LAS PALMAS | LOURDES S. VILLACASTÍN
«Tengo la vida de un gato. Primero me cogió una guagua, luego esto. No sé de cuánto me puedo escapar». Ricardo Cazorla es capaz de bromear y reír con los obstáculos que ha tenido que sortear en sus 46 años de vida. El primero de ellos, un atropello que le dejó una minusvalía física, psíquica y sensorial del 66%. El segundo, una acusación por tres violaciones de la que ha quedado absuelto el pasado martes tras pasar «tres navidades» en la prisión de Las Palmas. Esta semana reconocía, sin embargo, haber «envejecido» en Salto del Negro.
La última pesadilla de Ricardo y su familia comenzó el 22 de junio de 2007 cuando una de las víctimas -agredidas entre el 13 y 17 de noviembre de 1997 en Tafira, un barrio de Las Palmas de Gran Canaria- se topó con él en la calle y lo reconoció como su agresor. Algo que también hicieron las otras dos víctimas en comisaría, aunque una de ellas no lo identificó fotográficamente.
Ricardo declaró en todo momento su inocencia, pero el 15 de junio de 2009 la Sección Primera de la Audiencia de Las Palmas lo condenó a 36 años de cárcel por un delito de tres violaciones.
El Tribunal Supremo, sin embargo, le devolvió este martes la libertad tras un recurso de casación presentado por su abogado de oficio Sergio Armario.
Los detalles de la sentencia aún no se conocen, pero el tribunal afirma que no había pruebas «concluyentes» para condenarlo. Su caso ha dado la vuelta a toda España.
Ricardo, que reclamará una indemnización al Estado por los años que ha estado en prisión y por los daños psicológicos que su estancia entre rejas le han provocado a él y a su familia, saborea sus primeros días en libertad aún abrumado por la sucesión de acontecimientos.
Afirma que estos días ha habido gente, «incluso pibitas», que se le han acercado a felicitarle. Aunque el viernes, cuando se montó solo en la guagua para ir al médico a por su dosis de metadona -es heroinómano desde los 14 años de edad-, tuvo que decirle a una persona que se le quedó mirando: «¡Oye, que yo no maté a nadie!».
«Tengo miedo, veo a la gente que me mira», dice Ricardo, consciente de que tendrá que luchar contra esas miradas durante un largo tiempo.
Ricardo espera que el dinero de la indemnización le ayude a lograrlo. Confía en que con eso pueda «salir del barrio, comprar un terrenito, poner mis animales y que me sienta tranquilo, que no tenga este desasosiego».
Siempre le gustó el contacto con la naturaleza y estuvo trabajando como jardinero durante algún tiempo. Relata que en la cárcel perdió la oportunidad de hacer un curso en la materia porque «me cambiaron de módulo».
Sus padres, Carmen y Rodolfo, escuchan atentos sus deseos. Ninguno de los dos ha intervenido, apostillado o aclarado el discurso de Ricardo, que a veces fluye dificultoso porque las palabras salen deprisa ante la falta de dentadura.
Su objetivo más inmediato es estar con su familia, su gran respaldo y sus aliados durante estos largos meses en la prisión de Salto del Negro. «Llevan sin el apoyo de su hijo mucho tiempo».