IBIZA | MIGUEL ÁNGEL GONZÁLEZ
Es lo que nos sucede, por ejemplo, con todos los pequeños y maravillosos objetos que nuestros mayores hacían con las trabajadas urdimbres vegetales que, conviene decirlo, no tenían por qué desaparecer, y lo prueba el hecho de que ahora, al mantenerse su demanda, tengamos que adquirirlos ´made in China´, seriados y con una factura que deja mucho que desear. Se trata, por otra parte, de una pérdida especialmente lamentable cuando, como en el caso que nos ocupa, la obra de palma, incluye todo un universo de conocimientos y habilidades susceptibles de transformación y capaces de convivir perfectamente con el mundo que vivimos. Porque si es evidente que hoy hemos dejado de utilizar algunos objetos como las escobas y escobillas de barrer y encalar, los soplillos con los que aventábamos las brasas y las alforjas que nos servían para transportar cargas con caballerías, no es menos cierto que seguimos utilizando muchos otros elementos que se siguen construyendo con fibras vegetales, sean cordajes, sombreros, capachos, toda clase de bolsos, cestos, estoras, arcones, biombos, sillas, sillones, sofás, balancines, camas y, por supuesto, también alpargatas.
De las artes y los oficios de las fibras vegetales admiramos de manera particular su funcionalidad, el hecho de que sean objetos en los que ningún detalle responde a la casualidad. Todo lo contrario. Son el resultado de un largo aprendizaje que está avalado por la experiencia y en el que juega un papel determinante la inventiva, la imaginación. El asiento de una silla, una canasta o el asa de un cesto responden estrictamente, en sus formas y en sus prestaciones, a las necesidades que determinan su uso. Y son, en todo caso, objetos que nos sorprenden porque casan, con una trabajada simplicidad, la rusticidad, la utilidad y la belleza. Como nos sorprende saber que estos modestos objetos de palma, pita, esparto o enea –como sucede también con las piezas de los alfareros– sigan elaborándose con las mismas técnicas manuales que ya utilizaba la cultura neolítica.
Son, por tanto, artesanías tan viejas como el hombre y una de las primeras industrias de la humanidad. Es evidente que aquellos primitivos tanteos tuvieron una notable transformación al aparecer el taller como unidad de producción y las asociaciones gremiales que impusieron la especialización; pero es importante subrayar que, en lugares como Ibiza, por el aislamiento que impone su insularidad, han sido oficios que se han mantenido hasta no hace mucho de forma individualizada en la ruralía donde el payés era, todo a un tiempo, constructor, agricultor y también artesano, de manera que las viejas artes se han venido transmitiendo, sorprendentemente, como en las culturas más arcaicas, según técnicas heredadas y aprendidas en el contacto directo, transmitiéndose de generación en generación, de padres a hijos. No es de extrañar que hoy, por contraste, cuando la imparable globalización parece condenarnos a una uniformidad insustancial y anodina, sintamos la necesidad de reivindicar aquellas cualidades humanas que se generaban a partir de un profundo conocimiento de la materia, de la conservación de formas muy antiguas y de un aprendizaje que culminaba en auténticas obras maestras.
Todavía hoy encontramos la caña soportando arcillas y algas en los techos de las casas rurales; y en los cañizos que se utilizan en la agricultura; y tejida en espiral, en los increíbles trenzados que vemos aún en muchas canastas y cestos. Y el palmito más tierno, reblandecido con azufre caliente que le da ductilidad y suavidad sin perder resistencia, permite todavía confeccionar, con técnicas arcaicas, airosos sombreros. Y con esparto se siguen elaborando alfombras, espuertas, los pequeños cenachos que utilizan aún los pescadores y la suela de las alpargatas. La enea y la pita, en cambio, se utilizan preferentemente en el cordaje de asientos para sillas, sillones y mecedoras. Y con los juncos que crecían en ses feixes los pescadores construían las nasas, mientras que las payesas los cortaban en pequeños fragmentos que ensartaban en larguísimas ristras para confeccionar aquellas cortinas que protegían el porxo y que, cuando llegaba el verano y el sol apretaba, dejaban pasar el aire y la luz, pero frenaban el paso a las moscas. Aquellas artesanías, en resumidas cuentas, en este mundo nuestro en el que se nos da todo hecho, son una auténtica lección porque con los más insignificantes recursos naturales y sin herramientas, sólo con las manos, eran capaces de crear útiles y delicados objetos.