Arte&letras

Bono en el confesionario

Foto con la familia, 
a finales de los años 60.

Foto con la familia, a finales de los años 60. / Jordi Bianciotto

Jordi Bianciotto

Un Bono en modo humilde, orgulloso de sus logros, pero dispuesto a encajar sus pasos en falso, algunos bastante aparatosos, se revela en Surrender (Reservoir Books), voluminoso libro de memorias en el que vio la luz esta semana en todo el mundo. Recorremos cinco episodios clave de la autobiografía.

Con Ali, la mujer con la que lleva 46 años.

Con Ali, la mujer con la que lleva 46 años. / Jordi Bianciotto

En su etapa de crecimiento, la repentina muerte de su madre, Iris, por un aneurisma, cuando él tiene 14 años, produce el lógico efecto devastador. La ley del silencio se impone en casa en adelante: «Evitamos el dolor que sabíamos que afloraría al pensar y hablar de ella». Cuatro décadas después le dedicaría el tema Iris (hold me close). De su abrupta ausencia brotó una rabia que sintonizó con la expresión del rock’n’roll. Bono explica que el vacío de esa persona que creía en él acabó ocupándolo su novia, Ali, con quien comenzó a salir la misma semana que se unió a U2, en 1976. Siguen juntos 46 años (y cuatro hijos) después.

The Edge, Larry Mullen Jr, Bono y Adam Clayton.

The Edge, Larry Mullen Jr, Bono y Adam Clayton. / Jordi Bianciotto

Bono expresa su deseo de que algún día las dos partes de Irlanda se unifiquen, pero es contundente en su juicio sobre «los pistoleros» del IRA, «que no tenían un apoyo mayoritario ni al norte ni al sur de la frontera», «ni siquiera entre la asediada minoría católica del Úlster», y que «decidían quién vivía y quién moría». Confiesa que se sintió «frustrado» por el «secuestro» de la identidad irlandesa por parte del «movimiento republicano». Revela que la Special Branch, el servicio de inteligencia británico, le advirtió de que tanto él como su esposa eran objetivos de secuestro. Gerry Adams, el histórico presidente del Sinn Féin, ha dicho estos días que no le consta que lo fueran.

Con Jordan, la primogénita, en 1989.

Con Jordan, la primogénita, en 1989. / Jordi Bianciotto

Bono se presenta como portavoz-agitador-estratega de U2, si bien la maestría musical la desvía a sus cómplices de grupo. «Una auténtica banda de rock’n’roll no la dirige el cantante; la lidera tal vez, pero no la dirige», estima. Ese rol parece corresponder más a The Edge, a quien conoció mientras trataba de sacar un intrincado solo de guitarra de Yes. Pero, en U2, incluso el batería puede ser el timonel: recordemos Sunday bloody Sunday, con sus redobles equivalentes a un riff de guitarra. Bono desprende humildad cuando se presenta a sí mismo como una pieza más del artefacto. «Soy un cuarto de artista sin The Edge, Adam y Larry», afirma, y yendo un poco más lejos, sentencia: «Triunfo solo cuando colaboro».

U2, cuando empezaba su triunfal carrera.

U2, cuando empezaba su triunfal carrera. / Jordi Bianciotto

Distribuir un nuevo disco de U2 (Songs of innocence, 2014) gratuitamente en todos los dispositivos de Apple: ¿una idea genial o suicida? Iba a ser como dejar una botella de leche en el umbral de cada casa del vecindario, aventura Bono. ¿Qué podía salir mal? Pero rápidamente descubrió que «a algunos les gustaba usar su propia leche» y que «otros tenían intolerancia a la lactosa». Rechazo a U2 y a sus planes de dominación de los cerebros. «Acepto toda la responsabilidad», «mea culpa», encaja, dejando claro que ni sus compañeros de grupo, ni su flamante mánager, Guy Oseary (el de Madonna, que suplió al veterano Paul McGuinness), tuvieron que ver con la iniciativa.

Con Elijah, otro de los cuatro hijos del artista.

Con Elijah, otro de los cuatro hijos del artista. / Jordi Bianciotto

Activista

En el último bloque del libro, la música se va desvaneciendo y atrae los focos el Bono activista, que se jacta de sus citas con líderes globales y de haber arrancado compromisos en materias como la condonación de la deuda del Tercer Mundo. Él sabe de la caricaturización de todo ello (a Bob Geldof le tiraban monedas por la calle tras el Live Aid, recuerda), pero se siente llamado por principios supremos: «No bastaba con enfurecerse; teníamos que organizarnos y obtener respuestas a preguntas difíciles», medita tras recordar cómo sus visitas a Malawi y Sudáfrica, países castigados por el sida, radicalizó sus posiciones. Confiesa no haberse acostumbrado al activismo, pero en un encuentro con Bush en la Casa Blanca llegó a perder los nervios, asegura: «Perdone que le interrumpa, pero no hago discursos solo porque me guste oír cómo suena mi voz».

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