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Arte&letras

El insulto como una de las bellas artes

El insulto como una de las bellas artes

El insulto como una de las bellas artes

El ensayo que precede al libro de Albert Algoud (Le Haddock illustré. 1987) sobre la figura del capitán Haddock, uno de los personajes de Tintin, lleva como título: ‘De l’insulte considerée comme une des Beaux-Arts’. El tema del insulto ha sido analizado por lingüistas, ensayistas y juristas desde sus distintas perspectivas. No es fácil, en ocasiones, separar las imprecaciones que hacemos a personas o hechos de la injuria o calumnia (que no tiene la misma consideración) Y de hecho la polémica sobre lo que es libertad de opinión y descalificaciones contra el honor de las personas (injurias) o acusarles de delitos inexistentes (calumnias) entra siempre en un espacio discutible, que depende de la sensibilidad social o personal para que lo califiquemos de libre expresión o intento de dañar la imagen de alguien. Antes de la reforma del Código Penal de 1 de julio de 2015, las injurias leves se enjuiciaban como una falta, pero quedaron despenalizadas con algunas excepciones, según establece el artículo 173.2, como la relación de consanguineidad que afecta a los menores, hermanos, cónyuge (separado/a o no) personas vinculadas al núcleo familiar o aquellas de especial vulnerabilidad. Ya la Audiencia Provincial de Albacete en 2017 condenó a la pena de 15 días de trabajos en beneficio de la comunidad por haber insultado a su antigua esposa llamándola «gilipollas, e hija de puta». Las producidas entre personas sin vinculaciones familiares se dirimen por la vía civil con una demanda de protección al derecho al honor.

Un insulto es una descalificación, ofensa o humillación que hacemos a alguien, o en algunos casos a una comunidad, y mediante un término o frase corta tiene lo que los filósofos anglosajones llaman «prevalencia principal» que, sin retórica, resume una descalificación. Puede darse cierta capacidad de sutileza para decir las cosas de una u otra forma para que pueda interpretarse de una manera no directa. Si decimos «eres un cerdo repugnante» no es lo mismo que «sabes lo que te digo: que a cada cerdo le llega su San Martín», una manera indirecta de calificar a un interlocutor, pero dicho de forma impersonal, difícil de demostrar una alusión concreta a alguien. Y también, en ocasiones, formas expresivas que no tienen connotaciones despreciativas: «oye, hijoputa, cabrón, has sacado en todo sobresaliente».

«La aceptación social de ciertas palabras ha ido evolucionando con el tiempo»

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Aceptación social

La aceptación social de ciertas palabras o expresiones ha ido evolucionando con el tiempo. Hoy en la prensa o en las televisiones podemos oír expresiones como joder, coño, cabrón, puta, follar, hostias… sin que nos extrañemos, y en la mayoría de los casos como expresiones exclamativas sin ninguna connotación peyorativa, como simple asombro o retahíla, pero hace unas décadas esto era impensable, solían ponerse puntos suspensivos o eliminarlas del vocabulario de un guion o de un programa en directo. En cambio, nos hemos acostumbrado a oírlas sin ningún aspaviento, incluso preguntarle a un entrevistado por sus relaciones sexuales sin ningún complejo. El insulto, o lo que era o pueda todavía ser considerado una palabra soez o malsonante para un lenguaje formal publico, ha ido evolucionando de manera global en todos los medios de comunicación, incluso se han recuperado algunos en desuso en el castellano. Ya Camilo José Cela inició la publicación de un Diccionario secreto (inconcluso), a finales de los años 60, de palabras consideradas inadecuadas, y resumió posteriormente en un Diccionario de erotismo con ejemplos de lenguaje popular: «Los cojones del cura de Villalpando, lo llevan cuatro bueyes y van sudando» y además inventó nuevas palabras como ‘coitolalia’, tendencia a hablar durante el coito. La periodista Anna Bulnes ha recuperado insultos del español antiguo, como ‘lechuguino’, persona joven que intenta seducir a damas aparentando mayor edad de la que tiene; ‘badulaque’, persona necia o inconsistente; o ‘estafermos’, pasmarotes, embobados o sin capacidad de acción. Pero además tenemos varios insultos compuestos como ‘meapilas’, ‘abrazafarolas’, ‘pintamonas’, ‘cantamañanas’, ‘soplagaitas’, ‘lameculos’ o ‘cagaprisas’.

El libro de María Irazusta Eso lo será tu madre. La biblia del Insulto (Espasa, 2015) analiza los tipos y la evolución de los mismos. Unos son contra las capacidades intelectuales (tonto, imbécil, gaznápiro), las actitudes vitales (gilipollas, baboso, botarate, cretino), la semejanza con animales o plantas (cerdo, foca, merluzo, melón) o las referidas al sexo (maricón, bollera, cipote) y así casi hasta el infinito. Pero, tal vez, la más universal en casi todos los idiomas (unos 1100 en el mundo según clasifica el Instituto Max Planck) sea el de hijo de puta (con la de). El biólogo Marcelino Cerejido en su lúcido ensayo Hacia una teoría general sobre los hijos de puta (Tusquets, 2014) analiza la relación histórica entre los hijos de prostitutas y la capacidad de atribuirles el mal, cuando no existe ninguna relación objetiva entre la procedencia de su nacimiento con causar algún daño o infamia. Sin embargo, los así denominados han quedado como los causantes de cualquier conducta maligna contra sus semejantes, que a veces se ha sustituido por ‘hijo de perra’.

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