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HEMEROTECA » |
SANTA EULÀRIA | ALBERTO FERRER Milagros Pérez Oliva pronunció ayer la conferencia de clausura de las 26 Jornadas de Enfermería que se han desarrollado desde el pasado miércoles en Santa Eulària, una charla en la que desgranó los retos éticos y el reto que plantea para la sociedad la extensión del consumismo a la salud. Matiza que el «honor» le correspondió porque el primer conferenciante propuesto no pudo acudir. Pero asegura que aceptó encantada la invitación y es la segunda vez que participa en una conferencia en Ibiza. «El tema me interesaba», explica, porque para esta periodista «la Enfermería es el alma de la sanidad, es la primera persona que te encuentras. Los que hemos sido pacientes y pacientes graves sabemos que son muy importantes sus cuidados».
—Pues es curioso que caiga bien un médico como el televisivo House.
—Pero [la serie] es una ficción que requiere unos personajes algo estrambóticos. El éxito de House estriba en que es el médico que nadie querría. No va con los tiempos: no respeta al paciente; no ve personas sino enfermedades y maltrata a los enfermos. Es la antimedicina. Dicho eso, soy una adicta a la serie por la parte de divulgación médica, que me parece interesante y muy bien hecha. Como ficción es extraordinaria.
—En su conferencia sostiene que cada vez se comercia más con la salud.
—Mucha gente se aproxima a la sanidad con mentalidad consumista. De hecho, hay una industria que estimula el consumo de salud y una cultura hedonista que tiene muy poca capacidad para asumir la adversidad, que no soporta la incertidumbre y quiere la máxima seguridad. Esto, combinado con esta cultura de la exaltación de la medicina tecnológica, como se hace en ´House´, provoca unas altas expectativas sobre lo que puede lograr la medicina, que ha avanzado mucho pero no puede con todo.
—¿Para reducir esa incertidumbre seríamos capaces de acabar con el amor incondicional?
—La investigación biológica ha permitido manipular e intervenir en procesos de la vida que, hasta hace muy poco, se consideraban intocables y que los gobernaba exclusivamente el azar: cómo somos al nacer, por ejemplo, y no está muy lejano el momento en que se podrá intervenir cada vez más en el proceso. Por otra parte, la gente ya tiene muy claro que se puede automodelar el cuerpo. Nadie se conforma con el que ha recibido, hay poca tolerancia y se aplican cirugía estética, regímenes... En la medida en que la genética avanza, podremos escoger determinadas características de nuestros hijos. Ahora ya se podría elegir su sexo, por ejemplo, aunque éticamente no lo consideramos apropiado. Se aproxima el momento en que cabrá la posibilidad y esto pondrá en peligro algo que el bioético Michael Sander dice que puede tener consecuencias peligrosas, como el amor incondicional. Una de las cosas que nos hacen resistentes a la adversidad es el hecho de que crecemos con amor y el confort psicológico de que nuestros padres nos quieren seamos como seamos, porque nos han recibido como un don. En el momento hipotético en que pudiéramos elegir sus características, los hijos ya no serían un regalo, sino algo que elegimos. Podrás llegar a pensar que te has equivocado si el niño no sale como querías. Y al revés, un hijo te podría pedir cuentas por haber elegido determinadas cosas para él.
—¿Hasta qué punto el periodista se puede convertir en un mercader?
—Hay dos herramientas para combatir la desinformación. Debe aplicar el rigor, preguntándose siempre de dónde viene cada noticia, qué consecuencias tiene y a quién beneficia. También debe tener claro que su primera lealtad es al lector. Así, las infomaciones recogerán siempre aquello que no daña, la verdad. En medicina, verdad es evidencia científica, comprobar sin crear falsas expectativas ni exagerar.
—¿La profesión se toma su tiempo en hacer este ejercicio, con la vorágine actual de la información?
—Vivimos en una sociedad cada vez más rápida, que entroniza la velocidad. Es el fast food y el fast thinking. El periodismo es una de las áreas donde más cuenta correr. Pero aquí está justamente el gran reto de garantizar la seguridad de las informaciones. Si hay tensión entre seguridad y rapidez, ésta se debe sacrificar. Entre dar una noticia que quema o esperar para estar seguros de que es cierta, siempre hay que elegir esperar. Si tenemos en cuenta que nuestra lealtad es al lector, pasará por encima del interés comercial de la empresa. A la larga la seguridad es la mejor manera de competir, más que la rapidez, porque asegura la fidelidad del lector, ya que eres fiable.
—¿Le pone buena nota a la manera de trabajar en el periodismo?
—Son los lectores los que tienen que ayudar al periodista riguroso, exigiendo y comprando rigor.
—Desde su nueva posición de Ombudsman, ¿ha cambiado su percepción de esta manera de hacer?
—Cuando un periodista se equivoca, y casi siempre sucede sin mala fe, puede llegar a hacer mucho daño. Veo cómo, en ocasiones, querer ir demasiado rápido lleva a cometer errores que luego son irreparables. Cuando tocamos informaciones que pueden afectar a la proyección pública de una persona hemos de ser cuidadosos y estar muy seguros, porque una parte de ese mal ya no tiene reparación, y menos ahora, con Internet, donde las noticias quedan igual que si fueran correctas, lo que alarga las consecuencias.
—Quizás el problema es que el periodismo no sabe trabajar con esta nueva herramienta que es la red.
—Agrava los problemas que en periodismo siempre ha dado la prisa. También las 24 horas que se tiene para hacer un diario a veces son pocas. Justo por eso, hemos de saber aplicar las mismas reglas de calidad y rigor. Para verificar la información se necesitan a más y mejores profesionales y, así, responder en menos tiempo a las mismas necesidades.
—¿Y esto habrá quien lo pague?
—Ese es el problema. Se ha instalado la cultura de la gratuidad de la información. La gente cree que tiene derecho a recibirla sin pagar nada, justo cuando garantizar la calidad de las noticias es más caro que nunca. El que las obtiene gratis se ha de preguntar quién se la da y a cambio de qué. Producir información independiente, rigurosa y verificada requiere más recursos económicos y profesionales que nunca.
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