Xevi Collellmir, clown y mimo: «Tuve un arranque de sentido común y me hice payaso»
 
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Xevi Collellmir, la sombra de los transeúntes de la Marina / J. M. L. R. 
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Cada noche estival desde hace 12 años es la sombra de los turistas que pasean por la Marina, a los que se pega como una lapa e imita cada gesto hasta hacer saltar las lágrimas, de la risa, a los transeúntes. Por sus osadías, el mimo Xevi Collelmir ha recibido un par de tortas a lo largo de su carrera, aunque siempre procura no pasarse de la raya y ser respetuoso.
Eivissa | J. M. L. Romero
Enjuto, luce un enorme pendiente dorado en su oreja izquierda y un bigote que tiende a ser daliniano. Su voz transmite tranquilidad, es de habla pausada y dulce, pero sus ojos le delatan: escudriña, como ave rapaz, a quien tiene delante, su presa, para estudiar todos sus movimientos y luego imitarlos. Natural de Olot (Girona), Xevi Collellmir es conocido popularmente porque desde hace doce años, de 11 a 1,30 horas de la noche, hace el mimo en la Marina, para gozo de los turistas y con el beneplácito de los negocios de la zona, que se lo rifan. Con el tiempo, es tan de ese barrio como el obelisco de homenaje a los corsarios. Llegó por primera vez a la isla en 1969, con 16 años.
-Pero supongo que ese año no vino a hacer el mimo.
-Vine en plan boy-scout y me escapé a Aigües Blancas con los hippies. A finales de los 70 volví varias veces, y no regresé hasta el 95, cuando empecé a hacer el mimo.
-¿Dónde vive?
-Vivo en Eivissa la mitad del año, en una autocaravana. Hace dos años que he conectado con la escuela de clowns de Eric de Bond y paso algo más de tiempo aquí. He estado muchos años viajando. Estuve en Asia, en la India, donde hice un documental de motos que me quemó, como muchas otras cosas que me han quemado, como una ópera rock en la que trabajé hace tres años. La única cosa que he tirado para adelante ha sido la calle, hacer el mimo, eso sí que me ha funcionado.
-¿Cuánto tiempo lleva haciendo el mimo?
-Hacer el mimo no lo define bien. He estudiado mimo en París. Uso el mimo como técnica para observar, pero lo que hago es clown. Son diferencias sutiles. El payaso suele usar objetos. El mimo los crea, los dibuja en el escenario. Lo que hago es una mezcla, usando las técnicas corporales del mimo. En el año 1983 estuve un año en África con un amigo médico, con un Land Rover. Cuando terminó su año de excedencia y él regresó, busqué trabajo en Camerún, donde encontré un circo, el Ringlan, de Tarragona. Allá, como también soy un poco músico, me di cuenta de que los trapecistas no tenían un redoble de batería y me ofrecí. Resultó, además, que hacía falta un payaso para ayudar a Rudi Llata, el superviviente de una familia tradicional de payasos. Trabajé de payaso clásico, de segundo, el que recibe los pastelazos en la cara y se cae. Fue algo bestial: a la semana me convertí en la vedette de la compañía. Allí vi, muy tarde, cuando cumplí 30 años, que lo mío era ser clown: tuve un arranque de sentido común y me hice payaso. Tenía tanto éxito que vi que mi camino en la vida era hacer reír. Luego tuve una hepatitis muy fuerte y cuando volví a España empecé en la calle. No sabía qué representar, y pensé en `no hacer nada pero hacerlo muy bien hecho´: decidí convertirme en estatua. Fui tres años un autómata, cuando no había nadie que lo hiciera. Eso me permitió trasladarme a París y estudiar cuatro años de arte dramático.
-¿Y lo de convertirse en la sombra de los viandantes?
-Es un clásico de calle que representan los estudiantes de mimo de París. Que los veranos me dedique intensamente cada noche a hacer el mimo, es lo que ha financiado mis otros proyectos que al final no han fructificado: documentales, teatro, cortos...
-En realidad, a la gente le encanta que la persiga.
-Ha cogido un matiz muy entrañable. El personaje, aunque sea pícaro, no es agresivo. Hay que mirar siempre el límite del mal gusto. Ahí he intentado ir muy fino. Dependo mucho de la suerte. Hay días que salen con una cara que no hay manera y otros en que mueves un dedo y todos se ríen. Aunque el show no vaya bien, el personaje es entrañable, es querido. Me siento querido.
-Es como un retrato, una caricatura.
-Caricatura viva.
-¿Y a usted quién le mima?
-Nadie, estoy muy solo.
-¿El trabajo lo deja en la calle o se lo lleva a casa? ¿Sus amigos le ceden el paso en las escaleras porque temen que les imite?
-Lo dejo en la calle. Las noches que ha ido bien, llego a la caravana, me meto en la cama y me pongo a reír pensando en las cosas que han pasado. Con la adrenalina alta pienso en cómo he de responder ante determinadas situaciones. En ese sentido sí que me lo llevo a casa. Algunos amigos me piden que les imite, pero no lo hago. Es una esquizofrenia. Hay que tener cuidado con esas cosas. Hay payasos que lo son las 24 horas del día. Un payaso es, por definición, un actor desastre, y cuando lo eres demasiado, entonces toda tu vida es un desastre. Hay que intentar tener los pies en el suelo. Cuando me pongo la nariz es cuando cambio de personalidad.
-¿Cuántos guantazos se ha llevado? ¿El mimo ha de tener piernas ágiles?
-Me he llevado un par o tres. Siempre ocurre la semana del 15 de agosto. Sale todo el mundo a la calle, incluso el cero coma no sé cuantos por ciento de psicópatas. La última fue un señor mayor que me dio una torta, con la mano plana, cuando seguía a su mujer. En ese momento uno debe encajarlo. Siempre tengo que captar la vibración de la persona cuando me cruzo con ella. Hace tres o cuatro años, para recuperar el show, que se me iba de las manos, forcé un poco las cosas y me subí a la chepa de un grandullón que no había analizado bien. Me cogió y me lanzó sobre las mesas. Estuve tres días sin trabajar. Cada noche es como tirarse a la piscina. A veces he tenido sensaciones muy agradables, como cuando adivino el gesto antes de que la persona lo haga. Eso ya es magia pura. Hace unos días, siguiendo a un señor, miré la hora y acto seguido lo hizo él. La gente alucina en esos casos, y yo también. Si encadeno una serie de gags buenos, seguidos y rápidos, se crea una magia que me supera. Es ahí donde realmente disfruto. Es eso lo que busco.
-¿Ha cometido alguna vez algún error?
-Un día me puse al lado de un niño con síndrome de Down. Por detrás no le vi. Tenía la mano encima del hombro de una señora, yo la puse también, nos miramos y nos reímos los dos. Se puede rectificar perfectamente. Los errores pueden derivar de forzar demasiado las cosas, por ejemplo con alguien que tiene malas vibraciones. Es como el toro y el torero. El público quiere que el torero se aproxime al toro. Si buscas el riesgo, el error puede ser pasarse de la raya. Errores técnicos sí que cometo, éticos, creo que no.
-¿Qué evolución ha percibido en los últimos 12 años?
-Eivissa está enfermita, como el mundo. Cuando llegué aquí, la noche era un carnaval. Eso se ha ido perdiendo. Quedan los restos, los pasacalles de las discotecas, que, francamente, los veo artificiales. Cuando llego con mi show, noto que la gente lo está esperando. Los hay que van por los bares preguntando cuándo llego, lo cual me llena de orgullo.
-¿Seguirá en Eivissa?
-Mi intención es seguir en la isla. Mucha gente se va alegando que Eivissa se ha muerto. Yo soy partidario de resistir.
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