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Arte&letras

El demonio en la literatura

Los ‘dimonis’ de els Mals Esperits, en una fiesta popular en Eivissa. | TONI ESCOBAR

De la omnipresencia del Demonio, Uno y Legión, como referente religioso y socio-cultural, es buena muestra la retahila de nombres que le damos: Satanás, Belcebú, Behemot, Leviatán, Alaín, Seth, Lucifer, Sammael, Berliche, Mefistófeles, Ahiram, Belial, Arimane, Azazel, Uriel, Aloce, Asmodeo, Memmón, Orobas, Baal, Amduscias, Asrael, Zaebos, Iblis, Melmoth, Koré, Belfegor, Datán, Albirán, Putiphar, Edom, Astaroth, Lurdane, Aamón, Agaes, Baphomet, Balzephon, Abrahel, etc. Y es también El Enemigo, El Maligno, El Adversario, El Anticristo y, más familiarmente, Pedro Botero. En la mitología escatológica de nuestro imaginario religioso que describe un críptico y enfebrecido Apocalipsis, el Demonio goza de un extraordinario protagonismo. Tuvo una presencia apabullante en el Medievo, cuando la Iglesia podía llevarnos al Cielo o arrojarnos al Averno. Los tiempos cambian y hoy el miedo al Juicio Final es poco más que literatura, y Satanás un personaje de guiñol, cuento y opereta. No tenemos pruebas de que el Diablo exista, ni tampoco de que exista Dios, de aquí que sea del todo inútil hablar de lo que no conocemos y dejemos al Demonio, con cuernos, pezuñas y rabo, como elemento inspirador de novelistas, pintores, músicos y poetas. Y pues aquí hablamos de Literatura, no viene mal dedicar estas rayas a lo que la ficción viene diciendo del Demonio.

Baudelarie dice en sus Letanías a Satán que «la mejor treta del Diablo es convencernos de que no existe, para cogernos desprevenidos en sus tentaciones. El caso es que, aunque sólo sea en la ficción, el Demonio sigue vivo. Dante le da protagonismo en ‘La Divina Comedia’, Calderón en ‘El mágico prodigioso’, Milton en ‘El Paraíso perdido’, Maquiavelo en ‘El Príncipe’. Goethe en su ‘Fausto’, Leopardi en ‘Himno a Ahiram’, Victor Hugo en ‘El fin de Satanás’, Hobbes en ‘Leviatán’, Maturín en ‘Melmoth errante’, Nietzsche en ‘El Anticristo’, Dostoyeski en ‘Los endemoniados’, Bernanos en ‘Bajo el sol de Satán’, etc. Existe una Biblioteca satánica inabarcable. El Demonio ha estado muy presente en el titanismo romántico del ‘Sturm und Drang’, movimiento literario alemán de finales del XVIII. Schiller hace apología de Lucifer en ‘Los bandidos’ y dice en boca de Moor que quien ha desafiado al Omnipotente tiene que ser un auténtico genio, y que es siempre preferible asarse en el fuego de Belial en compañía del Papa Borgia y Catalina Sforza que sentarse a la mesa celestial con una tropa de imbéciles vulgares y aburridos. Y lo mismo apunta Maquiavelo en ‘Belfegor archidiablo’: «Es preferible ir al infierno para tratar con hombres doctos e ingeniosos que ascender al tedioso reino de los meapilas y beatos». Michelet ve en Ahrimán, demonio ilustrado, el símbolo de la libertad, la ciencia y el progreso. Y es bien conocida la frase de Gide: «Sin la colaboración del Demonio, no hay obra de arte». La misma apabullante presencia demoniaca la encontramos en la pintura, en la estatuaria de los cementerios y en los terroríficos grifos que vemos en los claustros de los monasterios y en las fachadas de las catedrales. Incluso en la música de Wagner, Berlioz, Mussorgski y Paganini está presente el Demonio.

Los ángeles malos

La Literatura cuestiona con frecuencia la existencia de infiernos y demonios. Con motivos sobrados, porque si algo abunda en las Escrituras es el lenguaje figurado. También la Teología se enreda en intrincados galimatías de los que luego no sabe salir. Cabe recordar que toda esta fascinante historia de Satanás arranca en el motín celestial que una legión de arcángeles descontentos montan contra el mismísimo Dios, que envía contra ellos al arcángel San Miguel y los ángeles fieles. En un final hollywoodiano, la batalla la ganan los buenos de la película y el Altísimo, logicamente cabreado, castiga la rebelión: «Dios no perdonó a los ángeles malos, precipitándolos en los abismos tenebrosos del Tártaro, donde permanecerán vigilados hasta el Día del Juicio» (2 Pedro, 2,4 / Judas, 6 / Ap. 12, 7-9, etc). A partir de aquí, los Padres de la Iglesia se ponen estupendos y dedican al asunto sesudos tratados, en los que ni el sexo de los ángeles se les escapa. Tanto da. Porque no es difícil constatar que, en sus diarréicas elucubraciones, se contradicen y caen en preguntas para las que son incapaces de encontrar respuesta. Podemos repasar algunas de ellas.

Si el principal mandamiento que tenemos es amar, incluso a los enemigos, ¿es cristiano odiar al Demonio? Y si Dios omnisciente lo sabe todo, ¿por qué se rodea de unos ángeles que, como sabe con antelación, se le subirán a las barbas? Y si le fallan los ángeles, seres purísimos y listísimos, ¿qué cabía esperar del cabeza-hueca que es el ser humano? ¿Y no es una limitación de la misericordia infinita de Dios que los demonios queden excluidos para siempre de su perdón? ¿No queda limitado el efecto salvífico de la Redención? ¿Y no es un fracaso de la Creación que coexistan eternamente Cielo y Averno, Bien y Mal, Dios y Demonio? ¿Y cómo se puede entender la omnipresencia de Dios si no está en el Infierno? El bueno de San Agustín (s. VI) fue el primero en decir que el Infierno no es eterno. Y hoy, con el consiguiente cabreo de la Curia, lo repite con la boca pequeña, discretamente, el Papa Francisco. Es algo que ya proclamaba Orígenes (s. III) con la doctrina de la apocatástasis: «Dios perdona siempre».

Digámoslo de una vez, los mitos son sólo mitos. Benedicto XVI ya reconoció en el 2005 que el Limbo no existía. Fue un primer paso. No tardaremos en desmontar el mito del Infierno y de un Juicio Final que ya estaba en el Libro de los Muertos de los egipcios. Bien está, por tanto, que Cielos, Infiernos, Ángeles y Demonios, se queden donde están, en la Literatura, en la ficción, en el inframundo al que desciende Ulises en ‘La Odisea’, y Eneas en ‘La Eneida’. Y que también tenemos en ‘La Divina Comedia’ de Dante. Lo que no significa que no exista el Infierno. Existe. Lo creamos nosotros en los genocidios, en las guerras, en la quema de brujas, en Auschwitz, Buchenwald y Dachau. En cuanto a los demonios, al final Sartre tendrá razón, somos nosotros.

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