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Memoria de la isla

Lectura de las islas

Formentera es un arquetipo de insularidad, una isla ejemplar que cumple todas las expectativas del islómano más exigente

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Visión cenital de Formentera.
Visión cenital de Formentera.  BENI TRUTMANN

El Mediterráneo tiene islas que se ajustan a la definición geográfica ortodoxa –porción de tierra rodeada de agua—, pero que, por su gran tamaño, no tienen la condición que deben tener las verdaderas islas, la omnipresencia del mar: ser, como dice Marià Villangómez, «més mar que terra».

«La Mediterrània, tota la seva mitologia nascuda en els abrusats i també lluminosos paisatges grecs, és aquí, gravitant damunt l´home, anul·lant-ne els lligams històrics i submergint-lo dins l´intemporal, on la memòria i el pensament s´esfumen i creix la dimensió purament física de l´existencia». Baltasar Porcel

Y es que, en las auténticas islas, el mar tiene un absoluto protagonismo y no deja de verse, el aire es salobre y desde las casas puede oírse el embate en las rocas del oleaje. Los habitantes que pueden vivir de espaldas al mar en Córcega, Cerdeña, Sicilia o Mallorca, no están en auténticas islas, sino en pequeños continentes miniaturizados que no son islas-islas, no lo son, al menos, en el sentido que lo es, por ejemplo, Formentera.

Formentera está, precisamente, en el límite de las islas habitables. Es isla en el mejor sentido de la palabra porque sus horizontes son siempre marinos, pero sin dejar por ello de ofrecer un perímetro suficiente, 37 millas, que le dan el tamaño necesario para acoger, de forma estable, una población significativa. Lo prueba su colonización hace más de 4.000 años. Hasta hoy, cuando ha conseguido su máxima demografía que hoy ronda los 5.000 habitantes. Por debajo de su tamaño, más que de islas, hablaríamos de islotes como pueden serlo Cabrera, la Conejera, el Espalmador o Tagomago. En estos solitarios peñales han podido vivir, temporalmente, las familias de los fareros, pescadores de paso y alguna guarnición militar, pero, eso sí, con una absoluta dependencia del exterior que les abastecía de agua y alimentos. Y si los islotes son todavía menores, en ellos encontramos en el mejor de los casos algunas cabras –en el Vedrà, por ejemplo– y, más frecuentemente, sólo gaviotas, cormoranes y lagartijas.

Otro aspecto significativo de las islas es su idiosincrasia, palabra abstracta que, como cajón de sastre, nos viene bien para meter en ella todo lo que puede interesarnos: geología, geografía física, clima, relieve, flora, fauna, hidrología, población, historia, cultura y, también, el carácter de sus habitantes. Dicho esto y tomando en consideración todo este cúmulo de datos, Formentera es un arquetipo de insularidad, una isla ejemplar que cumple todas las expectativas del islómano más exigente, hasta el punto de que son legión los que en ella han encontrado su Itaca particular. Y pregonarla como el último paraíso mediterráneo no es sólo una estrategia porque tiene su parte de verdad. Posiblemente porque, en tanto que espacio segregado, la isla es un universo independiente que, aun siendo un microcosmos, puede ofrecer una perspectiva totalizadora. Y tal vez, también, porque en Formentera se transgrede el tiempo lineal que deviene elástico, ambiguo, alternativo. O porque quien llega a Formentera no pierde su condición de viajero pues pasa, de forma natural, de la geografía física de la isla a su propia geografía interior, y así sigue el viaje que todo utópico busca en el fondo de sí mismo. El fenómeno hippy, entre los años sesenta y setenta del siglo pasado, descubrió Formentera como ese lugar arcádico de búsqueda y huida en el que podían cumplirse los sueños. Y no son pocos los artistas y los artesanos que han encontrado en la isla su fuente de inspiración y su refugio. Casi todos ellos coinciden en atribuirle a Formentera un algo indefinible pero real que podríamos resumir como un poder magnético y catalizador que convierte a la isla en un lugar vitalizador, revelador, creativo, un lugar que despierta pulsiones. Formentera, por otra parte, está en la frontera de la irrealidad, no en vano reproduce mil imaginarios, razón de que se haya convertido en un escenario natural de filmaciones, películas y espots publicitarios. En Formentera se funden y confunden –como podemos ver en sus rondallas– la realidad y la ficción, la historia y la leyenda. Domina el mito y, en este sentido, es una isla ´literaria´. Basta asomarse a su historia para encontrar, desde su pasado más remoto, enigmas no resueltos o, si lo preferimos, historias de corsarios y piratas cuando la isla se convirtió en refugio y base de las naves sarracenas que asolaban con sus razzias nuestros litorales. Pero ni tan siquiera hace falta recurrir al pretexto de su historia. Basta abrir sobre la mesa un mapa de la isla y su misma línea de costa nos sitúa en los mundos de Stevenson, Conrad, Melville o Julio Verne al que, por cierto, recuerda un monolito en los farallones de levante.

Formentera tiene, para empezar, un perfil caprichoso. Vista desde el mar, en la lejanía, uno diría que es un cetáceo que ha emergido a respirar. Y en lo que se refiere a su forma –vuelvo al plano de la isla– yo veo en ella un zapato femenino que tendría el tacón en el Cap de Barbaria, su puntera en el macizo de la Mola, su empeine entre la Cala d´en Baster y Punta Prima, y su embocadura entre es Cavall d´en Borràs y es Caló de s´Oli. Formentera es, por otra parte, geológicamente una rareza, un banco de limos, dunas y areniscas –el familiar marès–, que encuentran asiento y fijación en las poderosas columnas calcáreas que, en uno y otro extremo de la isla, le proporcionan anclaje en los fondos marinos y le dan nombre, no en vano Formentera, como Formentor, viene de singularizar y feminizar sus promontorios de Barbaria y La Mola, este último con 200 metros de caída sobre el mar. Y luego están sus arenales, su prodigiosa luz, sus espacios lagunares que son hoy salinas y la increíble transparencia de sus aguas. Formentera es, en resumidas cuentas, un ámbito privilegiado que un día bendijeron los dioses y que a nosotros nos ha tocado la responsabilidad de conservar.

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