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Arte&letras

Belén Gopequi: «La bondad exige enfrentarse a la injusticia con toda la fuerza»

«Existiríamos el mar» es una historia coral sobre la amistad y la precariedad en la que la autora vuelve a interpelar al lector sobre la necesidad de defender una sociedad más justa.

Belén Gopegui, autora de «Existiríamos el mar». Marta Calvo

Es difícil encontrar ficciones contemporáneas con personajes de la edad y condiciones sociales con las que Belén Gopegui (Madrid, 1963) ha dibujado a los protagonistas de ‘Existiríamos el mar’ (Random House, 2021). Las situaciones de vida colectiva, enfado e incertidumbre que forman la última novela de la autora parecen solo reservadas a los jóvenes. «

Sí, quería hablar de una generación un tanto ausente, y escribir un presente que a menudo se nombra pero apenas se describe ni se narra -reflexiona Gopegui-. La pregunta de qué es la literatura empieza, a mi entender, antes de los materiales con los que contamos. Es decir, se responde a partir de esos materiales pero en ellos está inscrito también lo que no son. ¿Qué es lo que no se cuenta, sobre qué no se escribe, qué voces no hablan, qué personajes no protagonizan las ficciones, contra qué no se discute en los textos? En este sentido, me parece que la pregunta sobre la norma literaria y sobre a qué temas se asigna «atractivo novelístico» no puede faltar cuando alguien no quiere limitarse a repetir lo que hay sino que espera, en cierto modo, impugnarlo.

¿Qué ha ocurrido para que publicar una novela coral como esta parezca hoy una excentricidad?

La novela tal como se entiende hoy nace ligada al individualismo. No fue así en el Siglo de Oro, pero sí desde el momento en que la burguesía se la apropió. Para trabajar lo coral hay que violentar de algún modo las expectativas y los recursos que la novela brinda, llevarles la contraria.

¿Es más peligrosa la moda de la de la idealización del pasado, la de las distopías que nos quieren convencer de que no hay futuro o ese individualismo al que se refiere, tan propio de la autoficción?

Las tres tienen en común separar el sentimiento de la razón compartida, romper la unión necesaria entre sentimiento y pensamiento. Si se refiere a la novela de Ana Iris Simón creo que se puede hacer un ejercicio de construcción colectiva que analice por qué unas personas, la madre y el padre de la protagonista, pudieron ser funcionarias y trabajar para un servicio de correos público y hoy en cambio muchas infraestructuras construidas con el trabajo de la comunidad han pasado a manos de privadas que se benefician de ese trabajo común de años. En la autoficción individualista el problema es que apenas deja espacio para la deliberación, si una persona experimentó algo y lo que narra es lo que sintió, si no contempla -a veces sí se hace- la relación entre lo sentido, lo pensado y el contexto, solo cabe aceptar o alejarse, porque no tiene lógica poner en cuestión que sintiera lo que sintió. La distopía parte de dar por hecho que existe un lado oscuro intangible e inmodificable de la condición humana, no ligado ni al contexto, ni al conocimiento ni a nada, un lado que aflorará cuando haya escasez, y tampoco deja lugar a otras hipótesis.

«No quiero ser una yonki de la nostalgia», dice uno de los personajes. ¿Necesita la izquierda ese debate sobre la nostalgia y sobre cómo reivindicar o no el pasado?

Sí, claro, depende de como se la defina, la pena por la ausencia de los amigos, del hogar, no ha de tener una connotación negativa. Incluso cuando, como Lena en la novela, alguien se debate entre la obligación de ejercer la madurez y de ser razonable todo el tiempo, y el deseo de abandonarse un momento y decir simplemente que no, que ya no puede más de tanta adversidad, que quiere un espacio para escapar a aquellos bosques más remotos. Lo malo es la autosatisfacción, cuando a la necesidad perentoria se añade un complacerse en las pasiones tristes, un negarse a participar en la lucha de los demás, aunque sea después, después de la llorera, para que las dificultades comunes mejoren; entonces surge la necesidad de poner la nostalgia en cuestión.

También es raro ver o leer una reivindicación de los sindicatos y de otras formas de lucha laboral como la que usted hace.

El sindicalismo es una de esas cartas robadas de la ficción, está ahí pero no se le ve porque no se mira, porque hay, creo, un interés deliberado en tratar de que tenga la menor fuerza posible, y que así forme parte del imaginario colectivo el dar por hecho que el trabajo es un paréntesis y que la verdadera vida, lo que quiera que sea la verdadera vida, está fuera. Títulos tan literarios como ‘La vida está en otra parte’ quizá podrían tener un contratítulo no por prosaico menos capaz de liberar energía, luz y estruendo: la vida está en esta parte, la vida está aquí, y si no se hace nada lo que no pasa, no pasa, y la vida se va, a no ser que, quizá, gracias a un ímpetu organizado, algo pase.

En su novela, la amistad es una herramienta de cambio social. ¿Por qué?

Porque el colchón patrimonial con el que es posible defenderse suele ser muy cuestionable por su origen y por no ser universalizable, mientras que la amistad permite no solo el refugio, sino también multiplicar la propia fuerza a la hora de resistir y de avanzar.

¿Dedicarse a escribir sigue siendo un privilegio?

Aunque hay, a lo largo de la historia, obras gigantes escritas en medio de las dificultades y sin casi tiempo, cuentan más las que no han llegado a existir porque muchísimas personas no pudieron disponer del tiempo para narrar en soledad o en comunidad. En mi caso, con un apoyo familiar y patrimonial de partida y tras un período de trabajos enloquecidos en prensa y en editoriales, voy encontrando, sobre todo por azar, vías laterales de la escritura que complementen la escritura de novela y permiten disponer de un tiempo no exento de incertidumbre, pero sí de la inmensa presión en medio de la cual intentan escribir hoy muchísimas personas jóvenes.

«Existiríamos el mar» es una novela de buenas personas. ¿La bondad es una forma de enfrentarse al sistema?

La bondad como concepto ha sido denigrado hasta casi hacerle perder el sentido. El hecho ya de poner el adjetivo delante, buena persona, buen sentimiento, indica una intención de rebajar la fuerza del significado al atribuirle un componente supuestamente literario, en su sentido más débil, en lugar de meramente descriptivo, no se diría es un racional argumento, o es una fuerte persona. Hay un camino lógico en apariencia para denostar la bondad: confundirla con la docilidad, pero es una confusión capciosa, la bondad exige enfrentarse con toda la fuerza a aquello que no es justo.

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