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Entrevista

"La ultraderecha recuerda a la de los años 30 en la destrucción del lenguaje"

"El legado de la II República se ocultó a los españoles y hoy se sigue ignorando que la primera Constitución democrática fue la de 1931"

El historiador valenciano Ismael Saz, retratado en la plaza del Ayuntamiento de Valencia.

El historiador valenciano Ismael Saz, retratado en la plaza del Ayuntamiento de Valencia.

Autor de decenas de publicaciones sobre la dictadura y el auge de la ultraderecha en el primer tercio del siglo XX, el valenciano Ismael Saz (1952) marca grandes distancias entre el contexto en el que se fraguó la II República y el actual. También denuncia un olvido sistemático e intencionado del proceso modernizador de la experiencia republicana.

-¿Qué queda de la II República en la España de hoy?

-Si hay un antecedente real de la democracia actual es la II República. En ella están todos los elementos de una sociedad democrática. La de 1931 fue una Constitución muy avanzada para la época, inspirada en la República de Weimar.

-¿Qué elementos son esos?

-La separación Iglesia-Estado, el divorcio, el desarrollo extraordinario de la educación, el voto femenino, el intento de racionalización del Ejército para asegurar su sometimiento al poder civil, el salario mínimo, las reformas laborales, la jornada máxima de trabajo, la negociación laboral o la reforma agraria. La

España autonómica nació en la II República, respetada en un marco internacional en el que comenzaba a extender su presencia y en el que destacaba por su carácter innovador y pacífico. Era, a todas luces, el precedente de la democracia actual, algo que hoy se suele olvidar.

-¿Cree que ese legado no es percibido por la sociedad española?

-Todo ese carácter democrático ha sido negado, ignorado, ocultado y tergiversado durante mucho tiempo. El franquismo se legitimó por su discurso de odio absoluto a la República, sobre la que arrojó toda la miseria imaginable. Durante 40 años, los españoles solo escucharon que era algo nefasto que había conducido a España a la Guerra Civil. Con la llegada de la democracia, la izquierda no hizo una labor pedagógica, para evitarse problemas. Ese legado se ocultó a los españoles.

-Pero han pasado más de 40 años. ¿No se ha revertido la dinámica?

-En la transición democrática se mantuvo la republicanofobia. Las elecciones de 1977 fueron muy libres, pero no se pudieron presentar partidos con siglas republicanas. La persecución continuaba. Hoy sigue existiendo la idea de que la proclamación de la II República fue algo oscuro, cuando supuso una gran esperanza en el plano internacional, en medio de un escenario de caída del liberalismo. El 14 de abril de 1931 fue una fiesta popular democrática y nada violenta. Otra cosa es lo que pasó después, a raíz de las provocaciones. El mismo 14 abril los monárquicos ya estaban conspirando contra la República. Cuando se conmemora la actual Constitución se suele hablar de la de Cádiz y se ignora que la primera Constitución democrática fue la de la II República.

-¿Supone ese olvido un freno para abordar determinados debates, como el del federalismo?

-Cuando la democracia actual da signos de limitaciones o deficiencias democráticas hay un efecto bumerán y se ataca a la República, que siempre acaba denigrada. Se olvida de dónde venimos y por qué se destruyó la Constitución de 1931.

-¿Hasta qué punto observa paralelismos entre el auge de la ultraderecha de los años 30 y el actual?

-Siempre hay cosas comparables, pero existe el riesgo de llevar la comparación demasiado lejos. La situación actual no es la de los años 30. La crispación de Le Pen o Trump recuerda a aquel periodo, pero no es lo mismo, las dinámicas y las razones son otras. Comparten elementos xenófobos, racistas o antidemocráticos, pero lo que buscan ahora no es destruir la democracia. Lo mismo ocurre cuando al PP le cuesta condenar la dictadura o cuando Vox, cuyos tics y referencias franquistas son incuestionables, dice que el actual Gobierno es el peor en 80 años. El marco no es el de los años 30, aunque es cierto que la destrucción del lenguaje y de la razón sí es similar. La espectacularización que se busca con lemas como «libertad o comunismo» supone tirar del lenguaje basura de siempre. Triunfa la idea del todo vale. Y si se destruye el lenguaje, se destruye la razón y se daña la democracia.

-¿Podría repetirse un Frente Popular como línea de contención?

-Esa es una experiencia de los años 30. Lo que pueden producirse son alianzas puntuales entre bloques como en Francia, donde los socialistas apoyaron a la derecha para frenar al lepenismo, pero no creo que se llegue al nivel de un Frente Popular, porque no hay un desafío fascista ahora mismo.

-¿Qué errores cometió la II República?

-No se puede negar que hubo errores, pero ninguno que justificara un golpe Estado. En 1936, prácticamente toda la Europea mediterránea y centro-oriental estaba bajo el dominio de dictaduras. En un momento en el que las democracias caían sin resistencia, el gobierno republicano aguantó tres años frente al Ejército y la intervención extranjera, lo que quiere decir que tenía un importante arraigo popular.

-¿De no ser por el golpe, España sería un Estado del bienestar más moderno y consolidado?

-El Estado del bienestar era la dirección a la que iba la República, pero se cortó de forma abrupta y brutal con el franquismo, que supuso un gigantesco paso atrás de varias décadas en todos los sentidos. La dictadura no se contenta con arrasar con la España laica y republicana, sino que acaba con la España liberal. La Iglesia no había tenido tanto poder desde 1808.

-¿Habrá una Tercera República?

-Dependerá fundamentalmente de los españoles. Nadie tiene derecho a recurrir a procedimientos violentos o no democráticos para imponer sus ideas. Por eso, habría que dejar muy claro que, en caso de que existiera una corriente mayoritaria favorable a la posición republicana, nada justificaría una reacción contraria del Ejército.

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