MARTA TORRES | IBIZA
Empieza la fiesta y Óscar Gómez y Miquel Llabrés descansan en la carpa del paseo Vara de Rey. A su alrededor, centenares de tortillas. Las primeras, junto a un vaso de vino, ya las despachan (previo pago de un euro) los vecinos de Sa Capelleta. Óscar, Miquel y Cristóbal Gómez han trabajado cinco horas para preparar las cerca de 1.400 raciones de tortilla de patatas con las que Vila celebra sl Dijous Llarder. La mitad que el año pasado, cuando era gratis. «Hemos usado cien kilos de patata, 30 de cebolla, 15 de pimiento verde y otros 15 de pimiento rojo, 10 de espárragos y 60 litros de huevo», comenta Miquel sin salir de la carpa, que huele como los mejores sueños de Carpanta. «Somos los Messis de la tortilla», bromea. Los tres cocineros, que este año han echado de menos a Cristóbal padre —«está en San Sebastián de vacaciones», afirma su hijo— han cuajado las tortillas en ocho sartenes. «Está buenísima», se relame Carmen, a la que un pequeño Batman apenas ha dejado catar su ración. Madre e hijo vuelven al quiosco a por más tortilla mientras la alcaldesa, Marienna Sánchez-Jáuregui, disfrazada de alcaldesa, felicita a los vecinos de Sa Capelleta, que ríen al ver a uno de los pocos mariol·los que pasean por s´Alamera, rumbo a la otra carpa, la de la fiesta, donde hace solo unos minutos que se ha abierto la inscripción para el concurso de mariol·los.
Emily, de ocho años, aguarda que le den su número. Fregona de peluca, bata de boatiné, estropajo en la solapa, plancha asomando del bolsillo, collares de colores y cuchara de palo adornando el moño. Emily sonríe rodeada de un ejército de princesas y odaliscas, spidermans, bailarinas rusas, leones, alguna mosquetera, el vaquero Woody y una pantera rosa que devora un algodón de azúcar de su color favorito con sus dientes de leche. «Soy una bruja muy mala», asegura una hechicera de pelo azul y telas de araña doradas a la funcionaria que la inscribe en el concurso, en el que participan 45 disfrazados, 43 niños y solo dos adultas: Mar y Marga, expertas en mariol·los. «Hemos atracado el almacén de mi padre», bromea Marga (peluca, gafas de Barragán, gaiato y pantalón remangado) que no puede moverse de delante del escenario, donde reposa el extremo de la caña cargada de elementos del campo (algarrobas, guindillas,un cedazo, una botifarra y un pollo de plástico que hasta hace unos segundos sujetaba Mar (capell, camisa de cuadros, senalló y barba), que regresa corriendo de inscribirse. Las dos lamentan que la tradición de enmariol·lar-se se esté perdiendo. «Venimos cada año, excepto el pasado, que Mar tenía una niña de días, Iris», comenta Marga intentando hacerse oír por encima de la orquesta, que canta el inevitable ´Ai se eu te pego´.