Arte&letras
Cormac McCarthy. Donde el miedo es frío
Uno de los mejores escritores vivos ha vuelto con dos volúmenes en uno que desentrañan la capacidad autodestructiva de la ciencia y del ser humano como parte de ella

frío / Elena Pita
Elena Pita
Si de algo puede preciarse un hombre de ciencias es de investigar el comportamiento humano en la Literatura, y viceversa. En ese viceversa encontramos sumido al hombre considerado por muchos códices como el mejor escritor vivo del mundo. Cormac McCarthy, nacido Charles McCarthy el 20 de julio de 1933, en Rhode Island, y criado en Tennessee en el seno de una familia de origen irlandés, católica y numerosa como su dios manda. Una vez más, hablando de genios, se trata de un escritor no graduado por universidad alguna más allá del saber; un laureado pensador que ha transitado 64 años de vida (su primer relato y primer premio sucedieron en 1959) entreverada de «descarnada pobreza», según confesó en una de las dos únicas entrevistas concedidas por el autor.

frío / Elena Pita
Poco amigo de la petulancia de las esferas literarias, McCarthy no duda en declararse un apátrida de las letras, más próximo a la ciencia en su curiosidad y su narrativa. Junto a muy destacados científicos y algunos (pocos) intelectuales, forma parte muy activa del Instituto de Santa Fe, una especie de Silicon Valley del pensamiento y la inteligencia, a donde llegó a través de su amistad con el Nobel de Física Gell-Mann, y donde actualmente escribe y deslumbra, principalmente, por dos cuestiones. 1) El calado de sus preguntas, que habitualmente pivotan los paneles de discusión de los más brillantes biólogos, antropólogos, físicos o matemáticos internacionales. 2) El sonido de su máquina de escribir como metralleta de fondo entre aulas y pasillos: «¿Qué es ese artefacto?», se atrevió a preguntarle un estudiante en cierta ocasión. Obviamente, tan ridícula cuestión no recibió sino un portazo por respuesta, porque, no nos engañemos, quienes allí le conocen dicen que «McCarthy is scary»; o sea que sí, que da miedo, como sus novelas.
Empezando por el principio, este norteamericano de vocación sureña y fronteriza, vivió siempre a salto de mata, incluida una larga residencia en Ibiza con la segunda de sus tres esposas (cantante en el barco que le trajo a Europa en 1965 con un estipendio de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras), pero recalando toda vez en el árido sur, donde transcurren mayormente sus novelas y guiones de cine. Después del impacto de La carretera (2006), donde predijo una pandemia o hecatombe finimundista (todo el que le haya leído habrá visto sus escenarios en las calles vacías cuando el primer confinamiento terminaba), McCarthy por fin ha vuelto y todos hemos corrido a leerlo y, por qué no decirlo, a sufrirlo. El pasajero/Stella Maris (Random House), dos volúmenes en uno que llevan de la lucidez a la locura, intentando desentrañar la capacidad autodestructiva de la ciencia y del ser humano como parte de ella. Solo preguntas y ninguna respuesta en torno al vacío existencial, física cuántica mediante. Si después de esto no ha merecido el Nobel, que Marías resucite y ponga el grito en el cielo, o allá donde esté.
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