Memoria de la isla

Los confinados

La presencia de los confinados tenía su peso. No sólo por la novedad y el revulsivo que tal hecho supuso, sino porque, las más de las veces, se trataba de civiles, políticos, militares o religiosos a los que se desterraba precisamente por su incómoda relevancia

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La insularidad facilitaba el confinamiento.
La insularidad facilitaba el confinamiento.  BENI TRUTMANN

«Un notable número de confinados anima los reducidos círculos de la sociedad ibicenca (...) Pasarán probablemente años y más años de destierro a la espera de una amnistía o de un cambio de Gobierno (...) y su presencia no deja de fomentar las disputas y diferencias políticas de los habitantes de Ibiza que en la ciudad suelen ser moderados, en la Marina progresistas y los curas, carlistas, es decir, absolutistas».

De ´Las Antiguas Pitiusas´. Archiduque Luis Salvador

IBIZA | MIGUEL ÁNGEL GONZÁLEZ Dos principales motivos explican el hecho de que prácticamente durante todo el siglo XIX Ibiza fuera utilizada como lugar de confinamiento: por una parte, se creía que la condición insular facilitaba un extrañamiento natural y suficiente, aunque, como los hechos demostraron, cuando se presentaba la ocasión, el mar, además de frontera, también fue camino; pesaba, en segundo lugar, sobre cualquier otra circunstancia, la convulsa situación política que durante aquella centuria mantuvo en un continuo desgobierno y en vilo al país. El primer motivo que identificaba insularidad y aislamiento no puede extrañarnos, pues todavía en los años cincuenta del siglo pasado conocimos a payeses que utilizaban algunos islotes cercanos a la costa ibicenca como corrales en los que podían vivir, asilvestrados y sin mayores cuidados, gallinas, conejos y cabras. Es lo que hacía, por ejemplo, es iai Marçà en s´Illot d´es Canaret, junto a Xarraca, en tierras de Labritja; y es también la costumbre –aunque con fines más deportivos o cinegéticos– que tenían algunos payeses de la parroquia de Sant Josep, que mantenían un rebaño de cabras en el inhóspito es Vedrà, islote al que acudían una vez al año para cazar algún ejemplar y celebrarlo con una buena cuchipanda. El uso de la isla como prisión no era nueva, como explicó Félix Julbe: al Real Penal de las Salinas llegaban numerosos condenados a trabajos forzados, fueron presos los que construyeron el nuevo cementerio de la ciudad y mucho antes ya habíamos recibido una remesa de 100 franceses que se enchironaron en el actual edifico del MAC, a los que siguieron 168 oficiales italianos y polacos. En cuanto al segundo motivo, la agitación y el estado de crisis que se mantuvo durante todo el siglo XIX y que transcurrió como un hervidero de tensiones sociales, políticas y religiosas, baste recordar que la centuria inicia el baile con la Guerra de la Independencia (1808-1814), sigue el desafortunado reinado de Fernando VII (1814-1833) con el Trienio Constitucional y la Década Absolutista, para desembocar, de mal en peor, en el Periodo de Regencias (1833-1843) con los descarrilamientos de Martínez de la Rosa, Zumalacárregui, Cordero, Toreno, Espartero etc., y seguir con el reinado de Isabel II (1843-1868) y la secuencia asimismo penosa de la Década Moderada, el Bienio Progresista y la Vuelta a la Situación Moderada. El siglo acaba con el Sexenio Revolucionario, el Gobierno Provisional, la Regencia de Serrano, la frustrada monarquía de Amadeo de Saboya y, como guinda del pastel, la proclamación de la Primera República. Un tiempo, por tanto, de crisis generalizada y continuas alternancias. A la España negra, católica y oscurantista le sigue la otra España, progresista, laica y racional. Todo ello amenizado con huelgas, motines, golpes de Estado, levantamientos, manifiestos y contra-manifiestos, desamortización, cambios de Constitución, frustradas regencias y Juntas de Gobierno, intrigas, conjuras, conspiraciones, pronunciamientos, abdicaciones, destituciones, deportaciones y asesinatos. Y con consecuencia, sin embargo, de que gobiernos contrarios coinciden en una cosa, que Ibiza era el lugar ideal para alejar y enclaustrar a las personas cuya permanencia en la Península consideraban peligrosa.

Sea como fuere, la presencia de los confinados que en algún momento fueron más de doscientos en una ciudad con poco más de cinco mil habitantes, tenía su peso. No sólo por la novedad y el revulsivo que tal hecho supuso, sino porque, las más de las veces, se trataba de civiles, políticos, militares o religiosos a los que se desterraba precisamente por su incómoda relevancia. Y todo ello en una estrecha y obligada convivencia, pues aunque algunos llegaban con el aviso de que se les vigilara y atara corto, lo cierto es que vagaban a sus anchas, alojándose en las dos únicas fondas de la Marina y en casas particulares. Este roce diario entre liberales y absolutistas y de todos ellos con la población, se traducía, por así decirlo, en cierto despabilamiento de la pacífica vida ciudadana que entonces tuvo animadas tertulias y corrillos en bares, barberías y casinos, además de dar fuelle a no pocas actividades culturales y recreativas. Hubo quien dio charlas, quien dio mítines de tapadillo, clérigos exclaustrados que hicieron memorables sermones y quien promovió actos culturales y representaciones teatrales. Lo que vengo a decir, en resumidas cuentas, es que si la ciudad se inquietó con su presencia en algún momento, también cobró vida y salió de la indolencia y vaciedad que describió el Archiduque. Macabich, don Isidor, nos da noticia exacta del variado pelaje de aquellos desterrados entre los que se contaban militares, eclesiásticos y civiles de todo rango, condición y afiliación, republicanos, absolutistas y carlistas etc.

Entre los militares, hubo tenientes, capitanes, coroneles y algún general. Entre los eclesiásticos, arcedianos, diáconos, presbíteros, canónigos, frailes y prelados como el obispo de Palencia. Y entre los paisanos, encontramos periodistas, abogados, jueces, estudiantes, terratenientes, zapateros, labradores, fundidores, alfareros, curtidores o tejedores. Y no faltaban, por supuesto, vagos y maleantes, gentes sin oficio ni beneficio. Cuenta nuestro canónigo archivero, para que se entienda la agitación, la inquietud y el trastorno que suponía aquel continuo trasiego, que en un solo viaje, el 17 de junio de 1848, el vapor ´Blasco de Garay´ desembarcó en la ciudad a 109 confinados. Pero también hay que decir que, coincidiendo con aquel pandemónium, aquél fue también el momento en que la ciudad despegó de su letargo con obras y cambios que anunciaban la modernidad y dejaban atrás el Viejo Mundo. Una historia, en fin, apasionante, que sólo conocemos a jirones y que convendría recoser y mostrar con todo detalle.

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