MARTA TORRES | SANTA AGNÈS
Santa Inés, abrazada a su borreguito blanco y mirando al cielo por encima de su mate aureola, se prepara para salir, como cada 21 de enero, de la iglesia de Corona. Centenares de personas la esperan fuera de la iglesia en la que el obispo de Ibiza, Vicente Juan Segura, acaba de oficiar una misa en la que ha pedido a los padres que eduquen a sus hijos en valores «que valgan la pena». Repique de campanas. Todo el mundo mira hacia el interior del templo. Santa Inés está juguetona. La procesión sale por la puerta lateral. Los fieles, sorprendidos, corren para sumarse a la comitiva, encabezada por el enorme estandarte rojo de la santa al que siguen, en riguroso orden, San Pablo, San Antonio y su cerdito, la Virgen María y, por fin, Santa Inés. El sol, que disfrutan algunos en la terraza del bar, hace centellear el nuevo rosario de grandes cuentas de cristal de la virgen, quien perdió el antiguo, según explica un obrero de la parroquia segundos después de quitarse respetuosamente el sombrero al entrar en el templo.
De vuelta a la iglesia, balladors, balladores y sonadors beben agua a grandes tragos antes de la exhibición de ball pagès. En primera fila, los escasos políticos (el presidente del Consell de Ibiza, Vicent Serra; la alcaldesa de Sant Antoni, Pepita Gutiérrez, con un look un tanto retro, y el senador ibicenco, José Sala, con corbata a juego con el estandarte de la mártir, entre otros) y los miembros de un grupo de fotografía que se olvidan por unos instantes de la cámara para echar mano a los bunyols. Alguno, incluso, se atreve con los porrones de vino payés que vuelan de mano en mano sembrando camisas y camisetas de lamparones. Callan tambores y castanyoles, algunos se marchan. Quieren pasar por la casa payesa de Can Pujol, en la que Lluc expone ropa del siglo XIX, herramientas del campo y fotos antiguas, entre otros muchos tesoros etnológicos. Otros, pegados a los bordes de la carretera, prefieren quedarse un poquito más para ver el desfile de carros. Entre los catorce animales destaca Rayo, un pequeño pony de largas crines doradas y relincho de tenor, cuyo impulso controla Benet, entre las risas de los niños, que desde ese momento comparten sueño con Lisa Simpson. Quieren un pony.