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Diario de Ibiza

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Arte&letras

Las cartas de Sylvia Plath y su primer intento de despedirse del mundo

Antes de quitarse la vida, Plath tuvo una primera tentativa. Tres hermanas publica el segundo volumen de sus cartas que permiten leer como la entonces joven estudiante se esfuerza por volver a una normalidad mental que nunca tuvo

y su primer intento de despedirse del mundo Javier García Recio

El 24 de agosto de 1953 Sylvia Plath intentó suicidarse tomando una sobredosis de pastillas para dormir, hasta perder el conocimiento. Estuvo inconsciente dos días en el sótano de su casa, donde se escondió. La ingresaron en un hospital de Vermont donde le aplicaron un tratamiento de electrochoques. Este fue el primer intento, fallido, por quitarse la vida. Diez años después sucumbió al suicidio. En aquel primer intentó de 1953, Sylvia, con apenas 21 años, estaba seriamente comprometida en su etapa de formación para convertirse en la brillante poeta cuyos versos conmoveran al mundo al reflejar con enorme lucidez sus luchas internas y sus depresiones, convirtiéndose en la gran poeta norteamericana del siglo XX.

En el segundo volumen de las cartas de Sylvia Plath, que publica Tres Hermanas (el primero correspondiente a los años 1940/1951, ya lo lanzó a finales de 1920), la entonces joven estudiante del Smith College, ya hace referencia, a posteriori, a ese primer intento de suicidio y refleja también en algunas de sus cartas el verdadero estado de fragilidad mental que ya padecía y que le llevó a coquetear con la muerte.

La última carta antes de ese intento de suicidio fue el martes 18 de agosto, dirigida a su amigo Myron Lotz, era engañosa pues le contaba que la vida esos días estaba resultando «de lo mas plácida». Cinco días después la placidez se rompió.

Su primera carta tras el intento de suicidio la escribe el 31 de agosto a su novio de entonces, Gordon Lameyer. En ella la joven Plath le agradece la fuerza y el amor que él le transmite y quiere tranquilizarle. «No sé por qué elegí el modo más complicado para aprender quienes son las personas reales y quienes no. (...) Quiero decirte, que aunque actualmente sea un momento difícil y complejo, trabajaré el doble de duro para recuperarme y volver a sacarle el máximo partido al caótico, rápido y complejo mundo». Días después le vuelve a tranquilizar asegurándole que «mis miedos más grandes: esos también están siendo eliminados».

Varios meses mas tarde, ya de vuelta en el Smith College, le escribe a su amiga Jane Anderson. «Todo el mundo me ha tratado como si nada hubiese pasado, y siento que tengo el incidente totalmente dominado. Algo que creí que no fuera posible».

«Mi pequeño escándalo»

Pero es en su carta del 28 de diciembre a su amigo Eddi Cohen donde Sylvia hace un resumen de «mi pequeño escándalo de este verano» y de su verdadera situación mental. Piensa que está perdiendo el tiempo en la Smith College, que no podrá escribir ni tiene nada que decir en el mundo literario y que la felicidad matrimonial estaba muy lejos. Le cuenta su paso asiduo por los psiquiatras locales, que toma grandes dosis de somníferos y que ha pasado un tratamiento de shock. «Demasiado pronto, la única duda en mi mente era el momento preciso y la forma de suicidarme». Así que primero intentó ahogarse «pero no funcionó» y finalmente optó por la ingesta de somniferos.

Sus cartas de aquellos años, especialmente a su madre, intentan reflejar el esfuerzo de Sylvia Plath por volver a ser la joven que ama intensamente sus estudios, a sus lecturas de Tolstoi, de Dostoievski, que coquetea continuamente con chicos («he salido con ocho chicos en cuatro semana», le cuenta a su madre) y, sobre todo, que intenta abrirse camino buscando editores y revistas que publiquen sus poemas.

Recibe entonces los primeros rechazos a la publicación de sus poemas de revistas como Atlatis, Mademoiselle o New Yorker y se da cuenta de que para publicar poesía o relatos tiene que «trabajar duramente en la escritura», en revisar sus escritos y hacerlo con mas constancia.

Es así como logra un primer éxito cuando en abril de 1954 la afamada revista Harper’s, de Nueva York acepta editar tres de sus poemas, lo que ella consideró en carta a su madre «su primera aparición real en el campo Elíseo de la escritura para adultos».

En sus cartas, como ocurría antes del episodio de los somníferos, la joven Plath gusta de contar su vida íntima y cotidiana de estudiante desprejuiciada y liberal. Sus comidas, sus ropas, sus colecciones de libros, sus paseos, sus citas amorosas con chicos, los libros que lee; los detalles más íntimos de su vida diaria están descritos con hermosa naturalidad y candidez en esas cartas a su madre.

Las últimas cartas de este segundo volumen están dirigidas en su mayoría a Gordon Lameyer, el hombre al que Sylvia volcó todo su cariño de mujer enamorada en aquellas fechas. Durante los dos años de noviazgo Gordon proporcionó a Sylvia un amor tranquilo y confiado que conquistó a la escritora y le permitió acabar sus estudios con entusiasmo.

Pero ella nunca fue mujer de un solo hombre. Mientras Gordon estaba fuera Sylvia conoció y entabló relación con Richard Sassoonn. Ella creía entonces que las relaciones deben encararse sin cegarse mutuamente excluyendo al resto del mundo. « El resto del mundo me gusta demasiado». A su madre le cuenta que «antes de poder comprometerme los próximos 50 años de mi vida tengo que saber mucho de cualquiera y ser capaz de predecir racionalmente la vida que tendré en el futuro».

Después, tras su muerte, y al ir conociéndose la intensidad de la vida y de la poesía de Plath surgió el mito literario, que la tragedia de su suicidio, en la cima de su creatividad, no hizo sino cimentar. Rescatar la figura de Plath y en especial su apabullante talento y su valentía literaria es un trabajo que se ha impuestla editorial Tres Hermanas con la publicación de su corresponencia que tendrá aún dos volúmenes más por publicar.

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