COPENHAGUE | RAMÓN SANTAULARIA / EFE
Pese al optimismo que se intentaba insuflar a última hora, el jefe de la conferencia, Yvo de Boer, ya situaba la fecha para un acuerdo jurídicamente vinculante en junio de 2010.
Esto significa que en Copenhague sólo se podrán aunar voluntades políticas hacia un documento sucesor del Protocolo de Kioto de 1997, vigente para 37 países industrializados hasta 2012.
Para que Copenhague sea un éxito, movimientos ecologistas como Greenpeace piden «un acuerdo justo, vinculante y ambicioso con el compromiso de que los países industrializados recorten las emisiones en un 40% hasta 2020 frente al nivel de 1990», además de poner fin a la deforestación tropical hasta esa fecha.
La enorme brecha entre los países industrializados y en desarrollo para frenar el calentamiento global y negociar una reducción de las emisiones de CO2 en la atmósfera es el principal escollo de este encuentro.
Las cantidades multimillonarias anuales que deberían aportar las naciones ricas a las pobres para paliar las devastadoras consecuencias del calentamiento global, cuyos efectos ya son visibles, han sido rebajadas por de Boer y otros expertos a 10.000 millones de dólares al año.
Esta propuesta es una cifra «modesta» pero es un inicio y es importante como «señal de confianza».