J. FRAU | INCA
Extremeña de 67 años y residente en la isla desde hace 40, Tina Valle niega que no hubiera superviviente en la catástrofe aérea de Ibiza del año 1972, el peor accidente de la aviación civil de la historia de España. Ella misma y su hija tenían dos butacas compradas en aquel fatídico vuelo. Por cuestión de segundos, perdieron el autobús que debía llevarlas al aeropuerto de Manises para coger el vuelo con dirección a la isla y que acabaría estrellándose en ses Roques Altes de Sant Josep, cerca del aeródromo ibicenco. «Desde entonces, tengo pánico a los aviones», asegura.
–Nos trasladamos al 7 de enero de 1972. ¿Qué pasó aquel día, según sus recuerdos?
–Nos trasladábamos, con mi marido y mi hija, que tenía cuatro años, a vivir a Mallorca desde Asturias. Mi marido se fue en barco directamente hasta Mallorca porque conducía una furgoneta con nuestros muebles en el interior. Mi hija y yo teníamos que volar desde Valencia hasta Ibiza, donde hacíamos escala antes de llegar a Mallorca.
–Evidentemente, no llegaron a subir al avión. ¿Por qué?
–Pasamos la noche en un hostal de Valencia y a primera hora de la mañana teníamos que coger un autobús para partir hacia el aeropuerto. Pero nos quedamos un poco dormidas. Cuando bajamos del hostal, vimos que el autobús del aeropuerto salía en ese momento y que no llegábamos a tiempo para subir al avión. Hice señales al conductor, pero no me vio y perdimos el bus. Todavía era de noche porque era muy pronto, y por eso el conductor no vio que hacía señales para que parara. Creo que esto nos salvó, porque si llegamos a subir a ese autobús también hubiéramos subido al avión que finalmente se estrelló.
–¿Qué pasó después?
–Recuerdo que hacía mucho frío. Tuvimos que esperar otro bus para que nos llevara al aeropuerto. Yo ya sabía que habíamos perdido el avión que teníamos contratado, por lo que íbamos al aeropuerto con la idea de conseguir otro vuelo hacia Ibiza o Mallorca. Finalmente pudimos llegar al aeropuerto, y allí me enteré de que algo había pasado porque empezaban a llegar familiares de la gente que iba en aquel avión. Vi a mucha gente llorando, pero nadie decía nada.
–¿Y qué ocurrió entonces?
–Lo primero que pensé es que mi marido, que ya estaba en Mallorca, ya debía saber que el avión que iba de Valencia a Ibiza en el que debíamos volar mi hija y yo se había estrellado, sin supervivientes. Y entonces no había móviles para hablar con él. Justo en aquel momento, en la megafonía del aeropuerto, llamaron a los que tuvieran un billete con destino a Palma porque había un avión de Spantax que estaba a punto de salir. No me lo pensé ni un momento, fuimos a coger aquel avión.
–¿Aun sabiendo que el avión que debían coger ustedes se había estrellado?
–Yo es que en aquel momento habría volado encima de un pájaro y todo. No me lo pensé, cogí a la niña del brazo para subir al avión con destino a Palma. Pasé mucho miedo durante el vuelo, pero pensaba en mi marido y sabía que Dios me protegería.
–¿Se reencontraron con su marido en Palma?
–Al llegar al aeropuerto de Palma vi a mi marido, desesperado, convencido de que mi hija y yo habíamos muerto en aquel avión. Lo recuerdo ahora y se me pone la piel de gallina. Él pensaba que se había quedado sin su familia. Cuando nos vimos, estuvimos casi una hora abrazados los tres, llorando y riendo a la vez. Sentimos una emoción muy fuerte.
–En el vuelo murieron 104 personas. ¿Se considera usted una superviviente de aquella tragedia?
–Totalmente. Mi hija y yo somos supervivientes de aquel accidente. Fue por casualidad. Por unos pocos segundos no subimos al vuelo. El 40 aniversario de la tragedia me ha hecho pensar, y quiero que se sepa que, al menos, hubo dos supervivientes.
–¿Se acuerda de ello cada vez que tiene que subir a un avión?
–Desde entonces, me ha quedado una fobia a volar en los aviones, y eso que viajo mucho. Me agarro al asiento y no me muevo hasta que noto que las ruedas del avión tocan la tierra. También acostumbro a ir dos o tres horas antes del vuelo para conseguir los asientos de las primeras filas. A veces he pedido para ir a la cabina para ver si se me quita el miedo, pero no.
–Tengo entendido que se ha salvado de otras tragedias, además de la del avión.
–Sí, y fueron episodios relacionados con el viaje entre Asturias y Mallorca. Cuando decidimos establecernos en la isla, mi marido y yo fuimos a buscar a mi hija a Asturias. Volvimos con la furgoneta con la que después mi marido embarcaría hacia Mallorca mientras mi hija y yo debíamos ir en el avión que finalmente se cayó. Durante el trayecto entre Asturias y Valencia, la furgoneta, que era muy vieja, se estropeó en los campos de La Mancha, donde nevaba mucho. Intentábamos cubrir la furgoneta con un plástico para evitar el frío y oímos unos disparos. Unos hombres empezaron a gritarnos para que nos metiéramos dentro del coche porque, a nuestro alrededor, ¡estaba lleno de lobos! Pero la cosa no acabó ahí...
–¿No?
–Días después de llegar la isla, tras la desgracia del avión, mi marido leyó en la prensa que la pensión donde nos habíamos alojado mi hija y yo voló por los aires por una explosión de gas.
–Parece que la desgracia les persiguió en aquel viaje, pero no llegó a pillarles.
–La verdad es que fue un viaje accidentado. En la vida me han pasado cosas muy graves, quedándome viuda muy joven y con 17.000 pesetas de pensión.