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Arte&letras

Leyenda y realidad de Gustavo Adolfo Bécquer

El mito del poeta ha afectado a su biografía, que ha quedado convertida en un verdadero arsenal de tópicos, por eso Joan Estruch Tobella la limpia de falsos oropeles en este libro para invitar a leer sus obras maestras.

Leyenda y realidad de

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La imagen extendida y popular de Bécquer es más fruto de una leyenda que de los datos de la realidad. De ahí la necesidad de estudiar su figura y su obra, más que en sí mismas, cosa que ya se ha hecho, a la luz del contexto histórico que las condiciona y determina y desde el que se las debe entender. Eso precisamente es lo que hace Joan Estruch Tobella en un estudio biográfico modélico, que pasa revista a la infancia del poeta y su formación inicial en Sevilla, su posterior marcha a Madrid, sus colaboraciones en periódicos y revistas, su relación con la cantante de ópera Julia Espín, sus tiempos difíciles y sus inicios en el periodismo político, su matrimonio con la prefeminista Casta Esteban, su consolidación profesional entre 1861 y 1863, su actividad como cronista parlamentario, primero, y director de distintos medios y reconocido publicista después, su apoyo al político y académico González Bravo, su proximidad al partido moderado, los efectos y consecuencias de la Revolución de Septiembre y las repercusiones que tendrán en él, y los dos último años de vida del poeta, que muere el 22 de diciembre de 1870. Especial atención presta a los sueldos y la economía del poeta, bastante más boyante de lo que se dice y se cree, el error de no haber dado el salto -como algunos de sus correligionarios- a la Unión Liberal, las estrategias de Manuel del Palacio y de Eusebio Blasco para extender sobre él un infundio para que corriera con la responsabilidad de un libro pornográfico del que ellos eran autores, la falsa amistad de Narciso Campillo, y la en exceso verdadera de Ramón Rodríguez Correa, autor del prólogo de la edición póstuma de las ‘Rimas’ y, en parte, aunque sólo en parte, generador de «toda esa música celeste del sentimentalismo casero», de la que el propio Bécquer se quiso en vano defender. «Suspirillos líricos, de corte y sabor germánico» los llamó el hoy justamente olvidado Gaspar Núñez de Arce. Y no más inclemente se mostró Clarín. Algunas de las rimas fueron parodiadas en muy diversas claves, incluida la erótica, y hasta utilizadas en algún que otro reclamo publicitario, olvidándose lo que en ellas había tanto de voluntad de estilo como de bien asumida tradición. Estruch Tobella indica la presencia del motivo de la golondrina en Ovidio, pero omite la canción popular griega que lo tematizaba mucho antes, y, sin omitir las falsificaciones de Fernando Iglesias Figueroa, sigue los pasos de su diversa recepción hasta entrar en el canon de nuestra poesía, en la que ocupa un lugar tan significativo como singular, al haber renunciado a toda retórica hojarasca y ser el preludio de una nueva sensibilidad: la que -iniciada con Ventura Ruiz Aguilera, José Selgas y el germanismo de José María de Larrea en los años cincuenta del Siglo XIX- iba a ser llevada a una extrema y condensada perfección formal por Augusto Ferrán, Eulogio Florentino Sanz y el propio Bécquer en la década siguiente. Esa mezcla de cantar popular y Lied será después seguido por Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado y dará lugar, más tarde, al neopopularismo de Lorca y Alberti y al romanticismo de Cernuda.

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