De la buena y mala literatura

¿Podemos distinguir en literatura entre el bodrio y la obra inmortal? Es lo que pretenden los grandes premios que, por cierto, no siempre aciertan

De la buena y mala literatura

De la buena y mala literatura / Ilustración: Pablo García

A David González Arabí, por sus reflexiones sobre la lectura

En este encarte hablamos de algunos escritores y de sus obras con un desparpajo tal vez excesivo si tenemos en cuenta que nuestra opinión es, inevitablemente, subjetiva y parcial. ¿Sabe alguien qué convierte en buena o mala una novela? Si se conociera la fórmula, los buenos escritores serían legión. Los talleres de escritura tratan de averiguar qué condiciones aseguran la calidad literaria, pero participar en ellos nos deja en lo que somos, modestos plumíferos o escribidores. Pero, dicho esto, si la buena literatura no tiene señales que la justifiquen, no hay canon que valga, ni tiene sentido que la Historia de la Literatura discrimine obras y autores, inmortalice a unos e ignore a otros. Es evidente, sin embargo, que no son equiparables Camus y Agatha Christie, Ruiz Zafón y Forges. Cada quien puede leer lo que le dé la gana, ‘Crepúsculo’ de Stephenie Meyyer o la última novela de Danielle Steel. También yo leo a ‘Harry Potter’ y ‘El Señor de los Anillos’. Pero la calidad literaria tiene que tener determinados parámetros. Corín Tellado no puede codearse con Dostoievski.

A partir de aquí, no entiendo que alguien como Pérez-Reverte diga lo que dice: «A mí la calidad literaria me importa un rábano (…) La calidad literaria es que el lector no pueda dejar de leer tu libro, lo demás son milongas». Pues no señor. Un libro puede entretener, atrapar, gustar y ser eficaz, pero que divierta y entretenga como lo consiguen ‘El Código Da Vinci’, ‘Parque Jurásico’ y la saga del ‘Capitán Alatriste’, no significa que tales obras puedan equipararse a las de Gide o Proust. Por otra parte, un buen texto también puede entretener y atrapar, no tiene por qué ser soporífero y aburrido. Y al revés, que sea alambicado y sesudo no lo convierte, sin más, en una buena novela. Como tampoco tiene por qué ser mala una novela de quiosco, el best-seller que arrasa. Algunos de los mejores autores de la literatura universal, -Dickens, Víctor Hugo, Tolstoi, Dumas, Balzac y Zola- publicaban sus obras por entregas, en fascículos semanales. 

Pero volvamos a la pregunta del principio: ¿Podemos distinguir en literatura entre el bodrio y la obra inmortal? Es lo que pretenden galardones como el Premio de la Crítica, el Cervantes y el Nobel de Literatura. Por cierto, que no siempre aciertan. Tienen el Nobel escritores de medio pelo como Echegaray y Benavente, pero no Calvino, Borges, Joyce, Zola, Kafka y muchos otros que lo hubieran merecido. Parece, por tanto, que no es fácil separar el trigo de la paja. Y si es así, ¿qué hacemos? ¿Lo dejamos aquí o nos mojamos y tratamos de descubrir si algunos parámetros pueden descubrirnos la buena literatura? 

El escritor, para empezar, ha de tener ‘algo’ que decir. Y no es imprescindible que sea una historia grandiosa como ‘Guerra y Paz’. Un gran argumento en malas manos da basura y un pequeño suceso bien contado puede dar una excelente novela. Es así porque si en la obra de arte importa qué se cuenta (el contenido), no importa menos cómo se cuenta (la forma). 

Un buen texto

Lo cierto es que en un buen texto juegan infinidad de aspectos, buena urdimbre, variedad de recursos técnicos, uso certero del lenguaje, riqueza de vocabulario, cuidar la fonética y el ritmo, despertar en el lector curiosidad, interés, vivencias, emociones, indignarle, entusiasmarle y hacerle reflexionar. ‘Formar deleitando’ no sería una mala fórmula. Y sin buenismos ni moralinas, también la ética y el sentido crítico cuentan, tal como vemos en la literatura testimonial y de denuncia. Una buena novela puede ser transgresora y tiene que implicar al lector, hacerle pensar y sentir, sensibilizarle, despertarle, aportarle pertinencias significativas, hablarle de lo humano y lo divino, descubrirle lo que no espera y lo que no conoce, ofrecerle lo inadvertido y pasa por alto, ayudarle, en fin, a entender la realidad. Una buena literatura nos habla de los conflictos sociales y personales que nos afectan, el dolor, la dicha, el amor, el miedo, la muerte… Virginia Woolf dice que una novela es buena si al llegar a la última página el lector se siente vivo, fresco, lleno de ideas, y que es menos buena si le deja harto, indiferente, pasivo y desmotivado. En literatura son nefastos los refritos, los argumentos puerilizados, los textos planos, simplones, y los que manipulan al lector. Flojean los textos que buscan continuamente el ‘efecto’, los que aplican fórmulas de camuflaje o engaño, y los que sistemáticamente esquivan la complejidad de una realidad que es poliédrica y compleja; son malos los textos que sólo buscan la complicidad del lector y evitan incomodarle, los que suprimen obstáculos, lo dan todo masticado y repiten patrones 

Si disculpan que personalice, confieso que he leído literatura culta, -el ‘Ulises’ de Joyce, por ejemplo- que me ha llevado directamente al bostezo, mientras que literaturas de menos ínfulas –‘La historia de San Michel’ de Munthe, ‘El coloso de Marusi’ de Miller o ‘Mi familia y otros animales’ de Durrell-, me han invitado a segundas lecturas. Con los años he atemperado mi opinión sobre lo que es, o no es, literatura de calidad. 

El tiempo suele poner los puntos sobre las íes. Entre tanto, bien está que haya una subliteratura junto a la gran literatura. La comparación nos ayuda a seleccionar la lectura que nos da placer, nos hace crecer y nos hace mejores. No todo pueden ser Eneidas y Odiseas. Cervantes sólo escribe un Quijote y brilla menos en sus otras obras. Don Alonso Quijano, por cierto, también leía literatura menor, novelas de caballerías, pero no olvidemos que don Alonso acabó majara. 

Bromas aparte, en mi modesta opinión, cada escritura tiene su papel. En la mesa es bueno un guiso muy elaborado, pero también ese huevo frito que untamos con pan crujiente. Bien está la música clásica, pero también la ligera y bailable. Siempre que no nos confundamos, nos vale la lectura que se hace en un buen retiro, pero también la de playa. Cada quien, a fin de cuentas, confecciona su propia lista de libros significativos y preferidos, los que le hacen reír y llorar, reflexionar y soñar.