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Movilidad reducida

El precio de la línea azul: 380 euros por un derecho invisible

Una de las señales, en la calle Canarias de Vila, que la asociación tiene localizada.

Una de las señales, en la calle Canarias de Vila, que la asociación tiene localizada. / / Toni Escobar

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Juan Carlos Salinas Contreras

Santa Eulària

El poeta Robert Frost escribió una vez que las buenas vallas hacen buenos vecinos. En la Plaza del Cañón de Santa Eulària, las vallas son líneas azules pintadas en el suelo; un límite administrativo que delimita mi derecho a una movilidad digna. Como usuario de una tarjeta de Persona con Movilidad Reducida (PMR), pago rigurosamente una tasa anual de casi 380 euros para que el Ayuntamiento me asigne una plaza exclusiva con mi matrícula. Pago por una necesidad, no por un privilegio. Sin embargo, la realidad cotidiana se asemeja más a una obra de Eugene O’Neill: un drama de frustración, promesas rotas e indiferencia institucional.

En nuestra calle hay cuatro plazas PMR. Actualmente, un vehículo Nissan Note blanco descansa imperturbablemente sobre mi plaza asignada desde hace más de 15 días. Lo intolerable es que, cuando decide moverlo, lo hace para saltar a otra de las plazas PMR colindantes, iniciando un bucle que nunca acaba y convirtiendo un espacio de necesidad médica en su aparcamiento privado de larga estancia. Para colmo de males, el infractor exhibe una tarjeta PMR genérica en su salpicadero, utilizándola como un escudo de impunidad para pisotear el derecho específico de otra persona con discapacidad.

Este abuso se repite de forma sistemática desde hace años. Es un incivismo crónico que llevo soportando demasiado tiempo, y es precisamente la gravedad de esta situación sostenida lo que me ha llevado a presentar múltiples instancias por registro de entrada y a reunirme en tres ocasiones con la señora alcaldesa. De nada sirven las buenas palabras en los despachos si luego la realidad en la calle sigue exactamente igual.

Tengo un registro fotográfico implacable que demuestra que el entorno cambia, los días pasan, pero la infracción permanece inmóvil ante la pasividad de unas autoridades y de una Policía Local que se resiste a aplicar la solución lógica: la grúa. Si el Ayuntamiento de Santa Eulària tiene la capacidad ejecutiva para cobrar una tasa tan elevada, debe tener la decencia moral y legal de garantizar el servicio por el que cobra. No reclamo caridad; exijo el cumplimiento de la ley y el respeto a la dignidad que ya he pagado.

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