Si hay pueblos como Bérchules, donde celebran la Nochevieja en agosto, ¿qué pasa si en Sant Antoni se les fue este año un poco la mano y celebran el carnaval en plena Cuaresma? Pues que en lugar de un vendaval que lo habría arrasado todo, los vecinos de Portmany pudieron disfrutar de un multitudinario pasacalles con una agradable temperatura quasi veraniega.

Y con tantos disfrazados por las aceras como desfilando. Estaban las socorridas animadoras, el Jóker y sus adláteres, unas amigas disfrazadas de señoras en batín con rulos, además de un completísimo catálogo de superhéroes. Y los hubo tanto del tipo hipertrofiado a base de espuma como en la más tradicional versión pijamera. Pero sobre todo abundaron los chavales de todas las edades con la equipación del Barça, animados por la resaca de la Champions y el calorcito vespertino.

Eso entre el público, pobladísimo en todo el recorrido. En cuanto a las comparsas, escaseó la denuncia, como viene siendo habitual últimamente. Lo más parecido fue el pequeño grupo que abría el desfile con un Trump muy propio al otro lado del muro, vigilado por un marine, donde protestaban un par de mexicanos. Eso y la carroza de la Apima del CEIP Es Vedrà, un peñón que reivindicaba la prohibición de los fondeos sobre la posidonia, seguida por una miríada de pececitos y medusas.

Los bomberos del Guillem de Montgrí ('Guillem al Rescate') desaprovecharon la ocasión del reciente incendio de ses Feixes, que les queda lejos, pero el pequeño ejército de bomberos se lo pasó en grande bailando y formando largas congas con las mangueras. También entre las más numerosas, la comparsa de 'Circoix' (CEIP Can Coix), con unas fieras devoragalletas muy entretenidas haciendo pompas de jabón entre payasos, jefes de pista y majorettes. Sin olvidar a los robots del CEIP Sant Antoni, que probaron que los parasoles de coche metalizados pueden tener una segunda vida, igual que los envases de llevarse el pollo a l'ast a casa. Ni la marcialidad de la Guardia del Big Bonet, con una impecable coreografía.

Porque lo que sobró fue imaginación, como la de las cuatro macabras reclusas que llevaban a una de ellas, Laura, en una silla eléctrica, todo idea de su madre. Una chica inuit se presentó arrastrando si iglú para pescar la dorada bajo el espeso hielo de la bahía de Portmany. Incluso un grupo de Shivas se contoneaban con su media docena de brazos entre las carrozas. Y se escuchó hasta rap, el de la Batalla de Pollos del Espai Jove, rimando requiebros para el público.