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SANTA EULÀRIA | A. F. F. Los molinos no se podían construir sin autorización y eran una concesión estatal como ahora los estancos o las administraciones de lotería. Su número estaba regulado y cada titular debía abonar un canon. «Eran una buena herencia, pero también era muy habitual que cambiaran de manos», comenta el técnico de Cultura de Santa Eulària, Toni Tur Riera, Sendic. Es el caso del molino fluvial de Can Planetes: uno de los párrocos que tuvo el pueblo lo adquirió para dos de sus hermanas, que lo legaron a un sobrino-nieto y éste vendió las muelas del molino a la familia que poseía el generador eléctrico del pueblo.
El molinero no se podía considerar un hombre rico, pero poseía «una de las pocas industrias que existían» y su papel era vital para el sustento de la población, recalca la concejala de Cultura de Santa Eulària, Ana Costa. En Can Planetes y otros molinos también se molía pimienta –que después se empleaba en la elaboración de la sobrasada– y los huesos de aceituna resultado del prensado para obtener aceite, que se convertían en polvo para alimentar cerdos, principal fuente de proteínas. Pero sobre todo eran importantes por la producción de harina y su control permitía intervenir en la elaboración del pan, el alimento básico de los isleños en aquel entonces. De hecho, en épocas de racionamiento se llegó a precintar el molino para confiscar el excedente de trigo.
Proteger los molinos
Los agricultores acostumbraban a acudir con su grano al molino cuando necesitaban harina, en torno a una vez al mes, debido a que se trata de un producto perecedero y se valoraba mucho su frescura. El pago que recibía el molinero por sus servicios se hacía en especie o en metálico según un precio estándar y no consta que hubiera diferencias muy grandes entre los distintos que existían en las inmediaciones.
A diferencia de los molinos de viento o los de sangre –que emplean animales de tiro–, el molino fluvial resultaba más barato porque no había que gastar en forraje ni podía ser destruido por un vendaval; tampoco dejaba de trabajar cuando no había viento. El único momento en que se requería una cierta fuerza es en la puesta en marcha de la noria.
Este hecho es tan crucial que el asentamiento del Puig de Missa se hizo para proteger estos molinos «y no tanto la huerta», según comenta Sendic.
El tiempo y la irrupción de nuevas fuentes de energía, como el gas pobre, más caro pero más eficaz, hicieron que el río perdiera esa utilidad como fuerza motriz. En la década de los 60 dejaron de funcionar los dos últimos molinos fluviales de Santa Eulària, los de Can Planetes y d´Enmig. No mucho más tarde, el río empezó a languidecer y su curso menguó hasta quedarse en un reguero de agua antes de agotarse por la sobreexplotación de sus fuentes.
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