MIGUEL ÁNGEL GONZÁLEZ
De los casi tres mil años que conocemos de la historia de nuestro archipiélago, ha sido mucho más el tiempo en que nuestras islas han mantenido un perfil oriental y han estado ligadas al continente africano que el que llevamos consumido desde la conquista catalana. Y ha sido así porque, en los tiempos antiguos, al revés de como sucede ahora, la civilización venía del sur y del este. También influyó la situación geoestratégica de nuestro archipiélago en el occidente mediterráneo, envidiable estación de paso para las naves que transitaban entre norte y sur, este y oeste. Nuestras islas, por otra parte, eran las más cercanas al continente africano, razón de los contactos que han mantenido con las poblaciones del otro lado del charco, especialmente con las del litoral argelino. Nuestros marineros saben bien que, con empopada y buena mar, un llaüt alcanza las costas de Argel en poco más de un día y una noche.
Dejando de lado los contactos que se dieron en el mundo antiguo, cabe recordar que, desde la época de los Reyes Católicos, la Corona española, con soberanía sobre algunas plazas norteafricanas, ha mantenido con ellas relaciones comerciales. Y que muchos moriscos y judíos se instalaron en Argelia y Túnez cuando fueron expulsados de España. Y en tiempos recientes, desde la mitad del siglo XIX hasta después de la Guerra Civil, el norte de África, antes de ser tierra de emigración, es zona de inmigración. La población española en Orán y Argel pasa de 4.592 personas en 1836 a 144.530 en 1886. Y en 1939, sólo los refugiados políticos en Argel sumaban más de 10.000 personas, mientras que en la zona occidental de Argelia, el castellano y el catalán –introducidos por inmigrantes alicantinos, valencianos, mallorquines, ibicencos y menorquines– son las lenguas dominantes y tienen su propia prensa, caso de ´La Joven España´ o ´La Fraternidad´". Desde este encuadre pueden entenderse los encuentros y desencuentros, las correspondencias y paralelismos que se han dado entre Ibiza y Argel. Unas correspondencias que alcanzan sorprendentes similitudes físicas entre las dos ciudades, en aquello que el viajero ve cuando las visita.
Una primera connotación curiosa es que Argel, Al-Yaza´ir en árabe, significa ´las islas´ en referencia a unos islotes que, como sucede con las antiguas islas ibicencas del levante de la bahía, Grossa, Plana y Botafoc, estaban también frente al puerto de la ciudad africana y que, como hicimos en Ibiza, fueron unidas por diques para dar mejor abrigo al puerto argelino. Por si fuera poca coincidencia, el nombre de Argel que se le dio a la ciudad, se hizo extensivo a todo el país: lo mismo que sucede en Ibiza, dónde también llamamos igual a la ciudad y a la isla. Y si Argel es conocida como la ´Ciudad Blanca´, Ibiza es la ´Isla Blanca´. Cabe pensar, por todo ello, que los ibicencos que llegaban a Argel debieron sentirse como en casa. A. Fernández Flores, inspector de emigración, escribía que «Argel no es para nuestras gentes, como sí es para los franceses, una tierra lejana. A Argel vienen sin aprensión». La imagen de la ciudad debió resultarles familiar, pues la ciudad antigua se recostaba en una pendiente de 118 metros de desnivel, orientada a una bahía portuaria que tenía junto al mar el matadero municipal, un paseo marítimo y, en su inmediatez, la rica llanura de Mitidja. Una descripción que serviría para nuestra ciudad, que también apoya en una colina su racimo de casas que se descuelgan desde la cima hasta el puerto, que también tuvieron junto al mar el matadero y, en su frontis, un feraz llano, ses Feixes y el Pla de Vila.
El viajero que llega por mar a Argel puede comparar la ciudad con un anfiteatro visto desde el escenario: la ciudad se abre sobre la bahía y las calles, empinadas y laberínticas, de casas empecinadamente encaladas, se escalona en gradas sucesivas desde la cima hasta el mar. Es el mismo encuadre que ofrece Ibiza al entrar en el puerto.
A la izquierda, mirando la ciudad de Argel desde el mar, está el humilde barrio de Belcourt –donde vivió Camus–, que tendría su equivalente en el barrio marinero de sa Penya. A mano derecha quedaba la ciudad nueva de Bab el Oued, que correspondería a nuestro Ensanche. Y entre uno y otro extremo queda el centro geográfico de la ciudad, que podría ser nuestra Marina. Más arriba, sobre esta zona central, elevándose hacia la cresta de la colina, quedan en Argel los barrios históricos y residenciales que en nuestro caso son los de Dalt Vila. Y más arriba todavía, dominando el horizonte marino, la zona más antigua de la alcazaba argelina, que tendría su par en el recinto más alto de la Yabisah musulmana, la calle Mayor y la plaza de la Catedral.
Y si apuramos las similitudes físicas y afectivas, podemos acudir a los recuerdos de Camus cuando nos dice que, con sus amigos, aprendió a nadar con salvavidas de corcho en la playa urbana del Arenal, mientras veía a los pescadores ordenar y zurcir sus aparejos. Un lugar que podríamos comparar con la playa codolar de los bajos de sa Penya, donde también nosotros nos dábamos jubilosos chapuzones. Y la ´Alameda de las Moreras´ de Argel sería nuestro Paseo de Vara de Rey, al que, por cierto, también llamamos ´s´Alamera´.
La insólita historia paralela y las relaciones de todo signo que, como vemos, han mantenido Ibiza y Argel, sus sorprendentes similitudes físicas y el hecho de que las dos ciudades hayan sido declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, me lleva a reclamar –como ya han hecho por parecidos motivos Orán y Alicante– que una y otra ciudad, Ibiza y Argel, queden hermanadas. Sería un estupendo colofón para tantas coincidencias y para una historia común tan dilatada.