Dostoievski, un escritor que nos altera la conciencia

El carácter autorreferencial de la escritura de Fiódor Dostoievski es la mejor ayuda para entender su obra

Retrato de Dostoievski de Vasili Perov (1865)

Retrato de Dostoievski de Vasili Perov (1865) / Wikipedia

Miguel Ángel González

Miguel Ángel González

Hablar de Dostoievski y de su obra es como intentar a vela y remo una travesía oceánica. Fiodor Mijáilovich Dostoievski (1821-1881) escapa a cualquier comentario que podamos hacer. Si escribo estas notas es por un libro que no acabaré de leer, ‘Opiniones contundentes’ de Nabokov. Cínico, esteticista y engreído, -gran escritor, pero gilipollas de manual que llegó a decir «pienso como un genio y mis escritos rayan la excelencia»-, el autor de ‘Lolita’ dice que ‘Crimen y castigo’ es una obra mediocre, ‘Memorias del subsuelo’ una oda a la degradación, ‘El idiota’ una novela nauseabunda, ‘Los demonios’ un baile de peleles y ‘Los hermanos Karamazov’, pura charlatanería. No contento, Navokov también deja como chupa de dómine a Malraux , Roht, Celine, Freud, Hemingway, Conrad, Sade, Henry James, Brecht, Faulkner y Camus. «Si estos autores son buena literatura –se pregunta- ¿cómo será la mala?». En imbecilidad, pocos escritores superan a Nabokov, pero dejémoslo. 

Lo primero que cabe decir es que el carácter autorreferencial de la escritura de Dostoievski es la mejor ayuda para entender su obra. Dostoievski ficciona, pero siempre escribe desde sus vivencias y de aquí las pistas que nos da su biografía. Su infancia transcurre entre la enfermedad y la miseria del hospital de pobres en el que trabaja su padre. Sus malos recuerdos de aquellos días dan el argumento de ‘Pobres gentes’ y ‘Humillados y ofendidos’. La convulsión política que vive Europa a partir de 1820 agudiza la represión zarista que provoca en Rusia movimientos de rebelión y terrorismo. Miembro en San Petersburgo de un círculo clandestino intelectual y revolucionario, Fiodor es detenido, condenado a muerte y tras un terrible simulacro de fusilamiento, es condenado trabajos forzados en Siberia y a servir luego en el ejército como soldado raso. La lectura de los Evangelios y la experiencia carcelaria que recoge su ‘Libreta siberiana’ provoca en él una catarsis que subvierte su visión de la condición humana y cambia la orientación de su escritura. De su terrible experiencia salen sus ‘Apuntes de la casa muerta’ y ‘Apuntes del subsuelo’. En 1864 mueren su esposa y su hermano Mijail. Para entonces ya tiene una irrefrenable afición al juego que le da materia para redactar ‘El jugador’ y ‘Crimen y castigo’. Tras su segundo matrimonio, visita Baden-Baden, París, Londres, Berlín, Ginebra, Viena, Turín Venecia y Florencia. Publica ‘El idiota’ y el asesinato en Moscú de un militante revolucionario le da el tema de ‘Los demonios’, una implacable denuncia de la degradación moral de la sociedad de su tiempo. Su tesis es clara: el fin no justifica los medios, unos objetivos en apariencia honorables y justos no pueden conseguirse por medios inmorales.  

La lucha entre el bien y el mal que en él es un tema nuclear está muy clara en ‘Los hermanos Karamazov’. Iván es el arquetipo de la modernidad materialista y descreída, mientras su hermano Aliosha es el cristiano inocente, atormentado por las dudas religiosas. El capítulo que recoge la ‘Leyenda del Gran Inquisidor’, -referencia a nuestro celtibérico Torquemada-, es el más punzante alegato que se ha hecho contra la instrumentalización eclesiástica de la espiritualidad humana y una denuncia de la manipulación que la iglesia hace del mensaje evangélico para perdurar como institución. En 1878 muere su hijo Aléxei cuando está trabajando en ‘Los hermanos Karamazov’, el 26 de enero de 1881 le diagnostican un aneurisma de aorta y dos días después le dice a su mujer: «¿Sabes, Anna?, he soñado que hoy moriré». Coge la Biblia y se la da a ella que lee al azar un texto de San Mateo; «Deja que ahora me vaya, no me retengas». Fallece dos horas después. Dostoievski es enterrado en olor de multitudes en San Petersburgo. Un centenar de coronas cubren su féretro y quince coros cantan en su funeral. 

Humanismo trágico

No parece desencaminado decir que toda su polifónica obra puede encuadrarse en un humanismo trágico. Dostoievski quiere dar respuesta a sus interrogantes éticos, sociales, psicológicos y religiosos que, a fin de cuentas, son los nuestros. Entre el realismo crítico de sus maestros y una visión romántica y redentora, sus novelas son la expresión de una profunda reflexión que gira alrededor del hombre y de su libertad. Tras la experiencia dramática de estar frente a un pelotón de fusilamiento y tras su castigo en Siberia, el paso por el abismo del mal y la muerte se convierte para él en una experiencia expiatoria que reorienta su visión de la vida. Dostoievski llega a la conclusión de que sus ideas de juventud son erróneas y convierte su escritura en un inequívoco mensaje moral, en una misión casi evangélica: “Nada en el mundo, ninguna violencia, por justa que sea, vale la sola lágrima de una criatura”. Sus dramáticas experiencias son la clave de su conversión. 

Para cerrar estas notas y con la idea de animar al posible lector, recojo algunos comentarios sobre su obra que me parecen significativos. Nietzsche: «Leer a Dostoievski ha sido uno de los azares más hermosos de mi vida, mayor que el descubrimiento de Stendhal». André Gide: «A él, no a Tolstoi, hay que colocarlo al lado de Ibsen y Nietzsche; es tan grande como ellos, y tal vez el más importante de los tres». Stefan Zweig: «De todos los grandes transgresores de la literatura, ninguno ha descubierto tantas tierras ignotas del alma humana como Dostoievski; sin él, la humanidad sabría menos acerca de su innato secreto». Emile Cioran: «Dostoievski es el escritor que más me ha impresionado, el que ha ido más lejos en la exploración del bien y del mal y en el análisis de la condición humana». Sartre reconoce que en los orígenes de su filosofía está la sentencia de Iván Karamazov, «Si Dios no existe, todo está permitido». Y Camus, que ve al escritor como precursor del existencialismo, nos dice que tuvo muy en cuenta ‘Los demonios’ en su redacción de ‘El mito de Sísifo’. Son avales sobrados para recuperar a uno de los más grandes de la literatura universal.