Eivissa | J. M. L. ROMERO
«De golpe y porrazo nos hemos encontrado con que el paraíso tiene unos límites», exclama el escritor Mariano Planells cuando explica el contenido de `Los límites del paraíso´ (Ediciones RiE), su nuevo libro. En él aborda, «como si se tratara de un informe forense, bastante seco y desapasionado», el arte en Eivissa y Formentera desde el esplendor de los años 70 hasta su declive en los 80 y 90: «Aquí nadie piensa que esto tiene límites. Creen que esto será una fiesta eterna», añade. Parte Planells de la «efervescencia artística de los años 60», que asegura que fue irrepetible: «Fue el nacimiento de Babel. De un sitio rústico se pasó a un centro mundial del arte en el que se hablaban 40 ó 50 lenguas».
En 1972, empezó a escribir en Diario de Ibiza: «Tenía los ojos como platos por lo que estaba ocurriendo. Las galerías, como la Van der Voort o la Spencer, inauguraban tres o cuatro exposiciones cada semana».
La portada del libro, un cuadro de Daniel Argimon, refleja aquella época dorada, de color, de pop, de activismo lúdico, de constructivismo centro europeo: «En Eivissa ocurría todo: había todos los estilos, estaban todas las nacionalidades».
«Soy cruel»·
Aunque dice usar el estilo de un forense, el libro no está exento de su peculiar prosa, que rebosa sarcasmo: «A veces soy cruel -admite-. Pero es que yo soy un poco cruel conmigo mismo». Son frases secas, como aforismos, que dibujan toda una época.
«El libro se lee de un tirón. Si lo lees así, lo ves todo muy claro», sugiere el autor. Con claridad se percibe, entre otras cosas, el declive de los años 90: «Eivissa se queda sin Van der Voort. Muchos artistas se van y otros se mueren. Es entonces cuando descubro que estoy solo, que la isla se ha ido al carajo y se ha vendido a los touroperadores». Planells se queja de la avalancha de alemanes, de la emergencia del turismo gay «y de los efebos y niñas putas de San Pauli», en referencia al barrio chino de Hamburgo. El cáustico Planells reconoce que tiene «manía» a los teutones que en los años 80 llegaron a la isla. Sólo a los de esa época, insiste: «Las galerías de arte, con ese tipo de gente, no tenían sentido».