Educación

Pocos pupitres, mucha imaginación

Los alumnos con alguna discapacidad del instituto de Sant Llorenç participan en clases de cocina, jardinería, expresión corporal, música y manualidades

 20:58  
Miquel, Lluís, Arlette y Montana posan en la entrada del instituto.
Miquel, Lluís, Arlette y Montana posan en la entrada del instituto.  VICENT MARÍ
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Arlette (16 años), Lluís (14 años), Miquel (17 años) y Montana (17 años) suben las escaleras del instituto Balàfia, de Sant Llorenç. Están contentos. Acaban de recibir el premio por su participación en las actividades del día del centro, cuatro mochilas verdes y negras con muñecos en el bolsillo que ahora cuelgan, vacías aún, de sus espaldas. Los cuatro hablan y ríen mientras se dirigen a su aula, al final de un pasillo de la primera planta del centro. Tras la puerta se esconde su rincón, un espacio en el que no hay pupitres y que no parece una clase de instituto.

SANT LLORENÇ | MARTA TORRES Las cuatro mesas y las seis sillas están frente a la pizarra, en un espacio enmarcado por unos armarios llenos de juegos y la mesa del profesor, sobre la que hay papeles, un teléfono de los años noventa en color gris y la pantalla redonda de una farola convertida en un globo terráqueo a golpe de pinturas. Hay una cama entre la pared y los armarios. Tras estos muebles el suelo está cubierto por un puzle de piezas de colores. Los cuatro dejan las mochilas nuevas junto a la pared y corren buscando sus instrumentos musicales y sus mascotas para interpretar la pieza que han preparado con el profesor de música Carlos Asolas, que llega cargado con una guitarra al Aula Sustitutoria de Centro Específico (ASCE) del instituto, en la que reciben parte de las clases los alumnos con alguna discapacidad.

Arlette, Lluís, Miquel y Montana aplauden cuando terminan el concierto. Los cuatro tienen muy claro que el tiempo que pasan juntos es el más divertido de su jornada escolar. Todos prefieren las «clases especiales» de música, jardinería, expresión corporal y cocina, a las que reciben en sus respectivos grupos, con el resto de compañeros y sentados en una silla detrás del pupitre. Arlette y Montana van a tercero B, Lluís a segundo A y Miquel a cuarto B. «En las otras clases los compañeros no son tan divertidos», asegura Arlette mientras se agacha a recoger un papel. «Ella lo tiene que ver todo limpio», comenta Marga Serra, profesora del centro, que se encarga de las clases de huerto y jardín.

La lista de actividades que la profesora de expresión corporal, Joana Navarro, ha preparado para estos alumnos a lo largo del curso es interminable: circuitos de coordinación, actividades de equilibrio, frisby, palas, golf, juegos populares, senderismo, orientación, taichi –que Lluís define como «un kung fu muy lento»– y hasta un deporte que se han inventado ellos mismos, el estorpi. «Viene de estera y pelota [en realidad de estora y pilota, en catalán] y consiste en pasarse el balón sentados en el suelo», comenta Joana Navarro, que destaca que los juegos sirven de excusa para que los alumnos practiquen las matemáticas.

Matemáticas deportivas

«Tienen que sumar los puntos», añade la docente, que señala que en las clases de educación física se intenta «facilitar» la práctica de algunos deportes clásicos para adaptarlos a las capacidades de los alumnos del aula ASCE. Los juegos de pelota son los que más les gustan, explican los adolescentes, que confiesan cuando Joana no les escucha que la música que a veces les pone para las clases de taichi les parece un poco «aburrida».

Lourdes David, la tutora del aula, escucha la composición con xilófonos que han preparado en clase de música y que los alumnos interpretan junto al muñeco que tiene cada uno como compañero en las lecciones: Miquel un cocodrilo, Montana un pulpo y Arlette una muñeca. Lluís es el que tiene más apego a su mascota, Barranquín, del que no se separa y que es una marioneta de una de las populares hormigas del programa de Pablo Motos.

Mientras los escolares se sientan alrededor de la mesa Lourdes explica que trabajar con los alumnos del aula ASCE «es muy agradecido», a pesar de que a veces es difícil conseguir que los alumnos avancen en sus conocimientos. «Hay que encontrar el camino», apunta antes de explicar que las clases en este espacio se parecen a un programa de manualidades. Ahora, por ejemplo, las aventuras de Kika Superbruja les han servido de excusa para trabajar sobre el tema de la magia.

Se han hecho unos gorros de magos con cartulina y unas varitas con palos de brocheta de madera y pelotas de porexpán que han rebozado en purpurina de colores. A pesar del trabajo y de que los alumnos se lo pasan bien, los profesores reconocen que a veces es difícil medir lo que aprenden y mejoran los alumnos.

La creatividad es imprescindible en esta aula, y no sólo para los alumnos. Los profesores tienen que encontrar la manera para conseguir que los alumnos asimilen los conocimientos y que, además, consigan memorizarlos. Joan Cardona, el auxiliar técnico del aula, despliega ´El joc de Balàfia´ sobre la mesa, que cubre con fajos de billetes y cajas de monedas. El tablero es en realidad una versión del conocido Monopoly con el que los alumnos aprenden matemáticas y a pagar en los establecimientos. Los alumnos pueden comprar Puig d´en Valls por ocho euros, ses Figueretes por trece y, si tienen suerte y consiguen mucho dinero, el estadio de fútbol de Can Misses, el espacio más caro del juego. Los billetes son de juguete, lo mismo que algunas monedas. En la caja se mezclan euros de plástico con otros de cartón que ellos mismos han hecho. «Hay algunos de verdad», comentan los alumnos mostrando en la mano céntimos de euro auténticos.

Joan Cardona señala que todos los juegos y manualidades que hay en el aula están elaborados con material reciclado. Los móviles que cuelgan del techo están hechos con conchas y maderas, las damas y el parchís son de cartones y cartulina, las papeleras eran anteriormente unas simples cajas y las flores y hojas que adornan el almendro de papel en función de la estación del año son reutilizables. «Hasta la pintura nos hemos ahorrado en este mapa utilizando trozos de vinilo de una empresa de letreros que cerraba», afirma.

Una cama en clase

La cama que hay en el aula no es para dormir, se apresuran a comentar los profesores. «En realidad es para que aprendan a hacérsela, para que cojan la costumbre», señalan. Y es que, más allá de las matemáticas, el lenguaje y las ciencias, el objetivo principal de esta aula es aumentar la autonomía de los adolescentes e inculcarles unas rutinas de conducta. Además de hacerse la cama, cocinan y lavan los platos. También se acostumbran a asearse y cambiarse de camiseta después de expresión corporal y a cepillarse los dientes después de todas las comidas, ya que en el aula todos tienen un cepillo de dientes y pasta. Eso sí, que lo hagan en clase no significa que en casa luego tengan estas mismas buenas costumbres. Cuando se les pregunta si se hacen la cama todos los días y si ayudan a preparar la comida o a fregar los platos alguno mira al suelo eludiendo la respuesta, otro reconoce que no y alguno solventa la cuestión con un «a veces» poco convincente.

Joan saca de un armario media docena de delantales. «Nos los ponemos para clase de cocina», comentan a coro los escolares, que se interrumpen unos a otros para enumerar los platos que han ido preparando en clase: pizza, espaguetis, macarrones, ensalada payesa, hasta cuscús… Todo desaparece de los platos poco después de salir del horno y los fogones. Montana confiesa que en estas clases ha descubierto un alimento que no había probado jamás: las alcachofas. «Me encantan», exclama. «Antes de cocinar lavamos muy bien todos los ingredientes y también las manos porque nos han enseñado que pueden tener microbios», explica, muy seria, Arlette. Marga Serra detalla que todos deben comer de todo y que quien se deja cosas en el plato –cuando dice «cosas» matiza que se refiere generalmente a las verduras– va acumulando puntos y el que más tiene es al que le toca fregar los cacharros, tarea de la que la mayoría huye, reconocen.

Mientras todos hablan de la comida Miquel está colgado del teléfono. «Es el telefonista», justifica Alberto Taranco, profesor de audición y lenguaje, que explica que utilizan el aparato para ayudar a los alumnos que tienen problemas para comunicarse con fluidez. Tener que hablar por teléfono les obliga a esforzarse. A pesar de esto, Taranco admite que cuando Miquel no sabe responder a alguna cosa de las que le preguntan cuando llaman al teléfono del aula sabe perfectamente cómo salir de la situación: «Dice que no se escucha bien y cuelga», comenta riendo.

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