El espejo de Anaïs

El espejo de Anaïs

El espejo de Anaïs

Miguel Ángel González

Miguel Ángel González

Todos los escritores son autoreferenciales en sus obras y muchos de ellos han escrito diarios. Algunos tan celebrados como el de Ana Frank, Susan Sontang, Marguerite Duras, Jules Renard, André Gide, Unamuno o Alberti. Por lo general, se han explayado y retratado en un único volumen de 200 o 300 páginas, pero existen excepciones homéricas. Y las tenemos en casa. Es el caso de los textos del Josep Pla memorialista. Las 12.000 páginas en 23 volúmenes del leonés Andrés Trapiello en ‘El salón de los pasos perdidos’. Y a todos les supera la también española, aunque la nacieran en Francia, Anaïs Nin, (1903-1977), hija del compositor español Joaquín Nin Castellanos y nieta del escritor tarraconense Joaquín Nin i Tudó. De los 150 volúmenes de su Diario, lo poco que se ha podido publicar hasta hoy suma 15.000 folios. Por razones legales y referencias personales que exigen reserva, el resto de sus escritos sigue custodiado en la cámara blindada de un banco de Brooklyn.

Además de su monumental Diario, Anaïs nos deja novelas, cuentos, poesía y ensayos, pero le perjudica que, por su ajetreada vida y por algunos escritos supuestamente escabrosos que escribió a dólar la página y que hoy son de una irrelevante ingenuidad, se la tenga como como un hito de la literatura erótica. Una estupidez. Por su vida que transcurre entre París y Nueva York pasan, entre otros, Henry Miller, Antonin Artaud, Aldous Huxley, Lawrence Durrell, Otto Ranck, discípulo de Freud con el que colabora y muchos otros. En Nueva York se rodea de una bohemia de escritores, poetas y artistas muertos de hambre que, con el estómago vacío, escriben relatos eróticos para sobrevivir: «De alguna manera, -comenta- yo he sido su madre y para ayudarles me convertí en la Madame de una extraña casa de prostitución literaria, una maison artística con claraboyas que pinté para que parecieran las vidrieras de una catedral pagana». Este perfil alborotado de Anaïs, sus amantes y el supuesto incesto con su padre al que idolatraba, nos importa un pimiento. Nos interesa su literatura.

«A veces pienso abdicar como escritora. Es monstruoso exponer mis sentimientos. Quiero ser fiel a mí misma sin herir. Detesto mi vanidad»

Aunque sea el comentario de un amigo, cómplice y amante, –y por lo mismo exagerado-, no dejar de ser significativo el comentario de Henry Miller: «El Diario de Anaïs ocupará un lugar al lado de las confesiones de San Agustín, Petronio, Abelardo, Proust y Rousseau». Sus Diarios nos ofrecen, para empezar, un prodigioso rastreo de la vida artística y literaria del siglo XX. Pero algo en ellos mucho más importante. Posiblemente, no exista en la Literatura un esfuerzo mayor por el descubrimiento del yo, del sí mismo socrático: «El hombre va ahora a la Luna –escribe- pero puede ir muchísimo más lejos sin salir de sí mismo (…) Una vida personal vivida en profundidad desemboca en verdades que van más allá de ella misma». El Diario es un espejo en el que Anaïs se ve y analiza; es un filtro por el que pasa sus experiencias para darle a su vida estructura y coherencia; es una isla que la protege de los temporales de su vida; y es, sobre todo, un esfuerzo inmisericorde por descubrir quién es, la mujer real o la simbólica, de acción o de contemplación, de compromiso o de reserva, la del sentimiento o del intelecto, la del ensueño o la realidad, la de la desesperación o la esperanza: «Desesperamos porque le exigimos a la vida un sentido que no tiene. Sólo tiene el sentido que podamos darle».

A Anaïs, por su desnudamiento y su pasión, se le acusa de exhibicionismo. Es falso. Sus amigos le presionan para que publique y ella se resiste: «A veces pienso abdicar como escritora. Es monstruoso exponer mis sentimientos. Quiero ser fiel a mí misma sin herir. Detesto mi vanidad, ser aplaudida». Tampoco el hablar de sí, como hace, es una fuga. Mientras vive en París atiende a refugiados españoles que huyen de la persecución político-religiosa y del nazismo. Y ya en Nueva York, escribe a favor de la causa republicana, aunque no esconde su pesimismo: «Todas las políticas están podridas, basadas en intereses partidistas y no en bases humanitarias universales. El sufrimiento del mundo parece irremediable, como no sea a través de lo que podamos hacer cada uno individualmente. En cada revolución sólo conseguimos un cambio de papeles y de las personas que detectan el poder. Y el mal persiste. Lo único que puedo hacer es escribir contra la pérdida, el desarraigo y la destrucción. Trato de crear un mundo íntimo un espacio interior, un universo personal habitable, pero ¿contribuyo con ello a mejorar el mundo? A veces pienso que construyo un mito, una mentira, un cuento de hadas, y me dan ganas de terminar como Virgina Woolf (…) Hoy, que vivimos con un ritmo vertiginoso y superficial, cuando estamos en contacto con un mayor número de personas, pueblos y países, puede que vivamos una ilusión que nos esté privando del contacto con quien respira a nuestro lado. Hoy estamos en contacto con millones de seres, pero la radio y el teléfono sustituyen las relaciones humanas y empobrecemos más y más la intimidad y la visión humana de la realidad». Uno lee estas parrafadas y tiene la impresión que se han escrito hoy.

Anaïs en Barcelona

Para acabar, no me resisto a recoger la estancia de Anaïs en Barcelona, donde, cuando su padre les abandona, viene a vivir con su madre y hermanos, en la casa de sus abuelos paternos, en el Eixample. Anaïs tiene 11 años y es Barcelona, donde empieza a escribir: «Barcelona es alegre y llena de vida. Desde el balcón veo el mar, la gente que pasea y oigo la música de los cafés. Escribo versos y recuerdos. Voy a una escuela de monjas y aprendo catalán». Anaïs sabe por su madre que su padre no volverá y el 25 de julio de 1914 salen de Barcelona en el vapor ‘Montserrat’ con destino a Nueva York. Es él último apunte de Anaïs en la ciudad: «Última mirada a Barcelona i últims pensaments. Les muntanyes s’alcen amb una bellesa majestuosa. El sol ponent mostra els seus darrers raigs pàl·lids. Aquí i allà, el cel blau sosté petits núvols blancs. Mentre miro aquest paisatge, la meva ment està plena de pensaments. Estem a punt de marxar de Barcelona, deixar aquest país tan bonic. Ja no veuré aquest cel blau que em delecta. Ja no podré besar el dolç rostre de la meva estimada àvia. Silenci de la nit. Em sembla trist pensar que marxen d’un país que ha estat com una mare i un encant per a nosaltres».

¿Puede hacer una niña un elogio más bello de Barcelona?

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