RAQUEL SÁNCHEZ | IBIZA
La respuesta de la gerencia de Can Misses a lo ocurrido en Urgencias los últimos días no ha satisfecho en absoluto a quienes lo sufrieron en sus carnes o las de un familiar. Los responsables del hospital aseguran que la saturación fue puntual y no creen que fuera necesario reabrir la tercera planta para ingresar a las 18 personas que esperaban en camillas por los pasillos. Defienden que la planta se vuelva a usar únicamente ante una «situación estructural», como una epidemia de gripe.
Miquel Tur, cuya madre finalmente recibió el alta ayer tras haber pasado 20 horas en Urgencias y sin haber llegado a pisar una habitación, considera que «los temas puntuales también deberían tener solución puntualmente». «¿Pero qué manera de pensar es esa?», se pregunta. Y se responde él mismo: «La del funcionariado, la burocracia y la insensibilidad. Deberían haber tomado la decisión de abrir. Hay que cambiar la mentalidad, porque el sistema es tan rígico que acaba perjudicando a los enfermos».
También el padre de Teresa Ramon recibió ayer el alta después de una semana. Está en casa «deseando que no le vuelvan a tener que ingresar jamás». «Para ser algo puntual, nosotros ya llevábamos una semana allí. Mi padre entró por Urgencias el miércoles pasado. Siete días no son algo puntual», responde Teresa, cuyo pariente pasó tres días en un box antes de que le asignaran una habitación para su ingreso. «Como ya habían anunciado que reabrirían la tercera planta en febrero, simplemente están haciendo tiempo, esperando a que pase enero», argumenta poco conforme con que los que hayan enfermado este mes paguen el pato del ahorro y reciban una peor atención.
El padre de Sandra Soler ingresó el sábado por la mañana. Esperó tres días, «con la atención mínima», según su hija, que asegura que cuando fue a verle el lunes se encontró con que se había hecho sus necesidades encima y nadie se había dado cuenta. Sandra reclama un trato digno para los usuarios de la sanidad pública, que con sus aportaciones contribuyen al mantenimiento de la misma.
«Al menos tenemos intimidad», explicaba ayer aliviada Cáliz Pérez, después de que a su padre le enviaran el martes a planta. Habían pasado más de 30 horas desde que llegó a Urgencias el lunes de madrugada. También Marta Calleja había conseguido ayer, por fin, una habitación tras otras 30 horas entre salas de espera, boxes y pasillos.
El padre de Marga Riera tuvo menos suerte. Hubieron de pasar 43 horas para que le ingresaran en condiciones y le dieran cama en una habitación. Había llegado al hospital con vómitos y diarrea el lunes a las 22 horas; consiguió subir a planta ayer a las cinco de la tarde. Hasta las 20 horas del martes estuvo en un pasillo, entonces le llevaron a boxes, donde permaneció hasta que le asignaron una habitación. Su hija relata que la noche del martes al miércoles los boxes de Urgencias estaban todavía llenos, aunque hubo suerte porque el aluvión de entradas de la caótica noche anterior se redujo drásticamente. «A medianoche solo había una persona en la sala de espera», relata. Durante el día de ayer muchas de las personas que esperaban en boxes fueron subiendo a planta y la situación en el servicio de Urgencias se normalizó.
«Hoy [por ayer] hemos conseguido hablar con el especialista. Eran muy reticentes a dejarlo ingresado, pero yo tenía claro que debía quedarse porque tienen que hacerle una colonoscopia», apuntó Marga.
Ahora, más tranquilos y con mayor privacidad, confían en que no haya nuevos ´picos´ en lo que queda de mes; en que, cuando llegue la gripe, no coincida con otras patologías «complejas» y en que las catorce camas de la tercera planta sean suficientes la próxima vez.