MIGUEL ÁNGEL GONZÁLEZ | IBIZA
De hecho, hasta bien entrado el siglo pasado, nadie tuvo conciencia de la singularidad del podenco ibicenco. Y es difícil que aparezcan aquellas referencias porque los registros antiguos, por lo general, sólo recogían asuntos comunales de urgencia y necesidad. De hecho, hasta bien entrado el siglo pasado, nadie tuvo conciencia de la singularidad del podenco ibicenco. Era un perro como muchos otros, con la particularidad, eso sí, de que era muy bueno en la caza de conejos y liebres. Un dato a tener en cuenta es que hasta 1911 no se funda la Real Sociedad Central de Fomento de las Razas Caninas de España y que hasta los años treinta las razas no quedan bien definidas. En nuestro caso concreto, la primera noticia fiable la tenemos en la detallada comunicación que el 3 de febrero de 1930 remitió a la ´Asamblea General de la Real Sociedad Central´, en Madrid, la Sociedad de Cazadores La Ibicenca, firmada por don Bartomeu Prats, su presidente: en ella se argumenta que el podenco que se cría en las islas Baleares y que muchos aficionados conocen como ´mallorquín´, debe llamarse, por su origen, ca eivissenc. Pasado este informe al delegado para las islas Baleares, don Alfredo Llompart, se hiceron en Mallorca y Menorca las oportunas pesquisas entre personas expertas y bien informadas que, el 5 de junio de 1931, responden de forma clara y contundente con la afirmación de que entre los criadores, cazadores, filólogos y cinólogos de las islas, nunca se había hablado del podenco mallorquín y sí del ca eivissenc que, como todos sabían, procedía originariamente de la isla de Ibiza. Y así se consignó oficialmente.
Antes de estas fechas, las referencias escritas sobre nuestro podenco son escasas. En ´Las antiguas Pitiusas´, el archiduque Luis Salvador comenta únicamente que los perros utilizados en Ibiza para la caza "son de talla media, orejas grandes y tiesas, cola larga, ligeramente enroscada en su extremo y con pelo más espeso y largo que en el resto del cuerpo; su color suele ser blanco con manchas amarillentas, o totalmente amarillento, y tienen gran fama por su agilidad y destreza en la caza de conejos y liebres". No cabe duda de que la descripción es la del ca eivissenc, aunque utilice el adjetivo ´amarillento´ por rojizo, teja o terroso. Y en el grabado que el libro acompaña de Sant Agustí d´es Vedrà, vemos también dos canes tumbados que parecen podencos. El archiduque era minucioso en sus descripciones, de manera que si no deja mejores anotaciones del ca eivissenc es porque entonces ya sucedía lo que también ocurre hoy, que el podenco sólo se utilizaba para cazar y que, cuando no lo hacía, permanecía en el entorno de la casa payesa, posiblemente sujeto con una larga cuerda a un algarrobo o con el tanganillo al cuello, palitroque de unos 30 centímetros que le impedía correr y hacer perrerías en corrales y propiedades ajenas.
En cualquier caso, me consta que aparecían también por la ciudad, atraídos tal vez por las basuras que se dejaban en la calle, circunstancia que explica la única cita que en ´Lo que Ibiza me inspiró´ (pg 127) hace Fajarnés sobre el asunto: «Ibiza conoció los golpes de perros vagabundos (...), siendo costumbre de los alcaldes difundir por público pregón medidas para acabar con los animales sin amo que eran cazados a lazo para matarlos luego con la usada morcilla o botifarreta». Parece que el personal se tomaba a chirigota tales bandos, especialmente la chiquillería que defendía a los animales frente a los perreros municipales. Caso de una mujer a la que un perro derribó, perdiendo en el accidente treinta y un pares de huevos que llevaba en un cesto al Mercado. El escritor no dice en ningún momento que se tratara de podencos, pero es muy posible que lo fueran porque solían aparecer en pequeñas jaurías, agrupación que facilitaba su estrategia de caza. Hubo incluso una mendiga a la que acompañaban dos o tres podencos que la proveían –eso se decía- de algún que otro conejo.
Y otra mínima referencia la tenemos en dos dibujos de Gastón Vuillier en ´Les illes oblidades´ (pg. 213 y 227). El primero en una calle que dice de la Marina pero es de la Penya, en la que vemos a un podenco en un portal. En el segundo caso, con el explícito literal de «cans eivissencs», vemos cuatro podencos, uno de perfil, otro sentado y otros dos jugando más al fondo. Pero una y otra referencia, la del Archiduque y la de Vuiller, son ya de finales del s. XIX. Citas anteriores, no he localizado ninguna. En tiempos recientes, han aparecido tres libros con un mismo título, ´El podenco ibicenco´, obras de Salvador Gómez-Toldrá (1976), Francesc Balañá (1980) y Anne Mary Delalix (1991), dos textos en inglés, ´Ibizan Hound´, de Lisa Puskas (2003) y ´The Ibizan and Pharaon Hound Ralation´, de Rita Sacks Laventhall (2003), sin olvidar el ´Ca eivissenc: l´alternativa´, de Miquel Elena Rosselló y Charles Camberoque (1988), una obra mayor que contó con la colaboración de un buen número de cazadores y que añade las mejores fotografías que conozco del podenco en acción. Un trabajo difícilmente superable y que debería tener segunda edición.