Toni Morrison, un ejemplo ético
Es difícil entender por qué una escritora ganadora del Pulitzer, el Nobel o la Medalla Presidencial de la Libertad sigue siendo tan poco conocida en España

Toni Morrison / Ian Langsdon/Efe
«En la vida me quedan dos cosas por ver: un chico blanco alcanzado por la espalda por las balas de la policía y un hombre blanco condenado por haber violado a una mujer negra. Con un ejemplo me basta». Toni Morrison, 2012, con motivo de la muerte en Florida de Trayvon Martin, un adolescente de 17 años al que un policía abatió de un tiro por la espalda y fue declarado inocente.
Me pregunto por qué Chloe Ardelia Wofford, (1931-2019), escritora estadounidense que conocemos por su nombre de pluma como Toni Morrison, novelista, ensayista y editora, ganadora del Premio Pulitzer (1988), primera escritora negra que con sólo seis novelas obtiene el Premio Nobel de Literatura (1993), y que además de ser Premio de la Crítica, de conseguir el American Book Award, el National Humanities y recibir la Medalla Presidencial de la Libertad, máximo galardón que en EE.UU. se le concede a un civil, a pesar de todo ello, sigue siendo una escritora que apenas conocemos en nuestro país. No consigo entender por qué no ha calado en nuestros lectores como otras escritoras americanas, caso de Gayl Jones o Alice Munro. Tampoco yo tengo excusa, pues la conocí hace sólo dos años. Fue con la asombrosa ‘Beloved’ (1987), una historia tremenda que me llevó a ‘La canción de Salomón’ (1977), dos obras maestras que Morrison dedica a los más de trescientos millones de personas que han sido víctimas de la esclavitud.
En ‘Beloved’, basada en hechos reales, una esclava negra, fugitiva, a punto de ser capturada por sus antiguos amos, decide dar muerte a su hija de dos años antes de permitir que viva como esclava. El lector comprueba enseguida que en la literatura de Morrison no todo es ficción. Es, las más de las veces, literatura vivida.
Una vida dura
Morrison tiene sólo dos años cuando el propietario de la casa donde vive con su familia le prende fuego, con ellos dentro, porque no pueden pagar el alquiler. Y con 15 años presencia en su calle el linchamiento de dos empresarios negros por un grupo de blancos. El racismo es a tal punto salvaje que la familia tiene que cambiarse de barrio y es tan grande el odio que su padre llega a tener a los blancos que no les deja entrar en su casa. Morrison explica en sus diarios que sus recuerdos de infancia y adolescencia están llenos de sufrimiento y de dolor. Es la atmósfera de penuria y discriminación que vemos luego en sus novelas. Tras la dureza de aquellos primeros años, con el esfuerzo de los suyos –su padre es un obrero de la industria del acero y su madre un ama de casa que le cuenta historias de su gente y de su raza-, Morrison es una lectora voraz y puede seguir estudios universitarios. Licenciada en filología inglesa y doctorada con una tesis sobre Faulkner y Virginia Woolf, pasa a ser profesora en la universidad de Princeton (Nueva Jersey) y trabaja como editora en Random House, donde promociona la literatura afroamericana y saca a la luz libros míticos como la autobiografía de Angela Davis. A la literatura, sin embargo, Morrison llega tarde.
Tiene ya 40 años y el pelo canoso, está divorciada y es madre de dos niños, cuando escribe su primera novela, ‘Ojos azules’ (1970). En ella, una niña negra, Pecola, quiere tener los ojos del color de las muñecas de las niñas blancas. Morrison escribe a lápiz y de madrugada. De día no puede porque trabaja ocho horas diarias y sólo por las noches pasa sus textos al ordenador y los corrige sobre la marcha.
En todas sus obras, ‘Sula, ‘La isla de los caballeros’, ‘Jazz’, ‘Paraíso’, ‘Amor’, ‘Una bendición’, ‘Volver’ y otras tantas novelas, además de obras infantiles, de teatro y ensayos como ‘Jugando en la oscuridad’, Morrison vuelve una y otra vez sobre la lacerante herida de la esclavitud y la segregación que han sufrido los afroamericanos en Estados Unidos. El trauma que dejaron 300 años de esclavitud y segregación es un terreno fértil para su prosa. «Nuestra gente -comenta- sufría con resignación y no hablaba. Se desahogaba colectivamente en las iglesias con las canciones espirituales que hablaban de traumáticas experiencias, pero querían olvidar, no levantaban la voz. Yo no podía callar y no quería que otros hablaran por mí. Por eso empecé a escribir».
Morrison exige que a su comunidad se le devuelva el lenguaje, la historia y la dignidad que le han arrebatado. La esclavitud, la discriminación de las mujeres y la segregación racial son sus temas centrales. Hoy, no me cabe duda, Morrison nos hablaría de la migración africana y de nuestro turístico Mediterráneo convertido en cementerio. En este sentido, su prosa sigue viva. Algunos críticos han visto en su literatura un tono excesivamente elegiaco y triste, pero ella no lo acepta: «Al final de mis libros -comenta-, los personajes tienen una sabiduría de la que carecían al principio y tienen siempre un atisbo de esperanza, un horizonte. Procuro, eso sí, que mis lectores no salgan indemnes. Las cosas son como son y la literatura no puede ocultar el horror cotidiano».
Maniqueísmo
En Morrison sorprende que, a pesar de estar en el lado castigado de la historia, sus novelas en ningún momento caen en el maniqueísmo. Evocan las dificultades internas del ethos de la comunidad negra que, además del racismo y la pobreza, se debate entre la herencia cultural de sus ancestros y el modelo blanco de ascenso social. En sus obras son temas fundamentales la identidad despreciada y el desarraigo. Y en lo que se refiere a su estilo, combinando precisión, agudeza de observación psicológica y social, violencia y lirismo, es destacable la potencia seductora de su prosa, su eficacia técnica y una expresión poética de belleza desoladora que casi puede resultar paralizante.
Morrison tiene párrafos que el lector recibe como descargas eléctricas, como auténticos latigazos. Morrison recompone, fragmento a fragmento, la densa y compleja memoria de su país desde la perspectiva de los marginados, inspirándose en el jazz, en la oralidad, en el argot y en la cultura popular. Todavía hoy, por su verdad y crudeza, sus obras se enfrentan a desafíos y prohibiciones en las escuelas de EE.UU. No deja de ser curioso que ‘La canción de Salomón’ sea el libro preferido de Barack Obama.
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