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Arte&letras | narrativa

La errancia

‘Yo que nunca supe de los hombres’, de Jacqueline Harpman: alegoría y distopía entre Kafka y Beckett

J. Harpman. wikipedia

J. Harpman. wikipedia

Podría decirse que Yo que nunca supe de los hombres es una reflexión acerca de la condición humana, la capacidad para la resiliencia y los límites del lenguaje. Podría añadirse que Yo que nunca supe de los hombres prolonga un diálogo estimulante con El castillo de Kafka, Molloy de Beckett y Pícnic extraterrestre de los hermanos Strugatski. Podría mencionarse que en Yo que nunca supe de los hombres resuena el aliento distópico, se advierte la querencia por la novela de ideas, brilla la magnífica tradición de la literatura alegórica. Podría incluso sugerirse que, una vez conocidas ciertas circunstancias de su autora, la escritora belga Jacqueline Harpman (hija de judíos emigrados a Casablanca con la Segunda Guerra Mundial; parte de una familia muchos de cuyos miembros acabaron en los cielos de Auschwitz), Yo que nunca supe de los hombres es una peculiarísima lectura del antisemitismo. Podría decirse todo eso sin faltar a la verdad, y aún no habríamos dicho nada acerca de uno de los textos más singulares que este lector ha frecuentado en años, y sin duda uno de los más conmovedores que recuerda haber leído.

JACQUELINE HARPMAN Yo que nunca supe de los hombres Alianza, 192 páginas, 18 €

El punto de partida de Yo que nunca supe de los hombres es tan diáfano como aterrador. En una jaula bajo tierra, vigiladas por guardianes mudos armados con látigos, cuarenta mujeres conviven en un espacio de rutinas estrictas. La luz nunca se apaga; las reclusas están siempre a la vista; la alimentación consiste indefectiblemente en verduras y carne.

No hay trabajos impuestos; no hay violencia gratuita; no hay respuestas a preguntas incómodas. Las mujeres están allí, sin objeto ni razón aparente. Desconocen si ha existido un cataclismo previo, si una tiranía ideológica las ha hecho prisioneras, si son el fruto amargo de algún experimento sociológico.

Treinta y nueve de esas mujeres tienen vagos recuerdos de una vida previa: hijos, amantes, afanes. La cuadragésima mujer, la más joven de todas, la única sin nombre, desconoce haber tenido un pasado fuera de la jaula.

Su mundo coincide con los límites físicos de su reclusión.

No sólo carece de nombre o de historia. Tampoco sabe lo que son las cosas cotidianas, un árbol o un libro, y lo desconoce todo sobre las emociones humanas: el miedo o la nostalgia.

Un día, mientras los guardianes traen la comida, una sirena aúlla, los vigilantes escapan y las puertas de la prisión quedan abiertas. Las cuarenta mujeres comienzan entonces una aventura que paradójicamente será más terrible que la de su vida en prisión. Pueden escapar y salir fuera, al mundo que a treinta y nueve de ellas les fue arrebatado y que la cuadragésima no recuerda. Comienza así la errancia del grupo y la novela entra en una dimensión alucinada. Es aquí donde la crónica de este lector debe detenerse. Lo que las protagonistas de Yo que nunca supe de los hombres descubrirán a partir de ese momento es tan asombroso que no puede decirse. Hasta el punto de que uno envidia a quienes aún no han leído el libro.

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