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Arte&letras

Kafka pudo ser millonario con las guías turísticas

¿Era Kafka un bicho raro? El cliché lo tiene, a expensas de sus relatos cargados de situaciones absurdas e irreales. Reiner Stach relata en ‘Esto es Kafka’ 99 anécdotas del autor que desmontan en parte esa etiqueta que aún persigue a este genio

Franz Kafka. | LA OPINION

Franz Kafka. | LA OPINION Javier García Recio

Si el adjetivo kafkiano se aplica a esas situaciones incompatibles con lo que entendemos por normalidad, a esas situaciones absurdas, tortuosas o irreales, cabe deducir que el personaje que dio origen al término, Franz Kafka, fuese en sí mismo un tipo kafkiano, propenso a lo absurdo en su vida y que trasladaba esa propensión a sus novelas. Kafka tiene el cliché de haber sido un bicho raro y ese arquetipo se mantiene.

Reiner Stach, quizá el mayor experto en la obra de Kafka, del que ya escribió una grandiosa biografía, ha seguido indagando en la personalidad de este autor para tratar de responder a la pregunta de si era una persona «normal». De ahí ha salido ‘¿Este es Kafka? 99 hallazgos’ que publica Acantilado y que recoge anécdotas y aspectos de la vida cotidiana de Kafka.

Arroja luces y sombras, como él mismo indica en su prólogo, ya que dejan ver a una persona que si bien tenía un mundo interior propenso a lo tortuoso e irracional, en su proyección exterior era un tipo normal, sociable, educado y de buen trato con todos, donde no faltaba el humor, aunque no fuese una persona divertida.

¿Este es Kafka?

Los relatos de Reiner Stach, bien documentados, muestran esa normalidad cotidiana de Kafka que lo mismo acudía a los burdeles, que se gastaba el dinero jugando en el casino o intentaba negocios millonarios.

Este último caso está muy bien ilustrado en el libro. A Kafka y su amigo del alma Max Brod, en uno de sus viajes de vacaciones en 1911, se les ocurrió la idea de crear un nuevo tipo de guías de viaje. Se llamaría ‘Viajar barato’. No fue un sueño de verano, trabajaron en ello y crearon un diseño que en nada tiene que envidiar a las guías turísticas actuales. Los diseños iban perfectamente estudiados. Irían dirigido a la clase media; viajes cerrados, con una ruta por 400, 500 francos; en grupos exclusivos; recomendaban la mejor época para viajar y aconsejaban un hotel de preferencia y otros; que ropa llevar; el transporte; lugares de compra o de conciertos baratos; los días más baratos para visitar museos; añadían planos gratuitos de las oficinas de turismo, breve guía idiomática, e incluso los mejores burdeles. Max Brod mantuvo una seria correspondencia con editores para publicarla pero las negociaciones fracasaron porque no quisieron revelar su contenido sin obtener un «cuantioso» anticipo.

Como para la mayoría de los varones de clase burguesa de su época, también para Kafka la visita a las prostitutas era algo acostumbrado, que no representaba ningún problema moral. En varias cartas a su amigo Max Brod le cuenta sus visitas a los burdeles. En la Praga de comienzos del siglo XX había decenas de «casas públicas». Kafka recurrió al menos dos veces a tales mujeres, e incluso existe una fotografía en la que aparece con una, la camarera Hansi Julie Szokoll. También en el viaje emprendido junto a Max Brod a Milán, París y Leipzig visitaron burdeles. La última visita documentada de Kafka a un burdel en enero de 1922 la describió en su diario como un «acto compulsivo».

Era tacaño, bebedor de cerveza, lector de tebeos, temía a los ratones, iba a burdeles y odiaba a los médicos

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Como todos, tenía sus manías y actitudes incomprensibles en una persona de formación académica. Tal es su desprecio a los médicos y de manera directa a las vacunas. Kafka consideraba muy limitada la medicina tradicional y rechazaba de plano tratar con medicamentos síntomas no específicos como nerviosismo, insomnio o dolores de cabeza. Incluso para las enfermedades mortales como la tuberculosis, que él mismo padecía, consideraba que un estilo de vida «natural», el cuidado personal y un entorno sin estrés eran al menos tan eficaces como las terapias de la medicina tradicional. Era seguidor de la medicina naturista del doctor Moriz Schnitzer y siguió sus consejos a largo de toda su vida. También se dejó convencer por la propaganda de Schnitzer en contra de las «vacunas obligatorias» y se negó a recibirlas. En su cartilla militar de reclutamiento de 1915 no consta ninguna vacuna.

Este método naturalista la compaginaba con la práctica a diario de ejercicios gimnásticos del profesor Jørgen Peter Müller, que siguió a con férrea regularidad.

Pero estas prácticas disciplinadas no le impedían salir de madre de vez en cuando. En uno de estos casos se jugó todo lo que tenía. Brod y Kafka entraron a jugar en agosto de 1911 en el Kursaal (el actual Gran Casino) de Lucerna. Jugaron a la boule (variante de la ruleta). Cada uno perdió los diez francos que llevaba, una cantidad muy considerable entonces que equivalía más o menos al importe de una noche de hotel y la cena. Después de esta experiencia, a Kafka no le quedaron ganas de volver a jugar.

Por lo demás, su vida no destacó por encima del resto de sus conciudadanos. Trabajaba en el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo, en Praga, era, como buen checo, gran bebedor de cerveza; su condición de judío le llevó a aprender hebreo, que llegó a escribir y hablar con soltura; era propenso a las emociones, como cuando lloró y se descompuso tras despedirse para siempre de su amante Felice Bauer; o cuando para consolar a una niña que había perdido a su muñeca, se inventó y escribió durante quince días las cartas que la muñeca le enviaba supuestamente a la pequeña.

Sus gustos literarios no eran refinados, pero siempre llevaba consigo unos tebeos de aventuras que le gustaban a rabiar; su canción favorita era: ‘Adiós, oh callecita de mi vida’.

No acostumbraba a mentir, pero de estudiante hizo trampas con un grupo de alumnos para aprobar el examen de griego engatusando a la ama de llaves del profesor que les entregó el cuadernillo donde éste tenía señalados los exámenes, para que pudieran copiarlos.

Tenía una tacañería sui géneris. Una vez entregó una moneda de dos coronas a una pobre y pretendió que ésta le devolviese una.

Era Kafka, el genio de intensa y dura vida interior y normalidad en su quehacer cotidiano.

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