Los escritores del exilio español

Resulta incomprensible que la literatura de la diáspora, parte de nuestro patrimonio intelectual, no se haya recuperado y sea aún un tema pendiente

Rafael Alberti y María Teresa León

Rafael Alberti y María Teresa León / ARCHIVO

En este encarte no podemos obviar la sangría de escritores de primer nivel que sufrió nuestro país por mor de la incivilizada Guerra Civil, una diáspora que, noventa años después, no hemos conseguido recuperar. Nos pierde la desmemoria. Son autores desaparecidos de las librerías que en algunos casos suman más de cien títulos, la mayoría de ellos de incuestionable calidad. Y sin embargo, son inencontrables. Con suerte, localizamos una novela, dos todo lo más. Es de vergüenza ajena que el librero de turno nos ponga cara de póquer si le preguntamos por Manuel Altolaguirre, Juan Larrea o Max Aub. Sucede que, incomprensiblemente, casi toda su producción está descatalogada. Y el desencanto es mayor si de ellos buscamos teatro, poesía, memorias o ensayos. La decepción se repite con la mayoría de autores que aquí recojo y que está lejos de ser exhaustiva. Y es que fueron muchos, muchísimos, los escritores que entre el 36 y el 39 tuvieron que ahuecar el ala. 

Podemos recordar entre otros a María Zambrano, Rafael Alberti, Mª Teresa León, Francisco Ayala, Salvador de Madariaga, Luis Cernuda, Max Aub, Ramón J. Sender, José Gaos, León Felipe, José Bergamín, Carles Riba, Rosa Chacel, Jorge Semprún, José Gaos, Federica Montseny, María Casares, Joan Gil Albert, Pedro Salinas, José Mª Quiroga, Ramón Gaya, Corpus Vargas, Bosch Gimpera, Antonio Machado, Jorge Guillém, Victoria Kent, Clara Campoamor, Josep Carner, Manuel Altolaguirre, Alejandro Casona, Arturo Barea, Juan Larrea, Luis Cernuda… 

Junto a ellos hubo también actores, cantantes líricos, compositores, escritores de teatro, cineastas, periodistas, gentes de la radio, redactores, traductores, críticos de arte, pintores, escultores, editores, libreros… Y peor lo tuvieron los que se quedaron en España. A García Lorca le dan el ‘paseo’. Antonio Machado muere camino del exilio, Miguel Hernández, condenado a muerte, fallece en la cárcel. Blas de Otero es recluido en un campo de depuración y muchos otros son represaliados y silenciados como Unamuno y José Hierro. Para entender lo que supuso en algunas biografías la salvajada del exilio –sobran ejemplos-, el lector puede asomarse al desolado texto de Max Aub en ‘La gallina ciega’. 

Poetas como Pedro Garfias, hoy desconocido en España, inadaptado y derrotado en su destierro, se bebe la vida en las cantinas mexicanas, dejando sus versos abandonados en las servilletas. Aquel exilio, ignorado todavía hoy, fue una historia de dolor, sufrimiento, dignidad y coraje. ¿Es necesario recordar los más de dos mil ‘campos’, improvisados y sin condiciones que, para retener controlados a los republicanos españoles crea Francia, hecho vergonzante que es ya parte de su historia negra? A la persecución franquista se sumó el terror nazi que atenazaba Europa y Francia no estuvo a la altura de lo que se esperaba. En aquellos ‘campos’ muchos españoles mueren de frío o de hambre, y otros son entregados por el régimen de Vichy a los alemanes.

La victoria fascista expulsó de nuestro país a más de medio millón de españoles. En el mapa del exilio fueron ciudades-refugio en un primer momento, antes de que la Segunda Guerra Mundial se generalizara, ciudades europeas como París, Marsella, Burdeos, Toulouse o Londres, pero aquella España peregrina, busca un mismo ámbito idiomático y pone sus ojos en el continente americano, en la Habana, Puerto Rico, Santo Domingo, Montevideo, Buenos Aires y, sobre todo, en México, donde 20.000 exiliados encuentra asilo. En los caminos de los perseguidos, en las aldeas de confinamiento, en las calles, en los andenes y en los muelles que pisan los refugiados, el nombre de México se repite. Es la gran esperanza. 

México, la gran esperanza

La Revolución mexicana trata en aquellos momentos de elevar los niveles de educación y mejorar la sanidad, implementar una profunda reforma agraria que implica distribuir la tierra a los campesinos que no la tienen, introducir una economía mixta y utilizar los recursos del país por medio de la técnica y la electrificación, así como acabar con los privilegios de la Iglesia católica. En aquellas circunstancias, es lógico que México entendiera la lucha de los anarquistas y republicanos españoles, se solidarizara con ellos y estuviera en todo momento de su parte. 

El caso fue que, con el apoyo de algunas organizaciones privadas, el Gobierno mexicano logra fletar un buen número de barcos que desde los puertos franceses trasladan a miles de nuestros refugiados a Veracruz. En julio de 1940 ya había en México 8.625 emigrados republicanos. Y según datos del consulado mexicano en Marsella, hasta el 31 de marzo de 1941 habían embarcado rumbo a México 9.695 españoles, a los que hay que añadir los 2.534 que entraron en el país en 1942. 

Y fueron muchos más los que en años posteriores fueron llegando a través de Santo Domingo, Cuba, Colombia y otros países europeos y americanos. Y casi siempre fue México la meca de nuestros intelectuales, escritores, profesores, científicos y artistas, a los que se les otorgó de manera inmediata ciudadanía mexicana que aceptó el 80%. El presidente Lázaro Cárdenas dio apoyo diplomático y material a la República Española y no puso límite a los exiliados que, en muchos casos vinculados al mundo de la cultura, contribuyeron sustancialmente al desarrollo intelectual y material del país. 

A estos intelectuales se les ofreció proseguir sus trabajos en un centro fundado expresamente para ellos, ‘La Casa de España’ después ‘Colegio de México’. Allí recaló lo más granado de nuestra intelectualidad, convirtiéndose en un centro que irradió talento a todo el país. Lo que España perdía, México lo ganaba. Hoy es agua pasada, pero lo que resulta incomprensible es que esta literatura de la diáspora, parte de nuestro patrimonio intelectual y sin cuyo conocimiento nunca estará completa la historia de nuestra cultura, no se haya recuperado y sea, todavía en nuestros días, un tema pendiente.                                      

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