Son espadas, pero parecen croquetas. Durante dos siglos se han rebozado en arena, rocas y moluscos. Eliminar esa masa compacta, casi pétrea, va a costar. Las 11 armas halladas en el fondo marino de es Caló (Formentera) llegaron ayer a mediodía al Museo Monográfico de Puig des Molins para ser sometidas a un proceso de recuperación que se prevé muy largo: «Correr no tiene sentido, sería arriesgarse», advertía ayer Elena Jiménez, la restauradora. (Ver galería de imágenes)

Benjamí Costa, director del museo, también cree que hay que ir despacio: «Estas piezas vienen con una concreción muy gruesa de arena, de piedrecitas, de conchas, incluso, que han creado una costra que las recubre completamente. Como han permanecido en el mar, lo primero que hay que hacer es estabilizarlas». Primero las meterán en agua salada y cada cierto tiempo la sustituirán por otra con menos salinidad: «Así, paulatinamente, hasta que estén completamente estabilizadas y ya no necesiten permanecer en agua salada. Luego habrá que reblandecer esa costra para ir eliminándola mecánicamente».

Halladas once espadas del XIX en Formentera

Ese proceso «durará sobre un año. Si se quiere hacer bien, debe hacerse poco a poco, respetando mucho los tiempos. Han estado bajo el mar casi dos siglos, por lo que no se pueden sacar de golpe y dejarlas expuestas a unas condiciones medioambientales completamente distintas, pues se destrozarían en cuatro días».

Jiménez advierte de que a lo largo del proceso irán decidiendo qué tratamiento deben usar. No vale cualquiera «ni hay un estándar». Cualquier error puede provocar daños en las piezas, que revisarán a diario.

Hilo metálico en la empuñadura

Hilo metálico en la empuñadura

Tras ser hallada la primera pieza, Costa decidió radiografiarla: «Queríamos ver su grado de conservación para planificar el proceso de restauración», explica. Francisco Vilás, propietario de la Policlínica Nuestra Señora del Rosario, accedió a hacerlo gratuitamente. Esa radiografía ha permitido saber bastantes cosas de esas espadas. «Hemos visto, por ejemplo, el hilo metálico que se utilizó para sujetar el cuero del mango», informó la restauradora. Eso les servirá «de guía» a la hora de decidir la estrategia para recuperarlas.

De momento, lo importante es «que no se sequen». Sumergirán las que puedan en una cuba del museo, mientras el resto serán tapadas con mantas humedecidas.

Javier Rodríguez, arqueólogo subacuático del Ibeam que rescató las espadas, explicó ayer que las hallaron en el fondo arenoso «en grupos de cinco», que cada conjunto ocupaba unos 12 metros cuadrados y que todo el hallazgo se extendía en una zona de unos 400 metros cuadrados. Posiblemente, estaban metidas en «baúles de madera». El arqueólogo está seguro de que fue el resultado de un naufragio y de que las corrientes desperdigaron esos «objetos ligeros», que ahora, convertidas en croquetas pétreas, pesan unos cuatro kilos cada uno.

Lo que no tienen claro los arqueólogos es la procedencia y el tipo de armas que custodian, que creen que son de mediados del siglo XIX. Tras examinar una serie de imágenes, Xavier Andreu, experto de Militaria, advierte, primero, que son espadas, no sables, como se informó inicialmente. La diferencia es que las espadas son rectas, y los sables, curvos.

Para la Caballería de Línea

Se trataría, según Andreu, «de espadas de Caballería de Línea» española. «Hay numerosas variantes con esta tipología, pero me inclino a pensar que se trata del modelo de tropa de 1825, si bien también podría ser del modelo 1815 o 1832», detalla.

Adolfo R. Bernalte Sánchez, documentalista de armamento antiguo, coincide en que se trata de espadas de Caballería de Línea y que podrían ser los modelos de los años 1815 0 1825. Destaca que «la forma de sus guarniciones las circunscriben al periodo napoleónico». Con el modelo de 1825 se dotó a los cuerpos de Coraceros y Granaderos de la Guardia Real. En su fabricación «intervinieron, por un lado, la Fábrica de Artillería de Toledo, donde se fabricaban las hojas, y la de Eibar, propiedad de Gabriel Benito de Ibarzabal, donde se fundían las distintas guarniciones de latón», según Bernalte.

Esa arma «está provista de una fuerte hoja de arquitectura recta, con bigotera, lomos redondos y ancho vaceo al primer tercio, y dos filos corridos a dos mesas hasta la punta, lo que le confiere un gran peso y fortaleza propia de una espada fuerte». Tiene guarnición «en latón de tres gavilanes y aro guardamano, puño de madera gallonado recubierto de piel y alambrado, y monterilla simple que forma fuerte pomo de casquete semicircular».

No obstante, Bernalte tiene alguna duda al respecto: «El marcado gallonado del puño hasta el pomo de la monterilla y la posible ausencia de virola son características de las espadas francesas. Además veo una muy ligera inclinación del galluelo plano de la guarnición, también característica francesa. Si se tratase de espadas francesas de Caballería, podrían ser modelos de Coraceros o bien de Dragones».

Según Benjamí Costa, alguna de esas vainas es de cuero. Y en la empuñadura, según el director del museo, «hay madera y latón». También advierte Costa de que «hasta que las piezas no se restauren y no se puedan ver bien las eventuales inscripciones, que suelen estar en las hojas» de las espadas, no sabrán con exactitud la datación y origen: «En las radiografías no aparecen esas inscripciones con nitidez», señala.