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Cartas a la directora; Un joven discapacitado obligado a desplazarse 17 km al día

Lucas, rodeado por sus padres Curro y Susi (en el centro) y por las ATE y la tutora del aula Ueeco en la que está escolarizado. JUAN A. RIERA

Lucas, rodeado por sus padres Curro y Susi (en el centro) y por las ATE y la tutora del aula Ueeco en la que está escolarizado. JUAN A. RIERA / JA RIERA

Eva María López Ballesteros

Ibiza

Hace unos días tuve la suerte de presenciar una situación de amor incondicional de una madre hacia su hijo. Un momento muy habitual para todos los que somos madres o padres, ya que desde que nacen nuestros hijos ansiamos que nos digan por primera vez mamá o papá.

En este caso, una madre sentada en una silla con su hijo en brazos, bajo la atenta mirada del padre, le decía: “mamá, ma-má, dime mamá”. El niño respondía con una gran sonrisa. Ese niño tiene 18 años, una discapacidad del 98%, y en el trayecto de su casa al centro educativo, con una distancia de 500 metros aproximadamente, había tenido una crisis espasmódica. 

El curso que viene, por la edad que tiene, ya no podrá acudir al centro donde se encuentra escolarizado actualmente, sino que deberá trasladarse a un aula TAVA (transición a la vida adulta) desplazándose 17 kilómetros diariamente, aun sabiendo que su condición tanto física como neurológica no se lo permiten.

Las instituciones creen que es lo más adecuado, las personas que le conocemos no lo entendemos. Y yo, personalmente, una mamá más, no encuentro ninguna explicación coherente. ¿La encuentras tú? 

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