IBIZA | ALBERTO FERRER
Los últimos rayos de sol se cuelan entre los edificios del barrio de ses Figueretes mientras un grupo de ajetreados vecinos ultiman los preparativos de la que será su primera comida del día. Estamos en el mes de ayuno del ramadán durante el cual los fieles del Islam no pueden ingerir alimentos o bebidas, ni nada puede entrar por su boca mientras luzca el astro rey. No es así para muchos de sus invitados de esta noche, convecinos y curiosos con los que quieren festejar el final de un día más de sacrificio.
¿Qué es lo que más sorprende a los que no saben nada de la gastronomía marroquí, país de procedencia de la mayoría de los musulmanes presentes? ¿Los sabores fuertes, intensamente dulces o especiados? Chakir Bouassel, portavoz de la Asociación Marroquí del Mediterráneo, contesta que no, lo que más choca «es la abundancia» de esa primera comida de la noche y «la gran variedad» de productos que se degustan.
Porque lo que exhiben las mesas preparadas para esta noche por los miembros de la asociación de Bouassel y el Centro Islámico Marroquí Mezquita la Paz, con el apoyo de la Asociación de Vecinos de ses Figueretes, el Ayuntamiento de Ibiza y el Consell es «un menú oficial de ramadán», nada de exagerar para impresionar a los invitados: infinidad de platillos con pastas rebozadas de miel (shabajuya), pan fino a base de harina blanca, crepes, cacahuetes, frutos secos, unos barquillos de pasta con nata afrutada... y la imprescindible sopa harira de color rojizo y espeso, de sabor especiado e intenso y trufada de tropezones, que se sirve en pequeños tazones que no paran de llenarse.
Cristina, inglesa, y su marido Alfonso, de Cádiz, degustan la sopa, que es «muy buena», sentados en una pared baja. Al otro lado está su hija, Katie, con sus nietos, Aisha, Ismael y Yasmina. Su yerno, que es marroquí, no está: «Mi casa es como la ONU», dice la inglesa, encantada del colorido de su casa y de su barrio, porque viven a un par de manzanas de la nueva mezquita La Paz de la calle Navarra. Cristina dice que la musulmana es una comunidad bien integrada y arraigada en ses Figueretes y ella misma compra en una carnicería islámica.
Irene, catalana, ha venido de un poco más lejos, desde la calle Ramon Muntaner, donde reside desde hace nueve meses. Acaba de volver de Marruecos y hoy desayuna-cena lo mismo que durante sus vacaciones: «Tendríamos que hacer un calendario con las fiestas religiosas de cada comunidad», dice esta partidaria del mestizaje. Por eso cree que el ágape que ofrecen hoy los musulmanes «es un acto fantástico de generosidad». El barrio «tiene mucho color», concluye Irene.
Aziz Achentaf está contento de compartir sus tradiciones con el resto de los vecinos. También sostiene que el ramadán «se pasa mejor en Ibiza», donde lleva 24 años, porque según él es «más tranquilo». Está de vacaciones y ´de Rodríguez´, porque su esposa está de viaje en Marruecos, y se pasa los días del mes santo yendo a pescar cuando puede, yendo de mercadillo o matando las horas hasta el anochecer con los amigos. Entonces va a casa de su hermana a comer ternera, pinchitos, harira o pescado, el gran desconocido de la gastronomía marroquí.
Bouassel explica que el desayuno despierta la curiosidad de sus vecinos, las ganas de saber más sobre su cultura y tradiciones: «De conocernos y hablar», asegura. De eso se trata, de practicar la multiculturalidad y convivir.