Borges, Kazantzaquis y muchos otros. El único poeta que me atrevería a comparar con Homero, sin hacerle sombra, es Virgilio en la ‘Eneida’, grandísimo poema que describe cómo el príncipe Eneas, huyendo como Ulises de Troya, naufraga en la costa tunecina donde se enamora de Elisa de Tiro, fundadora y reina de Cartago, una historia que ya enlaza con el amanecer de la Ayboshim cartaginesa.

La ‘Odisea’ suma más de 12.000 versos y el único problema para el lector actual es su literalidad, de aquí que nos convenga una traducción fiel y actualizada como la que hace Carlos García Gual (Alianza Editorial, 2021). Les haré una confidencia que a mí me ha descubierto la rabiosa vigencia de la obra. Me he dedicado a subrayar algunas frases –recojo una mínima muestra- que son tan válidas hoy como lo fueron ayer: «La sabiduría aprende de los errores / La belleza está en el ojo del espectador / Las palabras pueden ser tan poderosas como las armas / La fe es el camino de la esperanza / La venganza perpetúa la violencia / El éxito exige perseverancia / La justicia es la base de la sociedad / La grandeza no consiste en recibir honores, sino en merecerlos / Nada en exceso / Los dioses ayudan a los que se ayudan a sí mismos / No hay peor monstruo que el hombre sin razón». Y así podríamos seguir con muchas otras frases que cualquiera firmaría hoy. Con más de tres mil años, todas nos llevan a la reflexión y podrían dar pie a un tratado de filosofía. A pesar de ello, la ‘Odisea’ se lee como una novela.

El viaje de la vida

El viaje de Ulises, al margen del tiempo que es simbólico, –de aquí que se dilate su navegación- es el azaroso recorrido que para todos supone la vida. Y sus dificultades, soportando temporales, mareas y vientos, luchando con monstruos y encarándose a los dioses, son las que mientras vivimos, descodificando el mito, tenemos nosotros. Y no hay otra manera de superarlas que la perseverancia, el arrojo, la fortaleza, el sentido común, la astucia y la paciencia, sabiendo hacia dónde vamos y cuál es nuestra meta. Itaca sigue siendo la Utopía que, como dice en su poema Kazantzaquis, no está en la riqueza, sino en nuestro interior, en todo lo que consigamos en saber a lo largo de nuestra navegación, de nuestra vida: «Cuando en la vejez llegues a la isla, no esperes que Ítaca te enriquezca. Aunque la encuentres pobre, no te engañará. Rico en saber y en vida como has vuelto de tu largo viaje, sabrás por fin lo que significan las Ìtacas».

Esta es, creo, la gran lección de la ‘Odisea’, una palabra que ha pasado a designar en el habla diaria una situación difícil, un viaje arriesgado y esforzado. Ulises sigue siendo el símbolo del individuo que tiene que bandear trampas y tropiezos, que tiene que luchar para evitar el naufragio. El viaje de la vida es una auténtica odisea, una aventura, cuya gran pregunta es si uno, atravesando el mundo y la vida, se aferra y busca su sentido o se rinde a la insensatez de la existencia. Es, en resumidas cuentas, la gran pregunta camusiana. Con razón llamamos ‘homérico’ a lo grande. Y es que la ‘Odisea’ es grande, inagotable y aleccionadora. Su actualidad es incontestable.

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